Beata Piedad de la Cruz Ortiz y Real

«El fruto de la perseverancia»

Madrid, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 1335 hits

La incertidumbre es frecuente en la vida santa. Acompaña al aparente fracaso
de un sueño que no logra materializarse. Son momentos de prueba en los que
un alma se da de bruces contra las cuerdas de la soledad y el vacío, ya que
la porción del camino que desea recorrer, el único que ve, se le resiste y
no sabe por qué. Acude a la oración, pregunta, demanda una respuesta para
conocer los pasos que debe seguir, y puede que durante un tiempo la
respuesta no sea más que el silencio. Pues bien, a la obstinada pirueta de
un destino que parece ponerse en contra de grandes ideales hay que responder
siempre con fe y confianza. Es el testimonio que han dado los discípulos de
Cristo. El compendio de tantas biografías marcadas por esta experiencia
revela su más completa disponibilidad y perseverancia ilimitada en su
empeño. Dios, que conoce lo que está dentro del corazón de cada cual, que
tiene constancia hasta del último de nuestros cabellos, permite
circunstancias que la razón no entiende porque la explicación de los sucesos
no discurre por esos derroteros. A quienes persisten en sus ruegos, a su
debido tiempo, cuando Él juzga oportuno les da la luz y erradica los
escollos, como hizo con esta beata.

Tomasa, que ese era su nombre de pila, nació en Bocairente, Valencia, España
el 12 de noviembre de 1842. Era la quinta de ocho hermanos. Sintió la
llamada a la vida religiosa cuando realizó la Primera Comunión: «Cuando
recibí por primera vez la Sagrada Comunión, quedé como anonadada y
experimenté que Jesús me llamaba a la vida religiosa». En esta época solía
enseñarse a bordar y a recitar, y ella mostró buenas dotes no solo para la
confección y la poesía sino también para la música como constataron en el
colegio de Loreto donde estudiaba. Pero la formación genuina, tanto humana
como espiritual, se la proporcionaron las religiosas de la Sagrada Familia
de Burdeos en Valencia. La época no era propicia para los que optaban por la
consagración. Por eso, pero sobre todo porque la providencia la había
elegido para otra misión, las puertas del convento parecían cerradas para la
beata, pese a que intentó en varias ocasiones cumplir su anhelo una vez que
su familia dejó a un lado su oposición. Pretendió ingresar con las
carmelitas descalzas de Onteniente, y la enfermedad dio al traste con su
aspiración. Fue un obstáculo que la obligó a regresar a su casa paterna. Y
otro tanto le aconteció con las carmelitas de la caridad de Vich ya que
estando junto a ellas contrajo el cólera. Entonces sus padres habían
fallecido. De hecho, no dio ningún paso hasta que los perdió; había vivido
consagrada a su cuidado mientras asistía a pobres y enfermos. En este
proceso de búsqueda –-ya había hecho voluntaria renuncia al matrimonio–, y
dado que no identificaba el camino que debía emprender, sino muchos
impedimentos a lo que se proponía, halló empleo como obrera textil en
Barcelona y sirvió en el colegio de las mercedarias de la enseñanza. Intacto
conservaba su deseo de consagración que decidió llevar adelante aunque
tuviera que hacerlo fuera de un convento. Luego estuvo en Benicassim, en el
desierto de Las Palmas pensando que quizá podía dedicarse a una especie de
consagración eremítica. Su confesor no lo veía claro, y ella misma se dio
cuenta in situ de que tenía razón. Así que volvió a Barcelona con el peso de
su incertidumbre: «Tuya, Jesús mío, tuya quiero ser, pero dime dónde». La
respuesta llegó a través de una experiencia mística. El Sagrado Corazón de
Jesús le mostró su hombro izquierdo ensangrentado, diciéndole: «Mira cómo me
han puesto los hombres con sus ingratitudes, ¿quieres tú ayudarme a llevar
esta cruz?». Ella respondió como Samuel, sin dudar: «Señor, si necesitas una
víctima y me quieres a mí, aquí estoy, Señor». Entonces, el Redentor le
dijo: «Funda, hija mía, que de ti y de tu Congregación siempre tendré
misericordia». Aún le quedaba por saber dónde se iniciaría la obra.

Y obedeciendo a la sugerencia del obispo Jaime Catalá, se dirigió a su
confesor determinada a cumplir sus indicaciones. La escasez de vocaciones y
las necesidades que se presentaron en su tierra, anegada por la destructiva
inundación del río Segura que arrasó la huerta murciana en 1884 como en 1879
lo hiciera la riada de Santa Teresa, fueron determinantes para encaminar sus
pasos hacia allí. Y las inmediaciones de Alcantarilla alumbraron el
nacimiento de la primera comunidad de terciarias de la Virgen del Carmen.
Lidió con el cólera prodigando cuidados a los enfermos y niñas huérfanas en
un pequeño centro sanitario que denominó «La Providencia». Aumentaron las
vocaciones y se abrieron nuevas casas, una de ellas en Albacete. Pero quería
conocer si esa era realmente la voluntad de Dios, y el único signo para
dilucidarlo era la cruz: «fundar en tribulación».

Los problemas surgieron entre miembros de las casas de Alcantarilla y
Caudete cuando la Congregación no había recibido aún aprobación diocesana.
Fueron días de intensa oración y sufrimiento. El P. Tomás Bryan y Livermore
la envió junto a otra religiosa, sor Alfonsa, la única que perseveró, al
Convento de la Visitación de las Salesas Reales en Orihuela para hacer
ejercicios espirituales y proyectar una nueva fundación. Y aquí se le dio a
entender su verdadero carisma: los niños pobres y abandonados, los ancianos,
los enfermos, a quienes mostraría el Corazón misericordioso de Jesús, y el
patrocinio de san Francisco de Sales para esta obra que debía poner en
marcha. Así nació en 1890 la Congregación de Hermanas Salesianas del Sagrado
Corazón de Jesús. Volcada en las necesidades de todos, ofrendó su piadosa
vida abrazada a la cruz, confiada, perseverante hasta el fin. «La limosna
del amor vale más que la del dinero», hizo notar. El año de su muerte, 1916,
contrajo una grave enfermedad y el 26 de febrero murió sentada en su sillón
en la casa de Alcantarilla. En otros momentos, mirando el crucifijo había
dicho: «Aquél murió en la cruz y yo no debo morir en la cama, sino en el
suelo». Fue beatificada el 21 de marzo de 2004 por Juan Pablo II.