Apostar por la caridad

Por monseñor Juan del Río Martín

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MADRID, martes 21 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Con ocasión de la solemnidad del Corpus Christi, algunas Iglesias del orbe católico, como es el caso de España, celebran el Día de la caridad, poniendo de manifiesto la dimensión social de la Eucaristía que conjuga perfectamente el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía” con el imperativo “Dadles vosotros de comer”. Esto es, proyectarnos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano, como  consecuencia del sacramento recibido. La caridad es la virtud más excelente, por la que somos reconocidos como discípulos de Jesús.  Muchas cosas serán necesarias para el caminar histórico de la Iglesia en este nuevo milenio, pero si faltara la caridad (ágape) todo sería inútil (cf. Juan Pablo II, NMI nnº 49-50).

En la actualidad,  sucede  que mientras las instituciones y organizaciones de caridad y asistencia a los pobres de la Iglesia católica son muy reconocidas por la opinión pública, el termino caridad parece devaluado en una sociedad que vive de espalda a la concepción cristiana del Dios Amor (cf.  Benedicto XVI, Deus Caritas est  nnº 31-32).

Así pues, nos encontramos  con los viejos tópicos de identificar caridad con paternalismo y actitudes similares, otros ven la caridad como contraposición a la justicia, ignorando que el amor que nace de la gracia divina supera las fronteras de la mera justicia distributiva. Por último, están los laicistas más radicales, los cuales manifiestan que la visión cristiana del amor al prójimo es un menosprecio de la dignidad humana en cuanto entienden que queda reducida a  mero instrumento para demostrar el amor a Dios.

Estos desenfoques son productos, por una parte, la secularización de la vida cristiana que se da en algunos sectores de la Iglesia. Por otra, de la innegable animadversión cultural hacia la propuesta cristiana. De ahí, que estemos en tiempos de crecer en interioridad y dejar a un lado los complejos y temores frente a una modernidad atea; apostando valientemente por aquello que es esencial en el cristianismo: la caridad.

La fe en el “Dios que es Amor, predica Amor, y envía Amor”,  crea en nosotros el amor con que amamos a Dios y al prójimo. Como dice San Juan: “Él nos amó primero” (1Jn 4,10). Este amor  “no nace de la carne o de la sangre”, ni es fruto de nuestros actos, sino que es un don de Dios. Ello, no nos aparta de la amistad con los hombres, sino que, por el contrario, nos lleva necesariamente a ella, generando nuevas y primordiales exigencias. Por eso mismo,  amamos a nuestros semejantes no por lo que tienen o por su grupo de pertenencia o por sus carencias, del tipo que sean; les amamos porque son imagen y presencia privilegiada de Dios en lo que constituye su ser personal.

En la conocida parábola del Buen samaritano (Cf. Lc 10, 25-37), el Divino  Maestro deja claro  que el prójimo -¡el próximo!- no es solamente el compatriota, sino todo hombre, sin límite de raza ni religión. No es quien más lo merece, sino quien más necesita de nosotros. No son las personas que escogemos, sino las que el Señor pone cada momento en nuestras vidas. No son sólo los seres queridos, a los que de hecho nos hallamos cercanos, es todo hombre con el que nos crucemos. Es a este ser humano concreto, al que  debemos  acoger y  socorrer como hermano.

Esta es la caridad que debe empapar las actuaciones de cualquier bautizado, cuánto más  la  de los sacerdotes, consagrados y la de todo colaborador social cristiano. Porque se presenta como el único modo de amar al otro por lo que realmente es y le constituye esencialmente en su verdad más profunda.

Además, no se debería olvidar que desde Jesucristo el amor a nuestros semejantes tiene un “plus” de humanidad porque la caridad cristiana alcanza hasta  amar incluso a nuestros enemigos: “porque, si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos?” (Mt 5,46).  ¿Hay un amor más noble y sublime que aquel que nos ha traído Cristo, Caridad del Padre?

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España