Benin decide abolir la pena de muerte

Tres meses antes de la visita del Papa a este país

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PORTO NOVO, domingo 28 de agosto de 2011 (ZENIT.org).-Otro país se ha añadido a la lista de las naciones que han borrado definitivamente la pena de muerte de su propio ordenamiento jurídico.

El pasado 19 de agosto, Benin –a donde Benedicto XVI viajará del 18 al 20 de noviembre próximos para celebrar el 150° aniversario de la evangelización del país y entregar la exhortación apostólica fruto del Sínodo extraordinario de los obispos para África de 2009– abolió la pena de muerte tras un largo periodo de suspensión de las ejecuciones, convirtiéndose en el 106° país del mundo y el 17° en África en hacerlo.

Lo subrayó con satisfacción la Comunidad de San Egidio, que en el curso de los años acompañó la maduración de esta decisión en la opinión pública de Benin, mediante una campaña de sensibilización y de recogida de firmas contra la pena de muerte.

La Comunidad de San Egidio ha creado también, en los últimos cinco años, grupos de trabajo dentro de la Conferencia Internacional de Ministros de Roma, apoyando a las autoridades del país africano hasta la abolición definitiva de la medida judicial.

En los últimos 30 años –sobre todo en Europa, pero también en América Latina y en África–, ha crecido un movimiento de opinión contra la pena de muerte, que se advierte cada vez más “como una violación irremediable de la sacralidad de la vida humana, que empobrece y no defiende a las sociedades que la aplican”, señala San Egidio.

Hoy en el mundo existen aún 56 países que conservan en su propio ordenamiento la pena de muerte (eran 143 en 1970 ), mientras que otros 37, aunque no la hayan abolida de derecho, han suspendido de hecho las ejecuciones.

A partir de octubre de 1998, cuando la Comunidad de San Egidio promovió un llamamiento por una moratoria universal de las ejecuciones capitales, se recogieron –a través del trabajo capilar de un único frente interreligioso e intercultural de asociaciones internacionales– 5.391.064 firmas procedentes de 153 países del mundo. Entre estas, 675.621 firmas se recogieron en 61 países donde la pena de muerte se aplica o no se ha abolido.

Se está realizando, para la pena capital, ““un proceso similar a aquellos por los que la tortura y la esclavitud, aceptadas durante mucho tiempo en otras épocas por gran parte de la humanidad, son hoy percibidas finalmente como aberrantes humillaciones, no sólo de las
víctimas, sino también de quienes las infligen”.

“La actual reivindicación de seguridad interna en las sociedades –sostiene la Comunidad de San Egidio– está centrada demasiado a menudo en la idea de eliminación de quienes se cree que amenazan a nuestra vida y a nuestro bienestar” y esto comporta la “renuncia a creer en las garantías que se obtienen con un trabajo paciente de prevención y reeducación”.

Y todo ello sin olvidar que “los sistemas basados en el modelo de ‘tolerancia cero’ afectan sobre todo a las franjas más débiles de la población, los jóvenes, las minorías étnicas, los sin techo, los drogodependientes”.

La difundida toma de conciencia de la opinión pública mundial contra la pena de muerte se expresa también en la Jornada internacional de las “ciudades por la vida – ciudades contra la pena de muerte”, propuesta por la Comunidad de San Egidio y por la Región Toscana.

En esa jornada, numerosas ciudades del mundo eligen iluminar un monumento significativo de su territorio el día –30 de noviembre– en el que se recuerda la primera abolición que tuvo lugar en el mundo, en 1786, por parte del Gran Ducado de Toscana.

En 2010, más de 75 capitales y casi 1450 ciudades de 102 países distintos del mundo se adhirieron a la iniciativa.

“Algunas elecciones valientes de perdón y reconciliación expresadas por parientes de víctimas de crímenes brutales –afirma la San Egidio- demuestran que es posible recrear la paz en uno mismo y comunicarla al ambiente que rodea a cada uno”.

Estas decisiones, “acompañadas por las peticiones de perdón de tantos condenados a muerte, curan profundamente las heridas y contribuyen a hacer una sociedad mucho más segura que con los castigos extremos”.

Por Chiara Santomiero, traducción del italiano por Inma Álvarez