Al recibir las cenizas, el Papa llama a la conversión para superar el odio

Recuerda las «terribles tragedias», fruto del «egoísmo irresponsable»

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ROMA, 13 febrero 2002 (ZENIT.org).- Ante las divisiones y el odio que ensangrientan a la humanidad, Juan Pablo II hizo un llamamiento a la conversión este miércoles al someterse, como un cristiano más, al rito de imposición de las cenizas.



«Tenemos ante los ojos e impresas en el espíritu imágenes de sufrimientos y de terribles tragedias, fruto con frecuencia del egoísmo irresponsable», constató el pontífice en la homilía. «Tenemos que regresar a Él, que nos abre la puerta de su corazón, rico de bondad y misericordia».

La celebración de este Miércoles de Ceniza, inicio de Cuaresma, tenía lugar en la Basílica de Santa Sabina, en el Aventino, una de las famosas siete colinas de Roma, cerca del Circo Máximo. La noche caía ya sobre la ciudad.

Como todos los años, la celebración fue presidida por el cardenal Jozef Tomko, prefecto emérito de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, titular de esa basílica del siglo V. El mismo purpurado eslovaco impuso las cenizas al obispo de Roma con un austero gesto.

«Sentimos el peso del aturdimiento de muchos hombres y mujeres ante el dolor de los inocentes y ante las contraposiciones de la humanidad de hoy --había constatado poco antes el pontífice al tomar la palabra--. Sentimos la necesidad de la ayuda del Señor para recuperar la confianza y la alegría de la vida».

«Que el tiempo cuaresmal sea para todos una renovada experiencia conversión y de profunda reconciliación con Dios, con nosotros mismo y con los hermanos», propuso.

Según la tradición, el rito fue precedido por un momento de oración, en la cercana iglesia de san Anselmo, anexa al Seminario Internacional Benedictino. Después, en procesión, los participantes se dirigieron a la Basílica de Santa Sabina.

Era particularmente significativa la presencia de religiosos dominicos, pues esta Basílica le fue confiada a santo Domingo de Guzmán (1170-1221) por el Papa Honorio II. El santo hizo construir el claustro y el convento anexos, en el que desde entonces vive una comunidad de dominicos.