Benedicto XVI: la Iglesia, preocupada por la familia

Discurso al nuevo embajador de Alemania ante la Santa Sede

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CASTEL GANDOLFO, lunes 13 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy al nuevo embajador alemán ante la Santa Sede, Walter Jürgen Schmid, a quien recibió en audiencia con motivo de la presentación de sus Cartas Credenciales.

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Señor Embajador,

aprovecho con agrado la ocasión de la solemne entrega de las Cartas Credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Federal de Alemania ante la Santa Sede, para darle la bienvenida y para expresar mis mejores deseos para su alta misión. Le agradezco de corazón por las amables palabras que me ha dirigido, también en nombre del señor Presidente Federal Christian Wulff y del Gobierno Federal. Extiendo de buen grado mi saludo de bendición al Jefe del Estado, a los miembros del Gobierno y a todos los ciudadanos de Alemania, con la esperanza de que las buenas relaciones entre la Santa Sede y la República Federal de Alemania perduren en el futuro y puedan desarrollarse ulteriormente.

Muchos cristianos en Alemania se vuelven, con gran atención, a las inminentes celebraciones de las beatificaciones de diversos sacerdotes mártires del tiempo del régimen nazi. Este domingo, 19 de septiembre, será beatificado Gerhard Hirschfelder en Münster. Durante el año próximo seguirán las ceremonias por Georg Häfner en Würzburg además de por Johannes Prassek, Hermann Lange y Eduard Müller en Lübeck. Con los capellanes de Lübeck se conmemorará también al pastor evangélico Karl Friedrich Stellbrink. La comprobada amistad de los cuatro eclesiásticos es un testimonio impresionante del ecumenismo de la oración y del sufrimiento, florecido en varios lugares durante el oscuro periodo del terror nazi. Para nuestro camino ecuménico común podemos ver estos testimonios como indicaciones luminosas.

Contemplando estas figuras de mártires aparece cada vez más claro y ejemplar, cómo ciertos hombres, a partir de su convicción cristiana, están dispuestos a dar su propia vida por la fe, por el derecho a ejercer libremente su propio credo y libertad de palabra, por la paz y la dignidad humana. Hoy, por fortuna, vivimos en una sociedad libre y democrática. Al mismo tiempo, sin embargo, observamos cómo entre nuestros contemporáneos, no se da un fuerte apego a la religión, como en el caso de estos testigos de la fe. Uno se podría preguntar si hay hoy cristianos que, sin compromisos, se hagan garantes de su propia fe. Al contrario, muchos hombres muestran mayormente una inclinación hacia concepciones religiosas más permisivas también para sí mismos. En el lugar del Dios personal del cristianismo, que se revela en la Biblia, se trata de un ser supremo, misterioso e indeterminado, que tiene solo una vaga relación con la vida personal del ser humano.

Tales concepciones animan cada vez más la discusión dentro de la sociedad, sobre todo respecto al ámbito de la justicia y de la legislación. Pero si uno abandona la fe hacia un Dios personal, surge la alternativa de un "dios" que no conoce, no escucha y no habla. Y, más que nunca, no tiene una voluntad. Si Dios no tiene una voluntad propia, el bien y el mal al final ya no se distinguen; el bien y el mal ya no están en contradicción entre sí, sino que están en una oposición en la que uno sería complementario del otro. El hombre pierde así su fuerza moral y espiritual, necesaria para un desarrollo completo de la persona. La actuación social es dominada cada vez más por el interés privado o por el cálculo del poder, a costa de la sociedad. Si en cambio Dios es una Persona – y el orden de la creación, como también la presencia de cristianos convencidos en la sociedad es un indicio de ello – se desprende que está legitimado un orden de valores. Hay señales, que pueden encontrarse también en los tiempos recientes, que dan fe del desarrollo de nuevas relaciones entre Estado y religión, también más allá de las grandes Iglesias cristianas hasta ahora determinantes. En esta situación los cristianos tienen por ello la tarea de seguir este desarrollo de modo positivo y crítico además de afinar los sentidos para la importancia fundamental y permanente del cristianismo al poner las bases y formar las estructuras de nuestra cultura.

La Iglesia ve sin embargo con preocupación el creciente intento de eliminar el concepto cristiano de matrimonio y familia de la conciencia de la sociedad. El matrimonio se manifiesta como unión duradera de amor entre un hombre y una mujer, que se dirige también a la transmisión de la vida humana. Una condición suya es la disposición de los cónyuges de relacionarse uno con otro para siempre. Por esto es necesaria una cierta madurez de la persona y una actitud fundamental existencial y social: una "cultura de la persona" como dijo una vez mi predecesor Juan Pablo II. La existencia de esta cultura de la persona depende también de desarrollos sociales. Puede comprobarse que en una sociedad la cultura de la persona se abaje; a menudo esto deriva paradójicamente del crecimiento del estándar de vida. En la preparación y en el acompañamiento de los cónyuges es necesario crear las condiciones básicas para levantar y desarrollar esta cultura. Al mismo tiempo debemos ser consciente de que el éxito de los matrimonios depende de todos nosotros y de la cultura personal de cada ciudadano. En este sentido, la Iglesia no puede aprobar las iniciativas legislativas que impliquen una revaloración de modelos alternativos de la vida de pareja y de la familia. Estas contribuyen al debilitamiento de los principios del derecho natural y así a la relativización de toda la legislación y también a la confusión sobre los valores en la sociedad.

Es un principio de la fe cristiana, anclado en el derecho natural, que la persona humana sea protegida precisamente en la situación de debilidad. El ser humano siempre tiene prioridad respecto a otros objetivos. Las nuevas posibilidades de la biotecnología y de la medicina nos ponen a menudo en situaciones difíciles que se parecen a un caminar sobre el filo de la navaja. Tenemos el deber de estudiar diligentemente hasta donde estos métodos pueden ser de ayuda para el hombre y dónde en cambio se trata de manipulación del hombre, de violación de su integridad y dignidad. No podemos rechazar estos avances, pero debemos ser muy vigilantes. Una vez que se empieza a distinguir – y esto sucede ya a menudo en el seno materno – entre vida digna e indigna de vivir, no estará a salvo ninguna otra fase de la vida, y aún menos la ancianidad y la enfermedad.

La construcción de una sociedad humana requiere la fidelidad a la verdad. En este contexto, últimamente, hacen reflexionar ciertos fenómenos que están operando en el ámbito de los medios de comunicación públicos: estando en una competencia cada vez más fuerte, los medios de comunicación se creen empujados a suscitar la máxima atención posible. Además, está el contraste que hace la noticia en general, aunque vaya contra la veracidad del relato. El tema se hace particularmente problemático cuando personajes autorizados toman públicamente postura al respecto, sin haber podido comprobar todos los aspectos de forma adecuada. Se acoge con favor el intento del Gobierno Federal de comprometerse en estos casos, en lo posible, de forma ponderada y pacificadora.

Señor Embajador, le acompañan mis mejores augurios para su trabajo y para los contactos que mantendrá con los representantes de la Curia Romana, con el Cuerpo Diplomático y también con los sacerdotes, religiosos y fieles laicos comprometidos en las actividades eclesiales que viven aquí en Roma. De corazón imploro para usted, para su distinguida consorte, para sus colaboradores y colaboradoras en la Embajada la abundante bendición divina.

[Traducción de la versión oficial italiana por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]