A quienes lo acogen los hace hijos de Dios

Comentario al evangelio de la Natividad del Señor/C

Roma, (Zenit.org) | 1806 hits

Ofrecemos el comentario al evangelio de la misa del día en la Solemnidad de la Natividad del Señor, por nuestro colaborador el padre Jesús Álvarez, paulino.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.  Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.  En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera  que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Juan 1,1-18)

La Navidad es la fiesta entrañable del misterio de la salvación puesto a nuestro alcance, gracias al amor infinito y a la fidelidad inquebrantable de Dios para con nosotros, pues Cristo resucitado comparte día a día nuestra vida para eternizarla en la felicidad sin fin del Paraíso.

El nacimiento del Hijo de Dios en carne mortal cobra su pleno sentido en la perspectiva de la Resurrección, la cual fue el “nacimiento” definitivo de Cristo para la vida eterna. Nacimiento-resurrección que Él anhela compartir con nosotros, pues para eso se encarnó, vivió y murió, movido por su amor infinito por mí, por ti, por todos los humanos. “Me amó y se entregó por mí” (San Pablo).

La Navidad es la fiesta para celebrar y agradecer el inmenso beneficio que Dios nos hace al darnos a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo” para hacernos hijos suyos y herederos con él de la vida eterna. Es la fiesta en la que tomamos mayor conciencia de que Dios comparte nuestra historia personal y humana. Él “puso su tienda entre nosotros” y se compromete a vivir con nosotros todos los días, como la Luz verdadera que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo”, y como amor infinito.

Pero gran parte de los humanos, engañados por las fuerzas del mal, se hacen cómplices de ellas, y siembran las tinieblas de la injusticia, del hambre, del odio, de la guerra, de la pobreza, del orgullo, del atropello de contra los inocentes, de la impiedad…

Sin embargo, el Salvador se compromete a llevar a la vida eterna a todos los que lo acogen, para compartir con ellos la inmensa felicidad sin fin en la Familia Trinitaria.

La Navidad hoy se revive sobre todo en el acto sencillo y a la vez sublime de la Eucaristía y de la comunión, que son presencia real y privilegiada de Jesús, donde se realiza de forma especial lo dicho por el evangelista Juan: “A quienes lo acogieron, les dio la capacidad de ser hijos de Dios”. Así nos preparamos a la Navidad eterna que Jesús quiere compartir con nosotros mediante la resurrección.

Pero quienes se cierran a la presencia real y actual del Redentor resucitado, Dios-con-nosotros, hacen inútil la Navidad:“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. La alegría bullanguera de lo externo, vacía de sentido la fiesta. Tal vez tienen una imagen de yeso del niño Dios, y dejan fuera de la fiesta y del corazón al que la imagen representa. Eso es idolatría.

Pero “dichosos ustedes porque han oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios”, nos dice san Ambrosio. Somos cuna y templo del Salvador, y en nosotros lo adoran los ángeles como en Belén y en el cielo. Dichosa realidad para vivir con amorosa y eterna gratitud.