Benedicto XVI: que los éxitos de la ciencia no oscurezcan lo trascendente

Mensaje al congreso “Del telescopio de Galileo a la cosmología evolutiva”

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 1 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- Los grandes éxitos de la ciencia no deben hacer que el hombre olvide levantar la mirada hacia Dios, subraya Benedicto XVI en el mensaje enviado a monseñor Rino Fisichella, rector de la Pontificia Universidad Lateranense, con ocasión del congreso Del telescopio de Galileo a la cosmología evolutiva. Ciencia, Filosofía y Teología en diálogo, que se celebra desde ayer hasta mañana 2 de diciembre.

En este Año Internacional de la Astronomía, que celebra el cuarto centenario de la invención del telescopio, el Pontífice recuerda que con él “creció en la cultura la conciencia de encontrarse ante un punto crucial de la historia de la humanidad”.

“La ciencia se convertía en algo distinto de como los antiguos la habían pensado siempre”: “El método deductivo cedía el paso al inductivo y abría el camino a la experimentación. El concepto de ciencia que había durado durante siglos era ahora modificado, emprendiendo el camino hacia una nueva concepción del mundo y del hombre”.

Galileo, explica el Papa, “se había adentrado en los caminos desconocidos del Universo; él abría la puerta para observar espacios cada vez más inmensos”.

Benedicto XVI subraya que también hoy “el universo sigue suscitando preguntas a las cuales la simple observación, sin embargo, no consigue dar una respuesta satisfactoria”.

Por sí mismas las ciencias naturales y físicas no bastan, afirma, observando que el análisis de los fenómenos “si se queda cerrado en sí mismo, corre el riesgo de presentar el cosmos como un enigma irresoluble”.

La lección de Galileo es que la materia “posee una intelegibilidad capaz de hablar a la inteligencia del hombre y de indicar un camino que va más allá del simple fenómeno”.

“Y sin embargo, la matemática es un invento del espíritu humano para comprender la creación. Pero si la naturaleza está realmente estructurada con un lenguaje matemático y la matemática inventada por el hombre puede llegar a comprenderla, esto significa que se verifica algo extraordinario: la estructura objetiva del universo y la estructura intelectual del sujeto humano coinciden, la razón objetiva y la razón objetivada en la naturaleza son idénticas”.

En cualquier caso, las preguntas sobre la inmensidad del universo, sobre su origen y sobre su fin, como también sobre su comprensión, “no admiten una única respuesta de carácter científico”.

“Quien mira al cosmos siguiendo la lección de Galileo, no podrá detenerse sólo en aquello que observa con el telescopio, deberá proceder además a interrogarse sobre el sentido y el fin al que se orienta toda la Creación”.

En este contexto, la filosofía y la teología revisten un papel importante “para allanar el camino hacia ulteriores conocimientos”.

La primera, “ante los fenómenos y la belleza de la Creación busca, con su razonamiento, entender la naturaleza y la finalidad última del cosmos”; la segunda, en cambio, “fundada sobre la Palabra revelada, escruta la belleza y la sabiduría del amor de Dios, que ha dejado Sus huellas en la naturaleza creada”.

“En este movimiento gnoseológico están implicadas tanto la razón como la fe; ambas ofrecen su luz”.

Por tanto, afirma el Papa, “no hay ningún conflicto en el horizonte entre los diversos conocimientos científicos y los filosóficos y teológicos; al contrario, sólo en la medida en que éstos consigan entrar en diálogo e intercambiarse sus respectivas competencias, serán capaces de presentar a los hombres de hoy resultados verdaderamente eficaces”.

El descubrimiento de Galileo, subraya el Papa, “fue una etapa decisiva para la historia de la humanidad”, de la que “han surgido otras grandes conquistas, con la invención de instrumentos que hacen precioso el progreso tecnológico al que se ha llegado”.

Con todo, existe siempre “un riesgo sutil”, que el hombre “confíe sólo en la ciencia y se olvide de levantar los ojos más allá de sí mismo”.

Por ello el Papa invita a dirigir la mirada “hacia ese Ser trascendente, Creador de todo, que en Jesucristo ha revelado su rostro de Amor”.