Benedicto XVI: La autoridad eclesial, “servicio en nombre de Jesucristo”

Hoy en la Audiencia General

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 26 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el contenido de la intervención del Papa Benedicto XVI hoy, durante la Audiencia General concedida en la Plaza de San Pedro, a miles peregrinos de varios países.



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Queridos hermanos y hermanas,

El Año Sacerdotal llega a su fin; por eso he empezado en la últimas catequesis a hablar sobre tareas esenciales del sacerdote, es decir: enseñar, santificar y gobernar. Ya he dado dos catequesis: una sobre el ministerio de la santificación, sobre todo los Sacramentos, y otra sobre la enseñanza. Por tanto, me queda hoy hablar sobre la misión del sacerdote de gobernar, de guiar, con la autoridad de Cristo, no con la propia, la porción del Pueblo que Dios le ha confiado.

¿Cómo comprender en la cultura contemporánea una dimensión así, que implica el concepto de autoridad y tiene su origen en el mismo mandato del Señor de apacentar su grey? ¿Qué es realmente, para nosotros los cristianos, la autoridad? Las experiencias culturales, políticas e históricas del pasado reciente, sobre todo las dictaduras en la Europa del Este y del Oeste en el siglo XX, han hecho al hombre contemporáneo sospechar de este concepto. Una sospecha que, a menudo, se traduce en considerar necesario el abandono de toda autoridad, que no venga exclusivamente de los hombres y esté ante ellos, controlada por ellos. Pero precisamente la mirada a los regímenes que, en el siglo pasado, sembraron terror y muerte, recuerda con fuerza que la autoridad, en todo ámbito, cuando se ejercita sin una referencia a lo Trascendente, si prescinde de la Autoridad suprema, que es Dios, acaba inevitablemente volviéndose contra el hombre. Es importante entonces reconocer que la autoridad humana nunca es un fin, sino siempre y sólo un medio y que, necesariamente y en toda época, el fin es siempre la persona, creada por Dios con su propia dignidad intangible y llamada a relacionarse con su propio Creador, en el camino terreno de la existencia y en la vida eterna; es una autoridad ejercitada en la responsabilidad ante Dios, el Creador. Una autoridad entendida así, que tiene como único objetivo servir al verdadero bien de la persona y ser transparencia del único Sumo Bien que es Dios, no sólo no es extraña a los hombres, sino, al contrario, es una preciosa ayuda en el camino hacia la plena realización en Cristo, hacia la salvación.

La Iglesia está llamada y se compromete a ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo, que ha recibido del Padre todo poder en el Cielo y en la tierra (cf Mt 28,18). A través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él quien la guía, la protege, la corrige, porque la ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus más preciosos colaboradores, participaran en esta misión suya de cuidar del Pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o, como dice el Concilio, “cuidando, sobre todo, de que cada uno de los fieles sea guiado en el Espíritu Santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y de obras y a ejercitar esa libertad con la que Cristo nos ha liberado (Presbyterorum Ordinis, 6). Todo Pastor, por tanto, es el medio a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante su ministerio -queridos sacerdotes- a través de nosotros el Señor reúne las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, dice: “Sea por tanto compromiso de amor apacentar la grey del Señor” (123,5); ésta es la norma suprema de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del Buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y a los alejados (cf S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46, 15), delicado con los más débiles, los pequeños, los sencillos, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las palabras tranquilizadoras de la esperanza (cf Id., Carta 95,1).

Aunque esa tarea pastoral está basada en el Sacramento, su eficacia no es independiente de la existencia personal del presbítero. Para ser Pastor según el corazón de Dios (cf Jr 3,15) es necesario un profundo arraigo en la viva amistad con Cristo, no sólo de la inteligencia, sino también de la libertad y de la voluntad, una clara conciencia de la identidad recibida en la Ordenación Sacerdotal, una disponibilidad incondicional a conducir a la grey confiada allá donde el Señor quiere y no en la dirección que, aparentemente, para más conveniente o más fácil. Esto requiere, en primer lugar, la continua y progresiva disponibilidad para dejar que Cristo mismo gobierne la existencia sacerdotal de los presbíteros. De hecho, nadie es capaz de apacentar la grey de Cristo, si no vive una profunda y real obediencia a Cristo y a la Iglesia, y la misma docilidad del Pueblo a sus sacerdotes depende de la docilidad de los sacerdotes a Cristo; por eso, en la base del ministerio pastoral está siempre el encuentro personal y constante con el Señor, el conocimiento profundo de Él, el conformar la propia voluntad a la voluntad de Cristo.

