Benedicto XVI bautiza a trece recién nacidos para abrirles el cielo

En la Capilla Sixtina

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 13 enero 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI presidió este domingo una misa en la que bautizó a trece recién nacidos para abrirles el cielo, como él mismo explicó.

Entre el llanto de las ocho niñas y de los cinco niños que resonaba en la Capilla Sixtina, el Papa confesó su «alegría» al impartir el primer sacramento de la vida cristiana a los pequeños, «uno de los momentos más expresivos de nuestra fe».

En la homilía de la misa en la solemnidad del Bautismo del Señor, el Santo Padre reflexionó sobre el «misterio de la vida»: de la «vida humana» representa por los recién nacidos, y el de la «vida divina» que Dios ofrece a los bautizados.

Le escuchaban los padres de los niños, trabajadores en la Ciudad del Vaticano, acompañados por los padrinos y madrinas, así como por los familiares.

Inspirándose en los mismos frescos de Miguel Ángel de esa Capilla contrapuso «la experiencia de la vida con la opuesta, es decir, la realidad de la muerte».

«En le Bautismo, el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que le hace capaz de entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para toda la eternidad», indicó.

«Por desgracia, el hombre es capaz de apagar esta nueva vida con su pecado, cayendo en una situación que la Sagrada Escritura llama "muerte segunda"», lamentó.

«Mientras en el caso de las demás criaturas, que no están llamadas a la eternidad, la muerte sólo significa el final de la existencia sobre la tierra, en nosotros el pecado crea un torbellino que corre el riesgo de engullirnos  para siempre, si el Padre que está en los cielos no nos da la mano».

En esto consiste el misterio del Bautismo, explicó: «Dios ha querido salvarnos bajando él mismo hasta el abismo de la muerte para que todo hombre, incluso quien ha caído tan bajo que ya no puede ver el cielo, pueda agarrar la mano de Dios y salir de las tinieblas, volviendo a ver la luz para la que ha sido creado».

«Todos experimentamos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida, que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el Bautismo», dijo.

Dirigiéndose a los padres de los recién nacidos, Benedicto XVI reconoció que «para crecer santos y fuertes estos niños necesitarán cuidados materiales y muchas atenciones; pero lo que más necesitarán, es más, lo que les será indispensable, es conocer, amar y servir fielmente a Dios para tener la vida eterna».

El Papa celebró la misa con dos obispos que le han ayudado en el rito bautismal: el vicecamarlengo, monseñor Paolo Sardi y el limosnero pontificio, monseñor Félix del Blando Prieto.

Este año no ha sido instalada en la Capilla Sixtina la peana de madera sobre la se apoyaba un altar provisional para celebrar esta Eucaristía. El Papa ha preferido que se utilizara el antiguo altar de la para no alterar la belleza y la armonía de esta joya arquitectónica y pictórica, según ha aclarado una nota vaticana.

Por este motivo, en algunos momentos de la Eucaristía, el Papa dio las espaldas a los fieles. La Santa Sede ha querido aclarar, sin embargo, que siguió el Misal ordinario, y no el anterior al Concilio Vaticano II.

A mediodía, antes de rezar el Ángelus, Benedicto XVI volvió a meditar sobre el sentido del bautismo explicando que «toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo para liberarnos de la esclavitud de la muerte y "abrirnos el cielo", es decir, el acceso a la vida auténtica y plena».

Ésta, aclaró, consistirá en «sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría».

Concluyó pidiendo oraciones para que los cristianos «puedan comprender cada vez más el don del Bautismo y se comprometan a vivir con coherencia, testimoniando el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».