Audiencia del Papa a los trabajadores siderúrgicos de Terni

Participantes en la peregrinación de la diócesis de Terni-Narni-Amelia (Italia)

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes 28 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Santo Padre dirigió el pasado sábado 26 de marzo, recibiéndoles en audiencia, a los participantes en la peregrinación de la diócesis de Terni-Narni-Amelia (Italia) en el 30º aniversario de la visita de Juan Pablo II al Complejo Siderúrgico de la ciudad.

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Queridos hermanos y hermanas,

estoy muy contento de acogeros esta mañana y de dirigirme mi cordial saludo a las autoridades presentes, a las trabajadoras y a los trabajadores y a todos vosotros que habéis venido a la sede de Pedro. Un saludo particular a vuestro obispo, monseñor Vincenzo Paglia, al que agradezco las palabras que me ha dirigido también en vuestro nombre. Habéis acudido muchos a este encuentro -lamento que algunos de vosotros no hayan podido entrar- en ocasión del treinta aniversario de la visita de Juan Pablo II a Terni. Hoy queremos recordarlo de manera especial por el amor que mostró por el mundo del trabajo; casi lo podemos oír repitiendo las primeras palabras que pronunció apenas llegó a Terni: “Finalidad principal de esta visita, que se desarrolla en el día de San José ... es la de traer una palabra de estímulo a todos los trabajadores y les expresaré mi solidaridad, mi amistad y mi aprecio” (Discurso a las autoridades, Terni, 19 marzo 1981). Hago míos estos sentimientos, y de corazón os abrazo a todos y a vuestras familias. En el día de mi elección, también me presenté con convicción como “un humilde trabajador en la viña del Señor”, y hoy, junto a vosotros, quisiera recordar a todos los trabajadores y confiarles a San José Obrero.

Terni está marcada por la presencia de una de las más grandes fábricas del acero, que ha contribuido al crecimiento de una significativa realidad obrera. Un camino marcado por luces, pero también por momentos difíciles, como el que estamos viviendo hoy. La crisis industrial está probando duramente la vida de la Ciudad, que debe repensar su futuro. En todo esto está implícita también vuestra vida de trabajadores y la de vuestras familias. En las palabras de vuestro obispo he percibido el eco de las preocupaciones que lleváis en el corazón. Sé que la Iglesia diocesana las hace suyas y siente la responsabilidad de estar a vuestro lado para transmitiros la esperanza del Evangelio y para edificar una sociedad más justa y más digna del hombre. Y lo hace a partir de la fuente, la Eucaristía. En su primera carta pastoral, La Eucaristía salva al mundo, vuestro obispo ha señalado la fuente a la que acudir para vivir la alegría de la fe y la pasión por mejorar el mundo. La Eucaristía del Domingo se convierte así en el foco de la acción pastoral de la Diócesis. Es una elección que ha producido sus frutos; creció la participación a la Eucaristía dominical. De la que parte el compromiso de la Diócesis para el camino de vuestra tierra. De la Eucaristía, de hecho, en la que Cristo se hace presente en su acto supremo de amor por todos nosotros, aprendemos a vivir como cristianos en la sociedad, para hacerla más acogedora, más solidaria, más atenta a las necesidades de todos, especialmente de los más débiles, más rica en amor. San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, definía a los cristianos como aquellos que “viven según el Domingo”, (iuxta dominicum viventes), es decir “según la Eucaristía”. Vivir en una manera “eucarística” significa vivir como un único Cuerpo, una única familia, una sociedad unida por el amor. La exhortación a ser “eucarísticos”no es una simple invitación moral dirigido a individuos, sino que es mucho más: es la exhortación a participar en el dinamismo mismo de Jesús que ofrece su vida por los demás, para que todos sean una sola cosa.

En este horizonte se coloca también el tema del trabajo, que hoy os preocupa, con sus problemas, sobre todo el del paro. Es importante tener siempre presente que el trabajo es uno de los elementos fundamentales sea de la persona que de la sociedad. Las condiciones de trabajo difíciles y precarias vuelven difíciles y precarias las condiciones de la misma sociedad, las condiciones de un vivir ordenado según las exigencias del bien común. En la Encíclica Caritas in veritate -como recordaba monseñor Paglia- exhorté a no dejar seguir “buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos” (nº32). Quisiera recordar también el grave problema de la seguridad en el trabajo. Sé que muchas veces habéis tenido que afrontar esta trágica realidad. Es necesario realizar todo tipo de esfuerzos para que la cadena de muertos y de accidentes sea destruida. Y ¿qué decir de la precariedad del trabajo, sobre todo respecto en los jóvenes? ¡Es un aspecto que no deja de crear angustia en tantas familias! El obispo advertía también de la difícil situación de la industria química en vuestra ciudad, como también en el sector siderúrgico. Estoy cerca de vosotros, dejando en las manos de Dios todas vuestras ansias y preocupaciones, y espero que, en la lógica de la gratuidad y de la solidaridad, se puedan superar estos momentos, para que se asegure un trabajo seguro, digno y estable.

El trabajo, queridos amigos, ayuda a estar más cerca de Dios y de los demás. Jesús mismo fue trabajador, incluso pasó una buena parte de su vida terrena en Nazaret, en el taller de José. El evangelista recuerda que la gente hablaba de Jesús como del “hijo del carpintero” (Mt 13,55) y Juan Pablo II en Terni, habló del “Evangelio del trabajo”, afirmando que estaba “escrito sobre todo por el hecho de que el Hijo de Dios, haciéndose hombre, ha trabajado con sus propias manos. Incluso, su trabajo, que fue un verdadero trabajo físico, ocupó la mayor parte de su vida en esta tierra, y así entró en la obra de la redención del hombre y del mundo” (Discurso a los trabajadores, Terni, 19 marzo 1981). Ya esto nos habla de la dignidad del trabajo, incluso de la dignidad específica del trabajo humano que se introduce en el misterio mismo de la redención. Es importante comprenderlo desde esta perspectiva cristiana. A menudo, sin embargo, se considera sólo un instrumento de ganancia, e incluso, en varias partes del mundo, como medio de explotación y por tanto de ofensa a la misma dignidad de la persona. Quisiera mencionar además el problema del trabajo en Domingo. Por desgracia en nuestra sociedad, el ritmo del consumo puede robarnos también el sentido de la fiesta y del Domingo como día del Señor y de la comunidad.

Queridos trabajadores y trabajadoras, queridos amigos todos, quisiera terminar estas breves palabras diciéndoos que la Iglesia sostiene, conforta, anima todo esfuerzo directo a garantizar a todos un trabajo seguro, digno y estable. El Papa está cerca, está al lado de vuestras familias, de vuestros hijos, de vuestros jóvenes, de vuestros ancianos y os lleva en el corazón ante Dios. El Señor os bendiga a vosotros, a vuestro trabajo y vuestro futuro. Gracias.

 



[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]