Aclaraciones del patriarca de Lisboa sobre la ordenación de mujeres

En referencia a una entrevista en la revista “Ordem dos Advogados”

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LISBOA, jueves 7 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Por su interés, ofrecemos a continuación la aclaración del cardenal José Policarpo, patriarca de Lisboa, ante unas declaraciones suyas a la revista portuguesa “Ordem dos Advogados”, de la que se desprendía una postura favorable hacia la ordenación sacerdotal de las mujeres. La aclaración oficial ha sido publicada ayer por la archidiócesis de Lisboa.

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ACLARACIÓN

1. En una entrevista concedida a la revista “Ordem dos Advogados”, la entrevistadora me planteó la cuestión de la ordenación de mujeres. Mi respuesta provocó reacciones diversas e incluso indignación. Debo confesar que nunca traté sobre este asunto sistemáticamente. Siempre me referí a él, o bien respondiendo a preguntas de entrevistadores, o bien a preguntas del público en el diálogo que seguía a conferencias mías sobre diversos temas. Las reacciones a esta entrevista me han obligado a mirar el tema con más cuidado y comprobé que, sobre todo por no haber tenido en la debida cuenta las últimas declaraciones del Magisterio sobre el tea, dí lugar a esas reacciones. Me siento, por tanto, en la obligación de exponer claramente mi pensamiento, en comunión con el Santo Padre y con el Magisterio de la Iglesia, obligación mía como obispo y pastor del Pueblo de Dios (cf. LG. nº 25).

2. El no conferir a mujeres el sacerdocio apostólico, a través de la ordenación sacerdotal, es una tradición que radica en el Nuevo Testamento, en el propio Jesucristo y en la forma como puso las bases de Su Iglesia.

Nuestro Señor Jesucristo lleva a plenitud la creación, y de esa plenitud forma parte la armonía de hombres y mujeres, en su diferencia complementaria y en su igual dignidad, dando pleno cumplimiento a la narración de la Creación: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gen. 1,27). Esta complementariedad del hombre y de la mujer en la historia de la salvación, llega a su plenitud en la revelación de Cristo y de Maria. El lugar y la misión de María inspiran fuertemente a la Iglesia, en la complementariedad de la misión, La contemplación de Nuestra Señora es importante para comprender el rostro femenino de la Iglesia.

Cuando Jesús escogió a sus Apóstoles, escogió a hombres aunque iba siempre seguido por mujeres que Le acompañaron hasta la Cruz. Es cierto que la consideración cultural y social de la mujer en la sociedad judaica, no facilitaría la elección de mujeres para la misión de apóstoles. El Santo Padre Benedicto XVI, en el vol. II de “Jesús de Nazaret”, reconoce que, en el testimonio de la Resurrección, en la tradición sobre la forma de profesión, se refieren sólo hombres, tal vez porque en la tradición judía sólo se aceptaban como testigos en un tribunal a los hombres, el testimonio de las mujeres no era considerado creíble.

Esta forma de discriminación social no impide subrayar el papel decisivo de las mujeres: “en la tradición sobre la narración las mujeres tienen un papel decisivo”. La diferencia de ministerio no disminuye la dignidad de la misión. Cito a Benedicto XVI: “En su estructura jurídica, la Iglesia está fundada sobre Pedro y los once, pero, en la forma concreta de la vida eclesial, son siempre las mujeres las que abren la puerta al Señor” [1].

3. Después de Pentecostés comienza el tiempo de la Iglesia, que continua el ministerio de Jesucristo. La sucesión apostólica es dinamismo fundante y fundamental de la Iglesia naciente. Los Apóstoles imponen las manos a hombres que continuarán su ministerio apostólico. El hecho de que no constaran mujeres entre estos sucesores y cooperadores, no significa una minimización de la mujer, sino la búsqueda de aquella complementariedad entre lo masculino y lo femenino, plenamente realizada en la relación de Cristo con María. En las Iglesias paulinas aparecen mujeres de gran relieve y con responsabilidad, tanto en la misión, como en la dinamización de las comunidades cristianas. Pero el Apóstol no les impone las manos. En la Iglesia de Roma es conocida la importancia de las “vírgenes” mártires.

