Alzarse contra la instrumentación belicista de las religiones

Discurso de su santidad Bartolomé I, patriarca ecuménico

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ASÍS, jueves 27 octubre 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos el texto provisional del discurso pronunciado, en el encuentro de oración por la paz y la justicia en Asís, por el patriarca ecuménico Bartolomé I.

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Santidad, Eminencias, Excelencias,

Representantes de las diversas religiones del mundo,

Señores y Señoras, Queridos amigos,

Todo diálogo auténtico lleva en sí las semillas de una metamorfosis a realizar. La naturaleza de tal transformación constituye una conversión que nos hace salir de nuestras particularidades para considerar al otro como sujeto de relación y no más como objeto de indiferencia.

Porque es de la indiferencia de donde nace el odio, es de la indiferencia de donde nace el conflicto, es de la indiferencia de donde nace la violencia.

Contra estos males sólo el diálogo es una solución posible y a largo plazo. Como jefes religiosos, nuestro papel es sobre todo el de promoverlo y de mostrar a través de nuestro ejemplo cotidiano

que no vivimos únicamente los unos contra los otros, o los unos al lado de los otros, sino sobre todo los unos junto a los otros, en un espíritu de paz, de solidaridad y de fraternidad. Pero para llegar a tal objetivo, el diálogo exige un completo cambio de nuestro modo de ser en el mundo. Escuchamos bien las voces de los que exaltan el proteccionismo, ya que la globalización lleva en su propia estela una corriente relativista que genera, por oposición, replegamientos comunitarios e identitarios, dentro de los que se esconde la enemistad. Por esto nuestro compromiso no debe limitarse únicamente a un trabajo fuera de nuestras comunidades, sino que es oportuno que se entiendan las lógicas desde el interior. Nuestra responsabilidad resulta ser entonces mucho más grande y la organización de este encuentro por la paz, en Asís, asume toda su importancia. No se trata, como algunos insinúan, de hacer el diálogo interreligioso o ecuménico desde una perspectiva sincrética. Al contrario, la visión que nosotros alabamos en el diálogo interreligioso posee un sentido particular que deriva de la capacidad misma de las religiones de invertir en el campo de la sociedad para promover la paz. Este es el espíritu de Asís, esta es la vía sobre la que el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla se ha comprometido desde hace muchos años.

Todavía hoy, veinticinco años después del primer encuentro convocado por el beato Juan Pablo II en Asís, diez años después de los dramáticos sucesos del 11 de septiembre y en el momento en el que “las primaveras árabes” no han puesto fin a las tensiones intercomunitarias, el lugar de las religiones entre los fermentos que actúan en el mundo permanece ambiguo. Nosotros continuamos, en efecto, temiendo la creciente marginación de las comunidades cristianas de Oriente Medio. Debemos oponernos a la deformación del mensaje de las religiones y de sus símbolos por parte de los autores de violencia. Desarrollar lo religioso mediante lo religioso mismo, esta es la exigencia necesaria para promover la dimensión humanitaria de una figura de lo divino que sea misericordioso, justo y caritativo.

Es por esto que los responsables de las religiones deben hacerse cargo del proceso de restablecimiento de la paz. Ya que el único modo de alzarnos contra la instrumentalización belicista de las religiones y de condenar firmemente la guerra y los conflictos y de ser mediadores de paz y de reconciliación.

Santidad,

estos son algunos elementos que pretendemos llevar a la reflexión general en el marco de este nuevo encuentro de Asís, al converger en favor de una reconciliación global del hombre con Dios, del hombre consigo mismo, pero también del hombre con el ambiente. Ya que el altruismo no puede limitarse únicamente a las relaciones en el interior de la humanidad. Quien dice “estar en relación”, hace referencia también a toda la experiencia misma de la alteridad, hasta la naturaleza misma en cuanto a la creación de Dios.

Nuestro diálogo es, por tanto, reconciliación. Todos nosotros nos reconocemos en esta expresión de las Bienaventuranzas: “Beatos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Esta responsabilidad no es simplemente verbal, ésta espera de nosotros que seamos fieles al diseño de Dios en el mundo, respondiendo a lo que a lo que Él pide. ¡Que nosotros podamos ser signos de este compromiso! Sólo entonces la paz que buscamos, este tesoro tan difícil de encontrar y por desgracia tan fácil de perder, resplandecerá en el mundo.

Recemos a Dios Nuestro Señor que derrame su gracia en el mundo y que nos inspire ser peregrinos de verdad y de paz.