Benedicto XVI exige el compromiso de los responsables de las naciones contra la violencia

Al recibir a once nuevos embajadores ante la Santa Sede

| 435 hits

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 1 diciembre 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI lanzó un apremiante llamamiento a los responsables de las naciones para que cese la violencia al recibir este jueves las cartas credenciales de embajadores ante la Santa Sede de once países.



«De todas las partes del mundo llegan noticias sobre conflictos», reconoció al dirigirse a los representantes de Tanzania, Nepal, Finlandia, Santa Lucía, El Salvador, Dinamarca, Sudáfrica, Argelia, Eritrea, Togo y Andorra.

«Esta mañana --exclamó el Papa--, quisiera lanzar un nuevo llamamiento para que los responsables de las naciones y todos los seres humanos de buena voluntad se unan para que cese la violencia, que desfigura la humanidad y que hipoteca el crecimiento de los pueblos y la esperanza de numerosas poblaciones».

Según dijo en su discurso pronunciado en francés, «sin el compromiso de todos por la paz, por crear un clima de pacificación y un espíritu de reconciliación en todos los niveles de la vida social, comenzando por el ámbito familiar, no es posible avanzar por el camino de una sociedad pacificada».

Continuando el magisterio de la Iglesia de las últimas décadas que ha unido íntimamente paz y desarrollo, el obispo de Roma reconoció que para promover este último entre los pueblos de manera armoniosa «es importante prestar especial atención a la juventud, otorgando a las familias y a las diferentes estructuras educativas los medios para formar y educar a los jóvenes y transmitir los valores espirituales, morales y sociales esenciales».

De este modo, señaló, es posible prepararles «para un futuro mejor y para que sean realmente conscientes de su papel en la sociedad y de los comportamientos que deben adoptar para servir al bien común y para prestar atención a todos».

«Es una de las vías esenciales para que el mundo salga a largo plazo del engranaje de la violencia», reconoció.

El sucesor de Pedro garantizó la contribución de la Iglesia católica en todo el mundo a favor de la paz y el auténtico desarrollo, «promoviendo numerosas obras educativas y formando el sentido religioso de los individuos para que crezca en cada quien el sentido de la fraternidad y de la solidaridad».

«No es suficiente con optar por la paz para alcanzarla --dijo al concluir--, para que pueda llegar es necesario poner todos los medios a nivel concreto, a todos los niveles de la sociedad».