Beato Bartolomé Buonpedoni

«El Job de Toscana»

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MADRID, miércoles 12 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Admirable en su virtud, Bartolomé es un ejemplo de fortaleza y paciencia en medio de la tribulación, edificante en su forma de afrontar la enfermedad. Hoy lo celebra la Iglesia, que conmemora, entre otros santos y beatos, la festividad de la Virgen de Guadalupe, de cuya aparición a san Juan Diego he dado cuenta en esta sección hace unos días.

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Por Isabel Orellana Vilches

Se desconoce la fecha exacta en la que los condes de Mucchio tuvieron en sus brazos por vez primera a su heredero y único hijo, Bartolomé. Vino al mundo en el castillo feudal cercano a la ciudad de San Gimignano (Toscana, Italia) en 1227. Y su progenitor, como usualmente sucede, albergaba grandes sueños para su futuro: estudios, carrera, etc. Pensó también que con ese hijo, que los colmaba de dicha, estaba asegurada la perduración de su ilustre apellido a través de su descendencia. Por eso, cuando llegó el momento, y Bartolomé se negó a contraer el matrimonio que le proponía optando en su lugar por la vida religiosa, el conde Mucchio recibió la noticia más que consternado, y no ocultó su frontal oposición.

El joven se trasladó a Pisa y pasó un año conviviendo con la comunidad benedictina de San Vito, donde desempeñó labores de enfermería. Su buen corazón y las virtudes que mostraba le hacían apto para encarnar con su vida el carisma de san Benito, y así lo hicieron notar los monjes. No desestimaba totalmente la oferta de continuar junto a ellos, posibilidad en la que meditaba, cuando en sueños tuvo una locución divina advirtiéndole que la verdadera clave de su santificación radicaría en la aceptación de veinte años de sufrimientos que llegarían a su vida, y no en su abrazo a la vida monástica. Misteriosos designios de la providencia.

Partió a Volterra y se integró en la Tercera Orden Franciscana. El prelado del lugar juzgó que sería un buen sacerdote y le propuso ordenarlo. Dócil a la sugerencia del obispo, cursó estudios y recibió el sacramento del Orden cuando tenía alrededor de 30 años. Fue enviado a Peccioli en calidad de capellán, y luego a Pichena como párroco. Su labor pastoral y celo apostólico junto a su heroica caridad, que tenía como destinatarios a los pobres, atrajo a las gentes. La noticia de su santidad llegó a su ciudad natal, y sabedor de ella uno de sus compatriotas, Vivaldo, también beato de la Tercera Orden franciscana, que había nacido en San Gimignano hacia 1250, no dudó en acudir a su lado. Fue no solo su discípulo sino una especie de ángel protector en las dolorosas tribulaciones que tuvo que afrontar Bartolomé cuando contrajo la lepra hacia sus 50 o 52 años. Dejó entonces la parroquia, y ambos se establecieron en la leprosería de Cellole, situada en los alrededores de su ciudad natal.

Durante veinte años, tal como se le vaticinó en sueños, sufrió con esta enfermedad, acogida con tan admirable paciencia y alegría, conforme al carisma franciscano, que le dieron el nombre de «Job de Toscana». Los leprosos del lazareto recibieron de él, que fue su capellán, y del beato Vivaldo, asistencia y consuelo. Murió con fama de santidad el 12 de diciembre de 1300 a la edad de 73 años. Entonces Vivaldo se hizo ermitaño. Sobrevivió a su maestro veinte años. Bartolomé fue enterrado en la Iglesia de San Agustín de su pueblo. Su culto fue aprobado en 1498. Pío X lo confirmó el 27 de abril de 1910.