En las últimas décadas, se ha utilizado a menudo el adjetivo “pastoral” casi en oposición al concepto de “jerárquico”, así como, en la misma contraposición, se ha interpretado también la idea de “comunión”. Y quizás en este punto puede ser útil una breve observación sobre la palabra “jerarquía”, que es la designación tradicional de la estructura de autoridad sacramental en la Iglesia, ordenada según los tres niveles del Sacramento del orden, episcopado, presbiterado, diaconado. En la opinión pública prevalece, en esta realidad “jerarquía”, el elemento de subordinación y el elemento jurídico: por eso a muchos la idea de jerarquía les parece en contraste con la flexibilidad y la vitalidad del sentido pastoral y también contraria a la humildad del Evangelio. Pero éste es un sentido mal entendido de la jerarquía, históricamente también causado por abusos de autoridad y de hacer carrera, que son precisamente abusos y no derivan del ser mismo de la realidad “jerarquía”. La opinión común es que “jerarquía” es siempre algo ligado al dominio y así no correspondiente al verdadero sentido de la Iglesia, de la unidad en el amor de Cristo. Pero, como he dicho, ésta es una interpretación errónea, que tiene su origen en abusos de la historia, pero no responde al verdadero significado de lo que es la jerarquía. Empecemos por la palabra. Generalmente, se dice que el significado de la palabra jerarquía sería “sagrado dominio”, pero el verdadero significado no es éste, es “sagrado origen”, es decir: esta autoridad no viene del hombre mismo, sino que tiene su origen en lo sagrado, en el Sacramento; somete por tanto la persona a la vocación, al misterio de Cristo, hace del individuo un servidor de Cristo y sólo en cuanto siervo de Cristo éste puede gobernar, guiar por Cristo y con Cristo. Por eso quien entra en el sagrado Orden del Sacramento, la “jerarquía”, no es un autócrata, sino que entra en un lazo nuevo de obediencia a Cristo: está ligado a Él en comunión con los demás miembros del Orden sagrado, del Sacerdocio. Y tampoco el Papa -punto de referencia de todos los demás Pastores y de la comunión de la Iglesia- puede hacer lo que quiera; al contrario, el Papa es custodio de la obediencia a Cristo, a su palabra resumida en la regula fidei, en el Credo de la Iglesia, y debe preceder en la obediencia a Cristo y a su Iglesia. Jerarquía implica por tanto un triple lazo: primero de todo el que le une con Cristo y con el orden dado por el Señor a su Iglesia; después el lazo con los demás Pastores en la única comunión de la Iglesia; y, finalmente, el lazo con los fieles confiados al individuo, en el orden de la Iglesia.

Por tanto, se entiende que comunión y jerarquía no son contrarias una de la otra, sino que se condicionan. Son juntas una sola cosa (comunión jerárquica). El Pastor es por tanto propiamente tal guiando y custodiando a la grey, y a veces impidiendo que se disperse. Sin una visión claramente y explícitamente sobrenatural, no es comprensible la tarea de gobernar propia de los sacerdotes. Ésta, en cambio, sostenida por el verdadero amor por la salvación de cada uno de los fieles, es particularmente preciosa y necesaria también en nuestro tiempo. Si el fin es llevar el anuncio de Cristo y conducir a los hombres al encuentro salvífico con Él para que tengan la vida, la tarea de guiar se configura como un servicio vivido en una donación total para la edificación de la grey en la verdad y en la santidad, a menudo yendo a contracorriente y recordando que el más grande debe hacerse como el más pequeño, y el que gobierna, como el que sirve (cf Lumen gentium, 27).

¿Dónde puede encontrar hoy un sacerdote la fuerza para tal ejercicio del propio ministerio, en la plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia, con una dedicación total a la grey? La respuesta es sólo una: en Cristo Señor. La manera de gobernar de Jesús no es la del dominio, sino es el humilde y amoroso servicio del Lavatorio de los pies, y la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, sino que encuentra su culmen en el leño de la Cruz, que se convierte en juicio para el mundo y punto de referencia para el ejercicio de una autoridad que sea verdadera expresión de la caridad pastoral. Los santos, y entre ellos san Juan María Vianney, han ejercitado con amor y dedicación la tarea de cuidar la porción del Pueblo de Dios a ellos confiada, mostrando también ser hombres fuertes y determinados, con el único objetivo de promover el verdadero bien de las almas, capaces de pagar en persona, hasta el martirio, para permanecer fieles a la verdad y a la justicia del Evangelio.

Queridos sacerdotes, “apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados sino voluntariamente (···), siendo modelos de la grey (1 P 5,2). Por tanto, no tengáis miedo de guiar a Cristo a cada uno de los hermanos que Él os ha confiado, seguros de que cada palabra y cada actitud, si descienden de la obediencia a la voluntad de Dios, traerán fruto; sabed vivir apreciando los méritos y reconociendo los límites de la cultura en la que estamos insertos, con la firme certeza de que el anuncio del Evangelio es el mayor servicio que se puede hacer al hombre. No hay, de hecho, bien más grande, en esta vida terrena, que conducir a los hombres a Dios, avivar la fe, levantar al hombre de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y del mundo: éste, en definitiva, es el sentido profundo y último de la tarea de gobernar que el Señor nos ha confiado. Se trata de formar a Cristo en los creyentes, a través de ese proceso de santificación que es conversión de los criterios, de la escala de valores, de las actitudes, para dejar que Cristo viva en cada fiel. San Pablo resume así su acción pastoral: “hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parte hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal 4, 19).

Queridos hermanos y hermanas, querría invitaros a rezar por mí, Sucesor de Pedro, que tengo una tarea específica en el gobierno de la Iglesia de Cristo, así como por todos vuestros Obispos y sacerdotes. Rezad para que sepamos cuidar de todas las ovejas, también las perdidas, de la grey confiada a nosotros. A vosotros, queridos sacerdotes, dirijo una cordial invitación a las Celebraciones conclusivas del Año Sacerdotal, los próximos 9, 10 y 11 de junio, aquí en Roma: meditaremos sobre la conversión y sobre la misión, sobre el don del Espíritu Santo y sobre la relación con María Santísima, y renovaremos nuestras promesas sacerdotales, apoyados por todo el Pueblo de Dios. ¡Gracias!




[Traducción del original italiano por Patricia Navas

©Libreria Editrice Vaticana]