Benedicto XVI: “Que ninguna población sacrifique su identidad cultural”

Discurso al nuevo embajador de Bulgaria

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes 2 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que dirigió el Papa este sábado al nuevo embajador de Bulgaria, Nikola Ivanov Kaludov, al recibir sus Cartas credenciales en el Vaticano.

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Señor Embajador:

Me complace dar la bienvenida a Su Excelencia en esta circunstancia solemne de la presentación de las Cartas que Le acreditan en calidad de Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Bulgaria ante la Santa Sede. Le agradezco, Señor Embajador, las palabras amables que me ha dirigido. A cambio, sé que tendrá la amabilidad de expresar al Presidente de la República, el Señor Georgi Părvanov, mis deseos cordiales para su persona, así como para la felicidad y el éxito del pueblo búlgaro.

Me congratulo, por mi parte, por las buenas relaciones que mantienen Bulgaria y la Santa Sede, en la dinámica creada por el viaje de mi predecesor el Papa Juan Pablo II a su país en 2002. Estas relaciones merecen intensificarse todavía más y me alegro de escuchar su deseo de trabajar con vehemencia para fortalecer y ampliar el campo de actuación.

Este otoño, celebramos el veinte aniversario de la caída del muro de Berlín que ha permitido a Bulgaria elegir la democracia y reencontrar las relaciones libres y autónomas con el conjunto del Continente europeo. Sé que su país dedica en la actualidad importantes esfuerzos para una integración todavía más fuerte en la Unión europea de la que forma parte desde el 1 de enero de 2007. Es importante que en el proceso de la construcción europea ninguna población sacrifique su propia identidad cultural, sino que encuentre al contrario las maneras de hacerle llegar los buenos frutos que hagan enriquecer al conjunto comunitario. Debido a su situación geográfica y cultural, es especialmente acertado, como usted ha expresado, que su Nación no se preocupe sólo por su propio destino, sino que manifieste una gran atención a sus países vecinos y trabaje para proteger sus lazos con la Unión europea. Bulgaria tiene también indudablemente una función importante a desempeñar en la construcción de relaciones pacíficas entre los países que la rodean, así como en la defensa y la promoción de los derechos humanos.

Como usted ha destacado también hace un momento, esta preocupación por el bien común de los pueblos no puede limitarse a las fronteras del Continente, es también necesario estar atento a crear las condiciones de una globalización exitosa. Para que ésta pueda ser experimentada de una manera positiva, debe servir, en efecto, a “todo hombre y a todos los hombres”. Éste es el principio que he querido destacar con fuerza en mi reciente Encíclica “Caritas in veritate”. Es esencial, en efecto, que el desarrollo legítimamente buscado no se refiera sólo al ámbito económico, sino que tenga en cuenta la integridad de la persona humana. La medida del hombre no reside en lo que tiene, sino en el desarrollo de su ser según todo el potencial que oculta su naturaleza. Este principio encuentra su razón última en el amor creador de Dios, que revela plenamente la Palabra divina. En este sentido, para que el desarrollo del hombre y de la sociedad pueda ser auténtico, debe necesariamente comportar una dimensión espiritual (nn. 76-77). También pide a todos las personas con responsabilidades públicas una gran exigencia moral ante ellos mismos para poder ejercer la parte de autoridad que les es confiada, de manera eficaz y desinteresada. La cultura cristiana que impregna profundamente vuestro pueblo no es sólo un tesoro del pasado para conservar, sino tanto como la garantía de un futuro realmente prometedor en el que se protege al hombre de las tentaciones que siempre amenazan con hacerle olvidar su propia grandeza, a través de la unidad del género humano y las exigencias de solidaridad ésta que implica.

Esto se ve facilitado por la intención de la comunidad católica en Bulgaria, que desea trabajar por el éxito de toda la población. Esta preocupación compartida por el bien común constituye uno de los elementos que deben facilitar el diálogo entre las diversas y numerosas comunidades religiosas que componen el paisaje cultural de su antigua Nación. Este diálogo, para que sea sincero y constructivo, requiere un conocimiento y una estima recíproca que los poderes públicos pueden favorecer mucho, por la consideración que ellos tengan de las diferentes familias espirituales. Por su parte, la comunidad católica expresa su voluntad de estar abierta a todos con generosidad y de trabajar con todos; lo demuestra concretamente a través de sus obras sociales en las que no quiere reservar el beneficio únicamente a sus miembros.

De manera afectuosa, a través suyo, Señor Embajador, quiero saludar a los obispos, los sacerdotes, los diáconos y todos los fieles que forman la comunidad católica de su País. Les invito a considerar las grandes riquezas que Dios, en la medida de su misericordia, ha puesto en los corazones de los creyentes y, por esta razón, a participar con audacia, a través de una cooperación, tan estrecha como sea posible con todos los ciudadanos de buena voluntad, en el testimonio en todos los aspectos de la dignidad que Dios ha inscrito en el ser del hombre.

En el momento en el que Su Excelencia inaugura oficialmente sus funciones ante la Santa Sede, le expreso mis mejores deseos para el cumplimiento de su misión con éxito. Tenga la seguridad, Señor Embajador, de que siempre encontrará en mis colaboradores la atención y la comprensión cordial que merece su alto cargo, así como el afecto del Sucesor de Pedro por su país. Invocando la intercesión de la Virgen María y de los santos Cirilo y Metodio, ruego al Señor que derrame generosas bendiciones sobre usted, su familia y sus colaboradores, así como sobre el pueblo búlgaro y sus dirigentes.

[Traducción del original francés por Patricia Navas

©Libreria Editrice Vaticana]