Agradecimiento al Papa de una testigo de los inicios de la Renovación Carismática Católica

Intervención de Patti Gallagher Mansfield al final del encuentro con los movimientos

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras de agradecimiento a Benedicto XVI que pronunció al final del encuentro de nuevas comunidades con el Papa, celebrado en la tarde de este sábado en la plaza de San Pedro, movimientos Patti Gallagher Mansfield, quien es testigo de los inicios de la Renovación Carismática Católica.



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Querido Santo Padre:

De todo corazón queremos darle las gracias por habernos invitado a reunirnos con usted en esta gloriosa fiesta de Pentecostés. Somos sus hijos e hijas; somos hijos e hijas de la Iglesia, hijos de María, y el fruto del Concilio Vaticano II.

Santo Padre, tuve la gracia, en febrero de 1967, en un retiro para estudiantes de la Universidad de Duquesne, de experimentar el bautismo en el Espíritu Santo, que constituye el origen de la Renovación Carismática.

Todo movimiento y comunidad tiene su historia particular, pero en cada uno existe esta misma realidad: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5, 5).

Santo Padre, gracias por amarnos. Gracias por su constante apoyo y aliento. Gracias por decir que es un amigo de los movimientos y que somos un signo de la nueva primavera. Queremos devolver amor por amor. Jesús dijo: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra» (Cf. Juan 14, 23); estamos listos para recibir su palabra, Santo Padre, y para seguir sus orientaciones.

Le queremos, Santo Padre. Santa Catalina de Siena llamaba al Papa de sus tiempos: «Papá, el dulce Cristo en la tierra». Nos hacemos eco de su ternura y cariño hoy llamándole a usted, Papa Benedicto XVI, «el dulce Cristo en la tierra» para nosotros. Ponemos toda nuestra disponibilidad a su servicio en la nueva evangelización. No nos predicamos a nosotros mismos, no predicamos a nuestros movimientos, a nuestras comunidades o a nuestras obras, no, sino a Jesucristo como Señor y a nosotros como siervos suyos por Jesús (Cf. 2 Corintios 4, 5).

Usted ha gritado a la Iglesia y al mundo: «Deus Caritas Est!». Que nosotros nos unamos a usted en la proclamación de que Jesús es esa perla de inestimable valor y el tesoro escondido en el campo por el que vale la pena dar todo lo que se posee (Cf. Mateo 13, 46).

Gracias, Santo Padre, por invitarnos a venir aquí, al corazón de la Iglesia, porque aquí descubrimos la vocación que compartimos como movimientos y nuevas comunidades eclesiales. ¡Nuestra vocación es el amor! Hoy hacemos nuestras las palabras de santa Teresa de Liseux: «En el corazón de la Iglesia, nuestra Madre, nosotros seremos el amor»

[Traducción del Original en inglés realizada por Zenit]