Benedicto XVI a México: Prestar una especial atención a los más desprotegidos y pobres

Discurso al cuarto y último grupo de obispos mexicanos en visita «ad limina»

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 29 septiembre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió este jueves Benedicto XVI al cuarto y último grupo de obispos de México al concluir su visita «ad limina apostolorum».




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Queridos Hermanos en el Episcopado:
Me complace recibiros con ocasión de la «visita ad Limina», saludaros a todos juntos y alentaros en la esperanza, tan necesaria para el ministerio que generosamente ejercéis en las respectivas arquidiócesis y diócesis de las provincias eclesiásticas de Acapulco, Antequera y Yucatán. Agradezco las palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara, expresando vuestra adhesión y sincero afecto. En esto reflejáis también el profundo espíritu religioso del pueblo mexicano y el gran aprecio de vuestras comunidades por el Papa. Llevadles mi saludo agradecido, recordando que las tengo muy presentes en la oración.

Con la peregrinación a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo habéis tenido oportunidad de robustecer los lazos que unen vuestro ministerio a la misión encomendada por Cristo a los Doce e inspiraros en su ejemplo de abnegada entrega a la evangelización de todos los pueblos. En éste y los demás encuentros con la Curia Romana se hace patente y efectiva la comunión con la Sede de Pedro y la solicitud de todos los Obispos por la Iglesia universal (cf. «Lumen gentium», 23).

«El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Con estas palabras, el Señor nos ha enseñado cómo ejercer nuestra misión. De la íntima comunión con Él brota espontáneamente la participación en su amor a los hombres, haciendo llevadero incluso lo gravoso. Ella da alegría al servicio y lo hace fructificar. Lo esencial de nuestro ministerio es, pues, la unión personal con Cristo. Él nos enseña que la vida plena no está en el éxito (cf. Mt 16,25), sino en el amor y la entrega a los demás. El que trabaja por Cristo sabe, además, que «uno siembra y el otro siega» (Jn 4,37).

La función episcopal de enseñar consiste en la transmisión del Evangelio de Cristo, con sus valores morales y religiosos, considerando las diversas realidades y aspiraciones que surgen en la sociedad contemporánea, cuya situación deben conocer bien los Pastores. «Es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano» («Novo millennio ineunte», 51).

Al mismo tiempo, los Pastores de la Iglesia en México han de prestar una especial atención, como se hacía en las primeras comunidades cristianas, a los grupos más desprotegidos y a los pobres. Ellos siguen siendo un amplio sector de la población nacional, víctimas a veces de estructuras insuficientes e inaceptables. Desde el Evangelio, la respuesta adecuada es promover la solidaridad y la paz, que hagan realmente posible la justicia. Por eso la Iglesia trata de colaborar eficazmente para erradicar cualquier forma de marginación, orientando a los cristianos a practicar la justicia y el amor. En este sentido, animad a quienes disponen de más recursos a compartirlos, como nos exhorta el mismo Cristo, con los hermanos más necesitados (cf. Mt 25,35-40). Es necesario no sólo aliviar las necesidades más graves, sino que se ha de ir a sus raíces, proponiendo medidas que den a las estructuras sociales, políticas y económicas una configuración más ecuánime y solidaria. Así la caridad estará al servicio de la cultura, de la política, de la economía y de la familia, convirtiéndose en cimiento de un auténtico desarrollo humano y comunitario (cf. «Novo millennio ineunte», 51).

El pueblo mexicano, rico por sus culturas, historia, tradiciones y religiosidad, se caracteriza por su alegría y un profundo sentido de la fiesta. Ésta es una de las muestras del júbilo cristiano ya desde la primera evangelización, que da gran expresividad a las celebraciones y manifestaciones de la religiosidad popular. Corresponde a los Pastores orientar esta peculiaridad tan común en los fieles mexicanos hacia una fe sólida y madura, capaz de modelar una conducta de vida coherente con lo que se profesa con alegría. Ello avivará también el creciente impulso misionero de los mexicanos, que responden al mandato del Señor: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28,19; cf. «Ecclesia in America», 74).

En México, donde se manifiesta tantas veces el «genio» de la mujer, que asegura una fina sensibilidad por el ser humano (cf. «Mulieris dignitatem», 30) en la familia, en las comunidades eclesiales, en la asistencia social y en otros campos de la vida ciudadana, se da a veces la paradoja de una exaltación teórica y una depreciación práctica o discriminatoria de la misma. Por eso, tomando ejemplo de la delicadeza y respeto que Jesús mostró hacia ellas, sigue siendo un desafío de nuestro tiempo cambiar de mentalidad, para que sean tratadas con plena dignidad en todos los ambientes y se proteja también su insustituible misión de ser madres y primeras educadoras de los hijos.

Además, hoy es una tarea importante la pastoral con los jóvenes. Ellos, con sus preguntas e inquietudes y también con la alegría de su fe, siguen siendo para nosotros un estímulo en nuestro ministerio. En muchos de ellos existe el falso concepto de que comprometerse o tomar decisiones definitivas hace perder la libertad. Conviene recordarles, en cambio, que el hombre se hace libre cuando se compromete incondicionalmente con la verdad y el bien. Sólo así es posible encontrar un sentido a la vida y construir algo grande y duradero si tienen a Jesucristo como centro de su existencia.

Os invito una vez más, queridos Hermanos, a caminar y actuar concordes en un espíritu de comunión, que tiene su cumbre y su fuente inagotable en la Eucaristía. México ha tenido la gracia de celebrar de manera solemne este gran Sacramento durante el reciente Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara. Estoy seguro de que este acontecimiento eclesial ha dejado profundas huellas en el pueblo fiel, que conviene seguir manteniendo como un tesoro de fe celebrada y compartida.

Sed promotores y modelos de comunión. Así como la Iglesia es una, así también el episcopado es uno, siendo el Papa, como afirma el Concilio Vaticano II, «el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles» («Lumen gentium», 23). La comunión tiene también una enorme importancia pastoral, pues las iniciativas apostólicas rebasan cada vez más los límites diocesanos y requieren mayor colaboración, proyectos comunes y coordinación en un País tan extenso. En él se acentúa la movilidad de la población y el incremento de grandes núcleos urbanos, que requieren una evangelización metódica y capilar (cf. «Ecclesia in America», 21).

Queridos Hermanos, antes de concluir este encuentro os aseguro mi profunda comunión en la oración junto con mi firme esperanza en la renovación espiritual de vuestras diócesis. Encomiendo todos estos deseos y también vuestro ministerio pastoral a la maternal intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe. Llevad mi afectuoso saludo a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los agentes de pastoral y a todos los fieles diocesanos. A vosotros y a todos ellos imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.
[Texto original en castellano]