Ayudar a madurar: Confiar en la propia libertad y capacidad de juicio

Catequesis para toda la familia

Madrid, (Zenit.org) Luis Javier Moxó Soto | 1413 hits

Estamos en una sociedad, llamada “líquida”, en la que hay pocas referencias y certezas estables a las que todos miramos y de las que podamos aprender. Me refiero por supuesto a la generalidad de una mentalidad dominante. La estabilidad, firmeza y objetividad no son impulsadas de forma que nos sintamos partícipes de una búsqueda común del sentido y de verdad.

Se nos dice que lo que para uno es bueno, o verdadero o bello, para otro quizá no lo sea. Que la libertad, el placer, el yo y el dinero son capaces de transformar y pervertir las conciencias que parecían más firmes y coherentes. Y el sentido de la vida va perdiéndose en ese camino que no va a ninguna parte. Hay camino pero se desconoce el destino o más bien se evita. Ciegos que guían a ciegos.

Ante este cuadro, que pudiera parecer desolador, está por un lado quien se deja manipular o está metido inconscientemente en esto, y quien participa activamente en el fomento de este pensamiento moderno de corte constructivista. ¿Dónde están los educadores de antes que nos desafiaban y despertaban la libertad y el juicio a la búsqueda confiada de certezas y de la Verdad en todo?

Es preciso que, hoy también, haya quien nos recuerde lo que Dios, a través de la naturaleza, nos ha dado. Nos ha dotado de unos maravillosos mecanismos que permiten estar alerta ante tal manipulación ideológica. La capacidad de juicio de nuestra inteligencia, nos capacita, de modo admirable y, potenciada por la gracia de Dios, para afrontar las cuestiones más básicas e importantes de nuestra vida con garantía de éxito.

Y esto hemos de transmitirlo a tantos niños y jóvenes que están inmersos en la sociedad del consumo y la satisfacción, que viven a todo correr una quema de etapas y búsqueda de experiencias nuevas sin reflexión ni sentido, que necesitan una verdadera ayuda a su crecimiento y maduración para saber afrontar desde la curiosidad y el deseo verdaderos para entender e interpretar correctamente lo que viven y dónde están inmersos.

Si esta tarea educativa no la realizamos nosotros, sus padres y educadores inmediatos, otros se encargarán de hacerlo y tal vez de forma no tan cuidadosa ni respetuosa con su destino. ¿Cómo comprometerles al gusto y a la búsqueda del significado de sus vidas? ¿cómo despertarles, desde el verdadero afecto, desde Jesucristo, a la capacidad de su yo para juzgar y vivir intensamente la vida, y --en confianza- a su compromiso con toda la realidad?

Ésas son preguntas que debemos hacernos primero y luego a ellos. Llegar al fondo de las mismas, desde un trabajo personal de verificación de la propuesta cristiana, es nuestra misión hoy en día. Hagámoslo por nosotros y por ellos. Pidámoslo al Señor.