Benedicto XVI: el consagrado, "puente hacia Dios"

La vida religiosa no puede medirse con “criterios funcionales”

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 2 de febrero de 2010 (ZENIT.org).- La persona consagrada es un “puente hacia Dios para todos aquellos que la encuentran”, declaró hoy martes por la tarde Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro.

"Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente por su ser signo de gratuidad y de amor",afirmó.

En la fiesta de la Presentación del Señor, el Papa ha celebrado la XIV Jornada mundial de la Vida consagrada de forma distinta a los últimos años, presidiendo la celebración de las Vísperas en lugar de encontrar a los participantes tras la tradicional Misa presidida por el prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el cardenal Franc Rodé.

En su homilía, el Pontífice ha recordado el texto bíblico del día (Lc 2, 22-40), subrayando que en la Presentación de Jesús en el Templo “es Dios mismo quien presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del viejo Simeón y de la profetisa Ana”.

En Oriente, recordó, esta fiesta se llamaba Hypapante, fiesta del encuentro: “de hecho, Simeón y Ana, que encuentran a Jesús en el Templo y reconocen en Él al Mesías tan esperado, representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia”.

La fiesta se extendió después también a Occidente, desarrollando sobre todo el símbolo de la luz y la procesión de las candelas, que dio origen al término “Candelaria”.

“Con este signo visible se quiere significar que la Iglesia encuentra en la fe a Aquel que es la luz de los hombres y lo acoge con todo el ímpetu de su fe para llevar esta luz al mundo”, comentó.

San Yves de Chartres y San Anselmo, recuerda a propósito de la “Candelaria” L'Osservatore Romano, subrayaba que “la cera, obra de la abeja virginal, es la carne virginal de Cristo, que naciendo no socavó la integridad de la Madre; la mecha, que está dentro de la cera, es el alma humana de Cristo; la llama, que brilla en la parte superior, es la divinidad de Cristo”.

Cristo mediador

Desde 1997, Juan Pablo II quiso que en relación con la fiesta litúrgica de la Presentación se celebrara en toda la Iglesia una Jornada especial de la Vida Consagrada.

“La oblación del Hijo de Dios simbolizada por su presentación en el Templo”, constató Benedicto XVI, es “modelo para cada hombre y mujer que consagra toda su propia vida al Señor”.

El Papa subrayó que la Jornada tiene un triple objetivo: “alabar y dar gracias al Señor por el don de la vida consagrada”; “promover su conocimiento y estima por parte de todo el Pueblo de Dios”; “invitar a cuantos han dedicado plenamente su propia vida a la causa del Evangelio a que celebren las maravillas que el Señor ha obrado en ellos”.

Es solo a partir de la “profesión de fe en Jesucristo, el Mediador único y definitivo”, prosiguió, que en la Iglesia “tiene sentido una vida consagrada, una vida consagrada a Dios mediante Cristo”.

“Tiene sentido solo si Él es verdaderamente mediador entre Dios y nosotros, de lo contrario se trataría solo de una forma de sublimación o de evasión. Si Cristo no fuese verdaderamente Dios, y no fuese, al mismo tiempo, plenamente hombre, se menoscabaría el fundamento de la vida cristiana en cuanto tal, pero de forma especial, se menoscabaría el fundamento de toda consagración cristiana del hombre y de la mujer”.

Las personas consagradas, además, “tiene viva la experiencia del perdón de Dios, porque tienen la conciencia de ser personas salvadas, de ser grandes cuando se reconocen pequeñas, de sentirse renovadas y envueltas por la santidad de Dios cuando reconocen su propio pecado”.

“Experimentan la gracia, la misericordia y el perdón de Dios no solo para sí, sino también para los hermanos, siendo llamadas a llevar en el corazón y en la oración las angustias y las esperanzas de los hombres, especialmente de aquellos que están lejos de Dios”.

En una sociedad que corre el riesgo de ser “sofocada en la vorágine de lo efímero y de lo útil”, concluyó el Pontífice, la vida consagrada es un importante “signo de gratuidad y de amor”, testimoniando “la sobreabundancia de amor que empuja a 'perder' la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que perdió primero su vida por nosotros”.