Beatificada Liduina Meneguzzi, «ángel blanco» de Etiopía

El Papa elevó a los altares a la misionera de espíritu interreligioso

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ROMA, 21 octubre 2002 (ZENIT.org).- Fue un «ángel blanco» para cristianos y musulmanes de Etiopía, y representa una figura ideal de perfecta misionera, capaz de donarse del todo a todos con impulsos de amor sin límites.



Entre los beatos que Juan Pablo II proclamó este 20 de octubre, Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), se encuentra sor Liduina Meneguzzi (su nombre de pila era Elisa Angela), religiosa profesa del Instituto de las Religiosas de San Francisco de Sales.

Sor Liduina nació en Abano Terme (Italia) en 1901, en una familia de campesinos. Después de pasar algunos años trabajando, en 1926 sintió la vocación religiosa, entró en la Congregación de las Religiosas de San Francisco de Sales de Padua, fundadas por Domenico Leonati, sacerdote paduano que vivió en el siglo XVIII.

Es allí donde hará la primera profesión en 1928, y la perpetua en 1934. De su alma profundamente misionera brota el deseo de ir entre los hermanos lejanos para dar a conocer a Jesús. Su sueño se realiza y en 1937, con otras religiosas de su comunidad, parte hacia Etiopía, poco antes conquistada por Italia.

En ese país trabaja como enfermera en el hospital Parini de Diredaua, ciudad que representa una encrucijada de culturas y religiones distintas, compartiendo con los enfermos y heridos los horrores de la guerra. Muere en 1941 de un tumor en medio de fama de santidad, no sólo entre los católicos, sino tal vez incluso más entre los musulmanes y fieles de otras religiones.

«La dimensión más viva y concreta de la vida de la futura beata es el anhelo misionero», explica el postulador de la causa de beatificación, Andrea Ambrosi, en los micrófonos de Radio Vaticana comentando la actualidad del mensaje de Liduina Meneguzzi.

«Siguiendo los pasos del Divino Maestro, que recondujo al Padre a todos los hombres, Sor Liduina se comprometió con extraordinario celo apostólico a dar a conocer a todos al Salvador, Jesús, también a los no creyentes y a cuantos pertenecían a otras religiones», continúa Ambrosi.

«Hombres y mujeres musulmanes --añade--, atraídos por la bondad, por la generosidad y por el espíritu de acogida de esta religiosa, deseaban ser como ella y entrar en su paraíso».

El amor, hasta el don de sí, es el distintivo de la vida de Sor Liduina. «En Africa, donde Jesús quiso que estuviera, se hizo todo para todos en la caridad, asistiendo a los heridos, alentando a los afligidos y consolando cristianamente a los moribundos --constata Andrea Ambrosi--. También se convirtió en punto de referencia para el personal del hospital donde trabajaba. La llamaban «el ángel blanco», siempre presente y dispuesta para el necesitado».

Por su capacidad singular de dar a conocer a Jesús, también entre los no cristianos, fue llamada «Llama ecuménica». En estos términos habló el entonces obispo de Padua, monseñor Bortignon, quien decía: «Desde que el Concilio nos dio sus preciosas directivas sobre el ecumenismo, un nuevo espíritu ha invadido la Iglesia. Pero las almas de Dios preceden los tiempos. Ellas son como faros luminosos que señalan la dirección a seguir, incluso en la oscuridad más densa. Sor Liduina es una de ellas».

La beatificación de esta misionera, para muchos desconocida, subraya el mensaje que transmitió, siempre actual. Invita «a amar la vida, a respetar a la persona humana, a encontrar en el don generoso y desinteresado de uno mismo la respuesta al amor de Dios, quien nos ha amado primero», afirma el postulador de la causa de beatificación.

«Es por lo tanto un mensaje empapado de alegría y optimismo, una invitación a abrirse, una invitación a la caridad, que brota de un corazón puro, que impulsa a la superación de una vida mediocre y vuelve a proponer la elevada medida que el Señor confía a cada uno», concluye.