En estos primeros tiempos de la Iglesia es notoria la armonía entre el hecho del sacerdocio apostólico conferido a hombres y la importancia y dignidad de las mujeres en la Iglesia. La dignidad fundamental de todos los fieles procede de su unión a Jesucristo, el único Sacerdote. Toda la Iglesia participa de esa dignidad, pues es un Pueblo Sacerdotal. La Primera Carta de San Pedro es clara: “También vosotros, a manera de piedras vivas, sois edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (2,5); “Vosotros soisuna raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz” (2,9).

Todos los miembros de la Iglesia, hombres y mujeres, participan de esta dignidad real y sacerdotal, que expresan sobre todo cuando celebran la Eucaristía. Esta expresión supone continuamente la presidencia de Jesucristo, Cabeza de la Iglesia y Su Señor, que Él ejerce a través del sacerdocio apostólico que, “in personna Christi”, garantiza a toda la Iglesia la vivencia de su dignidad sacerdotal. Esta armonía fue vivida y construida, de forma indiscutible, a lo largo de los siglos. El ministerio de los sacerdotes ordenados encuentra su verdad en la vivencia de la Iglesia como Pueblo Sacerdotal.

4. La cuestión de la ordenación de mujeres para el ministerio del sacerdocio apostólico surge recientemente, sobre todo en los países occidentales y se explica por factores diversos:

* Los movimientos de promoción de la mujer, que defienden, no sólo su dignidad, sino su igualdad de derechos y funciones en las sociedades modernas. Los movimientos feministas concretizaron esta lucha en la reivindicación de que las mujeres fuesen iguales a los hombres en todas las funciones de la sociedad. Los criterios teológicos de la gran Tradición de la Iglesia son sustituídos por criterios culturales y sociológicos.

* La pérdida de la conciencia de la dignidad sacerdotal de todos los miembros de la Iglesia, reduciendo la expresión sacerdotal al sacerdocio ordenado.

* La comprensión del sacerdocio ministerial como un derecho y un poder, sin percibir que nadie, hombre o mujer, puede reivindicar este derecho, sino aceptar el llamamiento de la Iglesia para este servicio, que incluye el don de la propia vida.

Este dato nuevo de la sociedad provocó una reflexión teológica e intervenciones más claras del Magisterio sobre esta materia. La teología seria, en un primer momento, valoró esta larga tradición de la Iglesia, pero no excluía que se tratase de una cuestión abierta, en la atención que se debe prestar a la actuación del Espíritu Santo, en busca de la expresión del misterio de la Iglesia en las nuevas realidades.

5. El Magisterio más reciente de los Papas interpreta esta tradición ininterrumpida, que tiene su origen en Cristo y en el cuerpo apostólico, no sólo como una forma práctica de proceder, que puede cambiar al ritmo de la acción del Espíritu Santo, sino como expresión del propio misterio de la Iglesia, que debemos acoger en la fe. Cito el texto del Papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica “Ordinatio Sacerdotalis”: “. Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación. Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

Somos, por tanto, invitados a acatar el Magisterio del Santo Padre, en la humildad de nuestra fe, y seguir profundizando en la relación del sacerdocio ministerial con la cualidad sacerdotal de todo el Pueblo de Dios, y a descubrir la manera femenina de construir la Iglesia, en el papel decisivo de la misión de nuestras hermanas las mujeres.

6. En este año en que celebro 50 años de mi ordenación sacerdotal, gran manifestación de la bondad de Dios para conmigo, quise dar esta aclaración a mis diocesanos. Sería para mí doloroso que mis palabras pudiesen generar confusión en nuestra adhesión a la Iglesia y a la palabra del Santo Padre. Creo que os he mostrado bien que la comunión con el Santo Padre es una actitud absoluta en el ejercicio de mi ministerio.

 Lisboa, 6 de julio de 2011

† JOSÉ, Cardenal-Patriarca 

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[1] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, II vol., ed. Portuguesa, pag. 214


[Traducción del portugués por Inma Álvarez]