Audiencia del Papa a Facultad Teológica “Teresianum” de Roma

Con ocasión del 75 aniversario de su fundación

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves 19 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros de la Facultad Pontificia Teresianum de Roma, a quienes recibió en audiencia con ocasión del 75º aniversario de fundación.

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¡Queridos hermanos y hermanas!

Estoy contento de encontrarme y unirme a vosotros en la acción de gracias al Señor por los 75 años de la Facultad Pontificia Teólogica Teresianum. Saludo cordialmente al gran canciller, el padre Saverio Cannistrà, superior general del Orden de los Carmelitas Descalzos, y le agradezco las bellas palabras que me ha dirigido; con él acojo muy contento a los padres de la Casa Generalicia. Saludo al presidente, el padre Aniano Álvarez-Suarez, las autoridades académicas y el cuerpo docente entero del Teresianum, y con afecto os saludo a vosotros, queridos estudiantes, Carmelitas Descalzaos, religiosos y religiosas de distintas órdenes, sacerdotes y seminaristas. Han pasado tres cuartos de siglo desde aquel 16 de julio de 1935, memoria litúrgica de la Beata Virgen del Monte Carmelo, cuando el entonces Colegio Internacional de la Orden de los Carmelitas Descalzos en la Urbe fue elevado a Facultad Teológica. Desde el principio está se orientó a la profundización de la teología espiritual en el cuadro de la cuestión antropológica. En el transcurso de los años, se constituyó después el Instituto de Espiritualidad, que junto a la Facultad Teológica compone el grupo académico que está bajo el nombre de Teresianum.

Considerando, con mirada retrospectiva, la historia de esta Institución, queremos alabar al Señor por las maravillas que ha realizado en ella y, a través de ella, en los muchos estudiantes que la han frecuentado. Antes que nada, porque formar parte de tal comunidad académica constituye una peculiar experiencia eclesial, fortalecida por la riqueza de una gran familia espiritual como es la Orden de los Carmelitas Descalzos. Pensemos en el amplio movimiento de renovación originado en la Iglesia por el testimonio de santos como santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. Esto suscitó este resurgir de los ideales y fervores de la vida contemplativa que en el siglo XVI inflamó, por decirlo así, Europa y el mundo entero. Queridos estudiantes en la estela de este carisma se coloca también vuestro trabajo de profundización teológica y antropológica, el trabajo de penetrar el misterio de Cristo, con la inteligencia del corazón que está junto a un conocer y un amar; esto exige que Jesús esté al centro de todo, de vuestros afectos y pensamientos, de vuestro tiempo de oración, de estudio y de acción, de todo vuestro vivir. Él es la Palabra, el “libro viviente”, como lo fue para santa Teresa de Ávila, que afirmaba: “para prender la verdad no hay otro libro que Dios (Vida 26,5). Deseo a cada uno de vosotros que podáis decir como san Pablo: “todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil 3,8).

Con este fin, querría recordar la descripción que santa Teresa hace de la experiencia interior de la conversión, así como ella misma la vio un día delante del Crucifijo. Escribe: “Apenas lo miré... fue tan grande el dolor que sentí, la pena de la ingratitud con la que respondía a su amor que me pareció que mi corazón se rompiese. Me lancé a sus pies bañada en lágrimas y le supliqué que me diese la gracia de no ofenderlo más” (Autobiografía 9,1). Con el mismo ímpetu, la Santa parece preguntarnos a nosotros también: ¿Cómo ignorar al que nos ha amado con una misericordia tan grande? El amor del Redentor merece toda la atención del corazón y de la mente, y puede activar en nosotros el admirable círculo en el que el mor y el conocimiento se alimentan recíprocamente. Durante vuestros estudios teológicos, tened siempre la mirada dirigida al motivo último por el que os habéis comprometido, es decir al Jesús que “nos ha amado y ha dado su vida por nosotros” (cfr 1Jn 3,16). Sed conscientes de que estos años de estudio son un don precioso de la Providencia divina; don que es acogido con fe y vivido diligentemente, como una oportunidad irrepetible para crecer en el conocimiento del misterio de Cristo.

Reviste gran importancia, en el contexto actual, el estudio que profundiza la espiritualidad cristiana a partir de sus presupuestos antropológicos. La preparación específica que proporciona esto, es especialmente importante porque hace idóneos y habilita la enseñanza de esta disciplina, pero constituye una gracia todavía más grande por el bagaje sapiencial que lleva consigo para el delicado deber de la dirección espiritual. Como siempre ha hecho, todavía hoy la Iglesia continúa recomendando la práctica de la dirección espiritual, no sólo a los que deseen seguir al Señor de cerca, sino para todo cristiano que quiera vivir con responsabilidad el propio Bautismo, es decir la vida nueva en Cristo. Todos, de hecho, y en modo particular los que han acogido la llamada divina para seguirlo más de cerca, necesitan ser acompañados por una guía segura en la doctrina y experta en las cosas de Dios; esta puede ayudar a defenderse de subjetivismos fáciles, poniendo a disposición sus conocimientos y experiencias en el seguimiento a Jesús. Se trata de instaurar la misma relación personal que el Señor tenía con sus discípulos, el especial lazo con el que Él les condujo, tras de sí, para abrazar la voluntad del Padre (cfr Lc 22,42), para abrazar, esto es, la cruz. También vosotros, queridos amigos, en la medida en la que seáis llamados a este deber insustituible, haced un tesoro de todo lo que habéis aprendido durante estos años de estudio, para acompañar a todos los que la providencia os confíe, ayudándoles en el discernimiento de los espíritus y en la capacidad de secundar los impulsos del Espíritu Santo, con el objetivo de conducirlos a la plenitud de la gracia “hasta alcanzar -como dice san Pablo- la medida de la plenitud de Cristo”(Ef 4,13).

Queridos amigos, venís de todas partes del mundo. Aquí en Roma vuestro corazón y vuestra inteligencia son provocados a abrirse a la dimensión universal de la Iglesia, son estimulados a sentir cum Ecclesia, en profunda armonía con el sucesor de Pedro. Os exhorto, por tanto, a vivir un cada vez mayor y más apasionada capacidad de amar y de servir a la Iglesia. En este tiempo pascual, pidamos al Señor Resucitado el don de su Espíritu, y lo pedimos sostenidos por la oración de la Virgen María; ella, que en el Cenáculo invocó el Paráclito, junto a los Apóstoles, obtenga para vosotros el don de la sabiduría del corazón y atraiga una efusión renovada de dones celestiales para el futuro que os espera. Por intercesión de la Madre de Dios y de los Santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, imparto de corazón, a la comunidad del Teresianum y a toda la Familia carmelita, la Bendición Apostólica

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]