África, tierra de «mártires» en el siglo XX

El continente olvidado replantea el debate sobre la palabra martirio

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ROMA, 6 dic (ZENIT.org).- África, a pesar del olvido, incluso de los cristianos, ha sido en este siglo tierra de mártires. Esta es la conclusión a la que llegó un congreso internacional universitario celebrado en Roma



En la nueva sede del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum», se celebró del 4 al 5 de diciembre el Congreso «Los mártires de Asia y África» (Cf. «Corea, el país con el mayor número de conversiones»). Ha sido el último de una serie de encuentros organizados por este centro universitario sobre «Mártires del siglo XX». En ediciones anteriores se habían analizado la historia de los mártires de España, México, Brasil, Europa central y oriental (víctimas del nazismo y del comunismo).

Ahora bien, el martirio en África en este siglo XX plantea un interrogante de difícil respuesta. ¿Quiénes son verdaderamente mártires? ¿Quiénes dieron la vida por amor a Cristo o se convirtieron en simples víctimas de guerras étnicas, políticas o de intereses? Como constataron los ponentes, la pregunta no es nada fácil.

«Las víctimas de las violencias que han ensangrentado África, sobre todo en las últimas décadas, son unos 12 millones --explicó en el Congreso el padre Nazareno Coltran, director de la revista "Afriquespoir", de Kinshasa (Congo). En particular, se han vivido graves conflictos en Argelia, Angola, Burundi, Congo Brazzaville, República Democrática del Congo , Etiopía, Mozambique, Sudán, Uganda. Pero, ¿quién es capaz de decir cuántas de estas personas perdieron la vida en circunstancias tales que les merezcan el título de mártires?».

«Se trata de personas que han sabido renunciar a la vida --explicó el sacerdote congoleño-- en lugar de "hacer el mal". Murieron "sin un machete en la mano, sin una lanza o un kalashnikov».

El padre Coltran es favorable a una interpretación amplia del concepto de martirio. El mensaje más actual que nos viene de los mártires --confirmó-- es el siguiente: «Es necesaria una nueva actitud ante el mundo de la violencia bajo cualquier forma. Es necesaria una reflexión sobre el papel de la defensa nacional e internacional. Surge la exigencia de crear instancias internacionales que juzguen a los responsables de matanzas y genocidios. Su sacrificio ayuda a comprender mejor cómo debería ser el mundo, la tolerancia, el respeto de los derechos de cada persona».

Se trata de un punto de visto que también comparte Armand Veilleux, abad del monasterio de Scourmont en Bélgica, quien después de subrayar la importancia del testimonio de los contemplativos, recordó la historia de los siete monjes decapitados en Tibhirine (Argelia) por parte de un grupo de fundamentalistas islámicos.

Los religiosos vivían en esa tierra sólo para dar testimonio cristiano y servir de nexo de diálogo con los creyentes en el Islam. «Un proceso de canonización adecuado sería quizá muy difícil en las circunstancias actuales, dado que ninguna investigación judicial ha permitido determinar con certeza la identidad de los asesinos, de sus superiores, y demostrar hasta qué punto los motivos de su asesinato eran explícitamente religiosos», explicó el padre Veilleux.

«Ahora bien --añadió--, no hay duda de que su muerte ha sido provocada por su actitud evangélica. Si bien una lectura puramente política de su vida y de su muerte sería un error claro, una interpretación sólo espiritual, que ignorase la valentía y la lucidez con la que quedaron involucrados en la situación argelina, no sólo sería ingenua, sino que además vaciaría de sentido su mismo mensaje. ¿No pasó lo mismo con la muerte de Cristo?».

El padre Paul Buetubela Balembo, rector de las Facultades Católicas de Kinshasa, puso el dedo en la llaga, explicando que «las causas del martirio en África son diferentes, pero pueden resumirse en la novedad de vida traída por el anuncio del Evangelio. La predicación de la Buena Noticia crea siempre un contraste entre lo que se era antes y lo que se es después de la adhesión al cristianismo. Este contraste, este choque, no es aceptable por los no creyentes, ni por los poderes totalitarios y dictatoriales».

«No se puede proclamar la Palabra de Dios sin correr riesgos --añadió Balembo--. De este modo, el mártir vive con frecuencia su fe en contextos de hostilidad y de oposición».