ZS09082815 - 29-08-2009
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La ilusión de… Dawkins


Por monseñor Santiago Agrelo Martínez, O.F.M.


TÁNGER, sábado, 29 de agosto de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos Santiago Agrelo Martínez, O.F.M., arzobispo de Tánger (Marruecos), analiza en este comentario sobre las obras de Richard Dawkins, etólogo británico, teórico evolutivo y ferviente ateo, quien considera que la teoría memética podría analizar y explicar el fenómeno de la creencia religiosa y algunas características comunes de las religiones organizadas, como la creencia en que a los impíos les espera un castigo.

* * *

Escribió "La ilusión de Dios". Lo que, si las palabras no engañan, significa que, para Richard Dawkins, Dios sería una ilusión, un "concepto, imagen o representación que aparece en la conciencia, sin causa real que la motive", algo que "sólo procede de la imaginación o de engaño de los sentidos". Ahora Dawkins se declara "dispuesto a aceptar el desafío de popularizar la evolución en el mundo islámico, donde impera el creacionismo".

Seguramente que las gentes del mundo islámico y las de cualquier otro mundo que se abra al conocimiento científico, tendrán ocasión de admirar y gustar la historia del universo, la evolución de la materia, la infinitud de lo que es inmenso por grande, por pequeño o por complejo. Sólo podemos agradecer que los hombres de ciencia desentrañen los secretos del universo y hagan posible, para los ignorantes, conocer las maravillas del mundo.

No alcanzo, sin embargo, a entender la relación que parece imponerse entre progreso del conocimiento científico y negación de Dios o afirmación de "la ilusión de Dios". Dios no es parte de ese universo que el científico estudia y que yo admiro. Así que ni Dawkins ni yo podemos encontrar a Dios con el método de investigación que a la ciencia le es familiar.

Por el camino de la investigación científica, no se puede teorizar "la ilusión de Dios"; sólo se puede caer en "la ilusión de Dawkins", en la pretensión vana, "sin fundamento racional", de decir palabras "científicas" sobre el ser de Dios.

Sueño el día en que los ignorantes seremos científicos. Pero no renuncio tampoco a ver el día en que los hombres de ciencia aprendan a pronunciar con respeto y admiración los "noventa y nueve" nombres de Dios. Entonces, sin soberbia y sin ira, todos podremos hablar de evolución, de futuro ¡y de Dios!




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