Abba Angelo: una vida para Etiopía

Un obispo italiano al servicio de los que sufren

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Por Eva-Maria Kolmann

ROMA, viernes 1 junio 2012 (ZENIT.org).- «Abba Angelo, Abba Angelo», gritan los niños cuando ven el viejo jeep blanco, con el parabrisas rajado. «Abba Angelo» exclaman también los adultos, tras el automóvil, que conduce personalmente el obispo Angelo Moreschi de Gambella. Aquí le reconocen todos desde lejos. Incluso los numerosos soldados que paran los automóviles en la carretera, le hacen señales y le dejan pasar. Se aprecia que, aquí, el obispo procedente de la ciudad italiana de Brescia se encuentra realmente en su casa. «En Etiopía he comprendido de verdad el Evangelio», dice y le brillan los ojos.

En el Vicariato Apostólico de Gambella es viva realidad mucho de lo que la mayoría de las personas identifican con África. Incluso sigue habiendo leones y otros animales salvajes; recientemente mataron un gran cocodrilo, en cuyo vientre los cazadores encontraron camisetas: había engullido a cuatro personas. Cuando la gente se baña en los ríos tienen miedo. El clima es extremadamente caluroso; las tormentas son realmente violentas. Este año, en una de ellas, una capilla entera voló un kilómetro, dice el obispo. Muchas capillas constan solo de planchas de madera y de ramas; una fuerte tormenta las puede arrastrar con facilidad.

Lamentablemente, también existe lo que la mayoría asocia con Etiopía: hambre. Sobre todo en la estación seca no hay prácticamente alimentos. En cada una de las numerosas capillas de pueblo se ve a niños de cabello rizado esclarecido por la desnutrición. La mayoría de ellos morirá porque no tienen resistencias y porque las enfermedades se los llevarán. En la muchacha con el cabello artísticamente trenzado que canta en la primera fila y que sigue con las palmas el sonido del tambor se aprecian ya los síntomas del hambre. ¿Sobrevivirá? En el regazo de una mujer escuálida buscan refugio dos bebés. ¿Cuánto tiempo tendrá leche la madre para amamantarlos? No se debería pensar en la muerte al ver niños pequeños; y sin embargo, estos pensamientos le vienen a uno a la cabeza sin quererlo. Con el corazón en un puño miramos a estos pequeños de cabello rubio. «¡Tú no, por favor!» pensamos al ver a cada uno de ellos.

Abba Angelo lleva a estos niños desnutridos galletas especiales, de alto valor nutritivo, cuando visita los pueblos. Educadamente se ponen en fila, esperan pacientes hasta que les toca el turno y cada uno de ellos se lleva su paquetito. Ningún niño empuja ni se salta la fila; ninguno grita: «¡yo!». Cuando el obispo les da la bendición, juntan las manos atentamente y rezan, concentrados. Sobre el altar, hecho de ramas, se encuentra el alimento para las almas: una Biblia infantil, gastada por el uso, de «Ayuda a la Iglesia Necesitada». Una y otra vez piden al catequista que la lea: no se cansan de las historias. La Biblia infantil lleva la Buena Nueva a los corazones de estos pobres niños; cuando oyen hablar de Jesús, les brillan los ojos.

Aquí, la Iglesia católica es bienvenida. Muchas personas dicen a los sacerdotes: «Cuando llega la Iglesia católica, todo se vuelve fértil». Se sorprenden: «Donde está la Iglesia hay agua. El Gobierno nos da agua mala, pero la Iglesia nos trae agua buena. Queremos a vuestro Dios; ¡por favor, venid también aquí!». La Iglesia no solo les lleva agua, sino también molinos para cereales, jardines de infancia y ayuda en el desarrollo de la agricultura. Además, se esfuerza por la reconciliación entre las tribus, pues una y otra vez se producen luchas sanguinarias, sobre todo entre las tribus que se dedican a labrar la tierra y los que cuidan sus rebaños de ganado. Este se come las cosechas; los agricultores quitan a los ganaderos superficies de pasto. «Es el conflicto entre Caín y Abel, tal y como lo conocemos por la Biblia», dice el obispo Angelo. Por ello son asesinados hombres una y otra vez. La Iglesia quiere enseñar a las tribus enemistadas que, además de la ley de las armas, existen otras soluciones a los conflictos.

El obispo Angelo, que se ha ganado honradamente su nombre, «Ángel», celebra su 60 cumpleaños el 13 de junio. Este año cumple otro aniversario: desde hace 30 años vive y trabaja en Etiopía, la mitad de su vida. En realidad, se trata más bien de su vida entera, pues lo ha dado todo. Se ha arruinado la salud; ha regalado su vida a las personas que quiere. Su servicio de pastor ha dejado ya huella. Algunos niños del Vicariato Apostólico de Gambella llaman «Abba Angelo» a todos los blancos; no se pueden imaginar que existan blancos que no sean como él.

Sin embargo, no es fácil vaticinar cómo acabará la historia; la situación en la región es altamente explosiva. Recientemente, los rebeldes acribillaron a balas a ocho hombres que vinieron de fuera y trabajaban en una granja. El padre Philip, un salesiano italiano, vio incluso sus féretros en el aeropuerto. Poco después fue asesinado un paquistaní, un latifundista. La región está en plena efervescencia; extranjeros ricos compran superficies inmensas de terreno, tan grandes como algún país europeo. En cada avión llegan inversores extranjeros; por contra, la gente del país es expropiada. «Imaginaos que media Alemania fuera vendida a indios y paquistaníes», explica el obispo Angelo. La población del país no se beneficia de ello, sino que ve cómo se pierde la base de su existencia. Más personas sufren hambre; los ganaderos no encuentran pastos para sus animales; los bosques son talados. El odio y los disturbios se extienden. Crece la ira; el ejército intenta contener la situación, pero también hay resistencia contra los soldados, que frecuentemente maltratan a la población. A ello se viene a añadir la guerra entre Sudán del Norte y del Sur, el gran número de refugiados y el aumento de la violencia de los rebeldes en la región fronteriza.

De repente, un sacerdote nativo dice durante la cena: «Acabarán matando a todos los extranjeros». También el obispo y los sacerdotes extranjeros deberían preocuparse, dice. El obispo Angelo no quiere creerlo: «¡Qué va! Si la gente nos conoce. Habéis visto cómo nos han saludado». Y sin embargo queda la duda. No sería la primera vez en la historia que cambien los ánimos. Quiera Dios que ese sacerdote no sea profeta.