25 de marzo: La vida, esa buena noticia

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca

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HUESCA, domingo 15 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca, ante el 25 de marzo, jornada para la vida.

 

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Queridos hermanos y amigos: paz y bien.

Aprendí a amar la vida desde el seno de una mujer que le dijo sí a mi llegada. Y con ella estuve los nueve meses acordados, en donde experimenté ya entonces la ternura, el calor, la protección, los latidos y todo su cuidado.

Así hasta que.. toc-toc, llegó el día de abrir los ojos en las afueras, asomarme al mundo y comenzar la aventura de la vida, verdadero don de Dios. Cuando recuerdo a mis padres, cuando rezo por ellos, me surge una gratitud infinita por haber acogido a su hijo primogénito. Nada sabían de mí, ni qué iba a ser de mi vida, cuál sería mi palabra o mi presencia. Desconocían del todo mis luces y mis sombras, mis llantos y mis sonrisas, mis aciertos o mis rebeldías. Pero dijeron sí a ese pequeño ser que de su amor nacía, como quien se lo dice a Dios que se servía de ellos para regalar al mundo una nueva vida.

     El próximo día 25, festividad de la Anunciación del Señor, la Iglesia recuerda litúrgicamente el sí de otra mujer: la Madre de Dios. Un misterioso sí a una vida que era más grande que ella, que le pedía permiso para venir a ser humanamente. Había un desbordamiento quizás ante tamaña propuesta. Ella humildemente pidió ayuda para creer. Y mirando a Isabel, su prima mayor, comprendió para siempre lo que nunca olvidará: que lo imposible para nosotros es posible para Dios.

  En el marco de esta emotiva festividad, la Iglesia española celebra una jornada por la vida, mirando ese momento único y delicado de la decisión de una mujer que acepta sin censura la vida que lleva dentro y que de ella quiere nacer. No es una efemérides más del calendario cristiano, sino una llamada dulce y audaz para que seamos defensores de la vida. No de una vida a la carta por la que nos hiciésemos paladines de la fauna y flora más pintoresca que sin duda debemos salvaguardar, y extrañamente luego nos convirtiésemos en asesinos de la vida más vulnerable en su trance de nacer o de fenecer. Esta contradicción la constatamos cuando se escenifica un ecologismo verderón que no le duele prenda para proteger a la avutarda, salvar a la foca polar y todo el catálogo de coníferas o de petunias silvestres, pero se hace distraído o cómplice ante el holocausto legal y sangriento que supone siempre el aborto o la eutanasia.

         ¡Qué tremendo que se utilice el aborto en su ampliación de plazo para matar, como una hipócrita defensa de la mujer o como cortina de humo para no hablar ni abordar otras llagas lacerantes de la vida social como la que genera en tantas familias la crisis económica presente! Ayudemos a la mujer verdaderamente, eduquemos a nuestros jóvenes en los auténticos valores, pero no caigamos en el cinismo o en la demagogia que tan alto precio se cobra. Como decía el Papa Benedicto XVI sobre los atentados contra la vida, la historia misma los ha condenado en el pasado y los condenará en el futuro, "no sólo porque están privados de la luz de Dios, sino también porque están privados de humanidad". Contra la cultura de la muerte, sólo cabe anunciar apasionadamente el evangelio de la vida.

       Nos interesa toda la vida en todas sus fases, en todas sus suertes o infortunios. Pero sobre todo la vida más vulnerable y vulnerada: la del no nacido, la del anciano o enfermo terminal, la vida de quien por falta de recursos ante la crisis económica y moral no puede llevar adelante con dignidad su existencia. Son muchas las víctimas de esta vida amenazada, a las que la Iglesia quiere prestar su humilde voz para decir -mal que pese a quien le pese- sí a la vida, a toda la vida, porque en ella siempre se nos susurra o se nos grita Dios.

 

El Señor os bendiga y os guarde.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca y de Jaca