Aspectos prioritarios de la formación sacerdotal, en un cambio de época

Una reflexión a partir de la experiencia en América Latina

Guadalajara, (Zenit.org) Miguel Romano Gómez | 1759 hits

Ofrecemos una reflexión del obispo auxiliar de Guadalajara, México, Miguel Romano Gómez, sobre la formación de los futuros sacerdotes, basada en los datos y la experiencia en los seminarios de América Latina.

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1. Inmadurez psicológica

En América Latina, la inestabilidad entre los sacerdotes y los candidatos al sacerdocio, tanto diocesanos como religiosos, es un hecho significativo, que nos invita a reflexionar sobre algunos aspectos de la formación sacerdotal, tanto en su etapa inicial como permanente. Si bien la inestabilidad vocacional ha existido siempre, ésta tiende a aumentarse, como consecuencia de la transformación cultural que trae consigo este cambio de época. Como mencionábamos anteriormente, en Latinoamérica, donde el número de católicos por sacerdote tiende a incrementarse rápidamente, ocurren el 26% de los abandonos ministeriales mundiales y el 45% de las deserciones vocacionales de los seminarios de todo el Orbe. Así como es necesario buscar el ingreso constante y creciente de jóvenes aptos para el sacerdocio, también debemos velar para que quienes ingresan a nuestros Seminarios, sean idóneos y cuenten con los recursos suficientes para perseverar con fidelidad en el ministerio.

La mayoría de las deserciones encuentran su origen en una deficiente formación humana. Constatamos que las nuevas generaciones de seminaristas y sacerdotes que son más vulnerables en esta dimensión y presentan mayores deficiencias y condicionamientos que en el pasado, sin negar que también existen otras deficiencias en las demás dimensiones de la formación. No obstante, no debemos perder de vista que, sobre la dimensión humana, descansan los demás aspectos de la formación sacerdotal, y por ello, es la dimensión que primariamente se debe consolidar.

El Documento de Aparecida recoge esta inquietud del episcopado latinoamericano al señalar la necesidad de velar por una formación que pueda responder mejor a los retos que enfrentan actualmente los sacerdotes. Particularmente, señala:

“Se deberá prestar especial atención al proceso de formación humana hacia la madurez, de tal manera que la vocación al sacerdocio ministerial de los candidatos llegue a ser en cada uno un proyecto de vida estable y definitivo, en medio de una cultura que exalta lo desechable y lo provisorio. Dígase lo mismo de la educación hacia la madurez de la afectividad y la sexualidad. Ésta debe llevar a comprender mejor el significado evangélico del celibato consagrado como valor que configura a Jesucristo, por tanto, como un estado de amor, fruto del don precioso de la gracia divina, según el ejemplo de la donación nupcial del Hijo de Dios; a acogerlo como tal con firme decisión, con magnanimidad y de todo corazón; y a vivirlo con serenidad y fiel perseverancia, con la debida ascesis en un camino personal y comunitario, como entrega a Dios y a los demás con corazón pleno e indiviso”.

Para formar personalidades lo suficientemente maduras para el ministerio sacerdotal, conviene revisar las principales áreas de la formación en la dimensión humana, no tanto en sus contenidos sino en sus formas.

2. Formar la inteligencia para reconocer y amar la Verdad

La Exhortación Post-sinodal Pastores Dabo Vobis señala el amor a la verdad como una de las cualidades humanas necesarias para lograr una personalidad equilibrada, sólida y libre (cf. PDV 43). El amor a la verdad supone primero su aprehensión, lo cual se logra mediante la formación de la inteligencia. La inteligencia se forma cuando se aprende a pensar, cuando descubre por sí misma, cuando lee el interior de las realidades, principalmente, la realidad personal. Los conocimientos que son fruto de la tarea personal de pensar, descubrir, conocerse a sí mismo, entender, conectar unos acontecimientos con otros, son los que realmente logran formar esta capacidad.

