¿Basta buscar la paz con buena voluntad para salvarse? (I)

Responde la teóloga Ilaria Morali

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 enero 2006 (ZENIT.org).- Si para salvarse basta buscar la paz con buena voluntad. Entonces, ¿de qué sirve el cristianismo?



Esta es la pregunta que se han planteado muchas personas al leer las crónicas informativas de algunos medios de comunicación sobre la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general del 30 de noviembre, en la que habló sobre la posibilidad de salvación para los que no son cristianos (Cf. Zenit, 30 de noviembre de 2005).

Para comprender mejor las palabras del Papa y el magisterio de la Iglesia católica al respecto, Zenit ha entrevistado a la teóloga Ilaria Morali , profesora de teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, especializada en el tema de la Gracia.

--El Papa constataba en aquella audiencia general que la salvación de los no cristianos es un hecho: «hay personas que se comprometen con la paz y con el bien de la comunidad, a pesar de que no comparten la fe bíblica, a pesar de que no conocen la esperanza de la Ciudad eterna a la que nosotros aspiramos. Tienen una chispa de deseo de lo desconocido, de lo más grande, del trascendente, de una auténtica redención». ¿Como es posible?

--Morali: Según lo que he podido leer en la prensa o escuchar en la radio, las palabras del Santo Padre han despertado una gran sorpresa. Parecería que dijo algo absolutamente nuevo y revolucionario.

A algunos les ha parecido que con estas palabras la Iglesia ha admitido por fin que no es necesario ser cristiano para hacer el bien y para conseguir la salvación; que lo que cuenta es ser hombres de paz independientemente de la fe que se profesa. Es ciertamente una lectura muy apresurada y superficial de las palabras del Santo Padre.

Para comprender este discurso tenemos que subrayar ante todo tres aspectos. El Santo Padre hace esta afirmación en el contexto del comentario de san Agustín a este salmo: para Agustín como para los cristianos de los primeros siglos, Babilonia es el símbolo por antonomasia de la ciudad del mal, de la idolatría. Es lo opuesto de Jerusalén, que representa por el contrario el lugar de Dios, el lugar donde se ha cumplido la redención en Cristo.

En la tradición cristiana la antítesis Babilonia-Jerusalén adquiere muchísimos sentidos. El Papa presenta fundamentalmente dos de ellos, que se entrelazan. Según la anterior acepción, Babilonia es el presente en el que nosotros estamos prisioneros, mientras que Jerusalén es la meta celeste.

El segundo es de otro tipo. Babilonia como la ciudad o el espacio donde viven personas que no son de la fe bíblica. En este nivel se enmarca lo que el Papa ve en san Agustín como una «nota sorprendente y de gran actualidad», el hecho de que el santo reconozca la posibilidad de que también en una ciudad así, donde no se cultiva la fe en el verdadero Dios, pueda haber personas que promueven la paz y el bien.

Un segundo aspecto que hay que destacar de las palabras del Papa es el punto de partida, tomado de las palabras de san Agustín. El pontífice subraya tres características especificas: en primer lugar, que los habitantes de Babilonia «tienen una chispa de deseo de lo desconocido», deseo de la eternidad; en segundo lugar, que albergan «una especie de fe, de esperanza», y en tercer lugar que «tienen una fe en una realidad desconocida, no conocen a Cristo y tampoco a Dios».

Un tercer y último punto atañe a la suerte de estas personas: el Papa afirma con Agustín que «Dios no permitirá que perezcan con Babilonia, al estar predestinados para ser ciudadanos de Jerusalén». Pero con una condición bien precisa: «Si se dedican con conciencia pura a estas tareas».

El Papa, como las palabras del mismo Agustín demuestran, ha querido recordarnos una verdad que pertenece desde los principios de la historia cristiana a nuestra fe y que caracteriza profundamente la concepción cristiana de salvación.

Esta verdad consta de dos principios fundamentales: el primero es que Dios quiere que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad, como dice Pablo en la segunda carta a Timoteo. Conocer, en este sentido, equivale a adherir, acoger en la propia vida al Señor.

El segundo: históricamente, el Evangelio no ha llegado a conquistar a todos los corazones, ya sea porque no ha llegado materialmente a todos los lugares de la tierra, ya sea porque, aunque llegue, no todos lo han acogido.

--Y, ¿cuál es la doctrina cristiana de la salvación en este contexto?

--Morali: La doctrina cristiana de la salvación es muy clara. Para explicarla recurriría a dos textos del Magisterio: el primero es un discurso de Pío IX con ocasión del consistorio que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1854 con motivo de la solemne proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. El Papa dijo que los que ignoran la verdadera religión, cuando su ignorancia es invencible, no son culpables de este hecho ante los ojos de Dios.

Años después quiso retomar esta enseñanza aclarando el sentido de la ignorancia invencible en la carta encíclica «Quanto conficiamur moerore» de 1863: «Es sabido --escribió- que los que observan con celo la ley natural y sus preceptos esculpidos por Dios en el corazón de todo hombre, pueden alcanzar la vida eterna si están dispuestos a obedecer a Dios y si conducen una vida recta».

Pío IX volvió a proponer una convicción consolidada ya desde hace siglos en la teología cristiana: hay hombres y mujeres que, por varias razones, ya sea por condicionamientos culturales, ya sea por una experiencia o un contacto negativo con la fe cristiana, no llegan al consentimiento de la fe.

Aunque parezca que estas personas rechazan conscientemente a Cristo, no se puede emitir un juicio incuestionable sobre este rechazo.

Ignorancia invencible indica precisamente una condición de falta de conocimiento con respecto a Cristo, a la Iglesia, a la fe, falta de conocimiento que, por el momento, no puede ser superado con un acto de voluntad.

La persona está bloqueada, como imposibilitada para llegar al «sí» de la fe. Como experimentamos todos los días entre nuestros conocidos, las razones por las que muchas personas dicen no a Cristo son múltiples. Una desilusión, una traición, una mala catequesis, un condicionamiento cultural y social…

Pío IX mismo admitió la dificultad de delimitar los casos de ignorancia invencible preguntándose «quién se arrogará el poder de determinar los límites de esa ignorancia según la índole y la variedad de los pueblos, de las regiones, de los espíritus y de tantos otros elementos?».

Pío IX nos enseña, pues, una gran prudencia y un gran respeto por quien no tiene el regalo de la fe en Cristo.

No somos capaces de comprender hasta el final las razones de un rechazo de la fe, ni podemos saber con certeza que quien aparentemente parece que no tiene fe, en realidad tiene una forma muy imperfecta de fe.

--Un cristiano, por el hecho de ser bautizado, ¿puede pensar que ya está salvado?

--Morali: Ciertamente no. El bautismo no es una garantía automática de salvación. Si así fuera, el esfuerzo por conducir una vida cristiana sería inútil. Cada cristiano debe esforzarse por merecer esta salvación con una vida de fidelidad a Dios, de caridad hacia los hermanos, de buenas obras. Sin embargo, nadie puede estar seguro de la propia salvación, porque sólo Dios tiene el poder de concederla.

[La segunda parte de esta entrevista será publicada este jueves]