Por otro lado, resulta de capital importancia tener en cuenta, en la formación intelectual, la pertinente observación del Cardenal John Henry Newman al distinguir entre dos tipos de conocimiento que llevan a su vez a dos maneras de asentir: el asentimiento nocional y el asentimiento real. El primero se refiere al asentimiento de un conocimiento de tipo teórico, científico y aun teológico, que se refiere a la verdad de los principios generales; y el segundo, el asentimiento real, el cual se refiere al conocimiento de lo concreto, vivo y cercano. Es decir, no es lo mismo aceptar como verdadero que Jesús es el Hijo de Dios en teoría, a aceptar que verdaderamente Jesús es mí Salvador y que, por tanto, debo obrar en consecuencia. Tampoco es lo mismo conocer y aceptar teóricamente los compromisos que exige el sacerdocio, como es el celibato, a asumir en la propia vida todas sus consecuencias. En la labor formativa se deben asegurar los dos tipos de conocimiento con sus respectivas formas de asentimiento, quizá poniendo un mayor énfasis en el real, pero nunca uno sin el otro. Ante la incoherencia que se puede presentar entre la forma de pensar y de vivir, debemos estar atentos a corregirla oportunamente, pues a veces, quien pretende vivirlo no se ha dado cuenta de la relación vital que guardan los principios que ha aceptado teóricamente con la vida personal, ni ha logrado traducirlos en acciones concretas y congruentes con esos principios.

3. Formar el corazón: la educación afectiva y de la sexualidad

Uno de los puntos en los que más se ha insistido en la formación sacerdotal, ya sea en su etapa inicial como en la permanente, es el de la educación de la afectividad y la sexualidad. La madurez afectiva es el resultado de la educación en el amor verdadero y responsable, que se caracteriza por comprometer a toda la persona, y que se expresa mediante el significado “esponsal” del cuerpo humano (cf. PDV 44). A su vez, la madurez afectiva que se desea en los sacerdotes, debe estar caracterizada por la prudencia, la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, al igual que por la estima y el respeto a las relaciones interpersonales con hombres y con mujeres (cf. Ibíd.). Se trata, por tanto, de una tarea que rebasa las solas fuerzas humanas, y que requiere de la eficaz gracia de Dios, pues Él es, en definitiva, el Educador del corazón humano.

El cambio de época que nos ha tocado vivir conlleva una serie de retos que deben ser afrontados ya desde la formación inicial. Podemos advertir que, además de haberse incrementado un ambiente donde se vive el permisivismo moral y el hedonismo, ha comenzado a aparecer, también entre los sacerdotes, un nuevo individualismo de corte estético-emotivo, que afecta directamente la dimensión afectiva de la persona. Este nuevo individualismo está constituido por la apariencia y la emoción, en donde las cosas son relevantes en la medida en que logren estimular los sentidos o engrandecer la imaginación.

Debemos advertir sobre la presencia, cada vez frecuente, del narcisismo, el cual junto con la homosexualidad, son las formas típicas de inmadurez afectiva y sexual (cf. OECS 21). El narcisismo contemporáneo, va de la mano con la aparición del individualismo de corte estético-emotivo, y quizá por ello se ha difundido más en la sociedad. Este narcisismo se caracteriza, además de un equivocado amor a sí mismo, por la ansiedad, pues se busca encontrar un sentido a la vida ya que se duda incluso de su propia identidad. Quienes lo viven, generalmente presentan actitudes sexuales permisivas y egocéntricas. Son ferozmente competitivos en su necesidad de aprobación o aclamación y tienden a desprestigiar y desconfiar de los demás. Su autoestima depende de los demás y no pueden vivir sin una audiencia que los admire y apruebe. Presentan conductas antisociales en las que se huye de la cooperación y el trabajo en equipo, pues son personas que viven en un lamentable y estéril individualismo. Además, tienden a la codicia, son amantes de las gratificaciones inmediatas y viven preocupadas por fantasías de éxito ilimitado. Se sienten “especiales” y por ello buscan siempre un trato “especial” y protagónico. Asimismo, frecuentemente envidian a otros o creen que los demás los envidian a ellos, y presentan comportamientos o actitudes arrogantes, soberbias y carecen de empatía hacia los demás.

Se ha incrementado el número de personas narcisistas o con tendencias homosexuales en nuestra sociedad, como consecuencia de la desintegración familiar y el incremento de familias monoparentales, por el permisivismo moral y la cultura hedonista, y sobre todo, por la falta de cercanía, afecto y atención a los hijos. Esto presenta un particular reto para nosotros, tanto en la selección como en la formación de los candidatos al sacerdocio, pues son muchos los que proceden de hogares disfuncionales en los que no ha habido una adecuada identificación con la figura paterna, o bien, ésta ha estado ausente en ellos.