“Biblia Pauperum”, reflexiones históricas y teológicas

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Por Rodolfo Papa*

ROMA, martes 21 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Durante siglos en las iglesias de toda la cristiandad se ha desarrollado un complejo sistema de catequesis y de espiritualidad mediante las imágenes. De hecho, las verdades de fe fueron representadas en los ciclos pictóricos y escultóricos y expresadas de forma simbólica en las formas de la arquitectura. La estructura del edificio sacro, de hecho, no responde sólo a criterios funcionales, sino que es fe expresada en tectónica, según una simbología rica y compleja, que ha sido fuente viva de la arquitectura sagrada de toda época.

La Iglesia, en toda la tradición, es por tanto un lugar sagrado representado y construido como tal, y además es lugar de formación catequética, de anuncio kerigmático, de oración, de mediación y todo elemento que la constituye está pensado en esta perspectiva.

A menudo se subraya que los ciclos pictóricos, de modo particular en algunas épocas históricas, son Biblia pauperum. A menudo esta definición es interpretada de modo incorrecto, con consecuencias incluso graves. De hecho, los ciclos pictóricos sagrados se consideran un sistema de educación para analfabetos e “iletrados” y en consecuencia se juzgan superados, inútiles, incluso dañinos, pues en el mundo occidental el analfabetismo ha sido vencido. Pero la cuestión es más compleja, y merece atención.

Ante todo, si observamos los ciclos pictóricos en cuestión descubrimos algunos elementos que inducen a una reflexión más profunda. Por ejemplo, la presencia de inscripciones, en latino o en griego, o más raramente en vulgar, resultaría incomprensible si verdaderamente se tratase de pinturas sustitutivas de la escritura. Igualmente, las doctas referencias iconográficas puestas de manifiesto por las complejas lecturas iconológicas realizadas por los historiadores del arte parecerían inapropiadas si se tratara de narraciones simplificadas para incultos. Por tanto, es oportuno ante todo tener presente el contexto cultural en el que nacían y para el que se llevaban a cabo. Es oportuno también aclarar que la incapacidad de leer y escribir no es sinónimo necesariamente de ignorancia doctrinal. Creo que es una experiencia común a los profesores de iconografía cristiana constatar que a menudo lo que los estudiantes universitarios ignoran y deben aprender trabajosamente, es en cambio bien sabido por algunas viejecitas semi analfabetas, que practican con regularidad y sencillez en su propia vida de devoción y de fe. Por ejemplo, reconocer una “Inmaculada Concepción” y distinguirla de una “Asunción”, o incluso reconocer a un “San Nicolás de Mira” o a un “San Trifón” es algo complicado para los estudiantes universitarios, pero sencillísima para la viejecita arraigada en su fe y en su tradición.

Además, la presencia de las inscripciones atestigua que los ciclos pictóricos estaban hechos para todos los fieles. La escritura del nombre del santo junto a su imagen no tenía tanto una necesidad funcional, sino que respondía más bien a una exigencia teológica, indicando que el nombre del santo o de la santa está escrito con letras de oro en el cielo. Por otro lado se vincula a una antigua tradición latina, según la cual el nombre del cónsul o del emperador retratado se consignaba por escrito no para dar a conocer su nombre, sino para poderlo celebrar e términos políticos.

Finalmente, la reflexión más importante tiene que ver con la categoría evangélica de los “pauperes”. No se trata sencillamente de los pobres, los ignorantes, los iletrados, sino de todos los pobres de espíritu. Las Biblia Pauperum son por tanto pintadas o esculpidas o edificadas arquitectónicamente para todos aquellos que humildemente se acercan a las verdades de la fe, ricos o pobres, cultos o incultos.

Por tanto las Biblia pauperum no están sólo dedicadas a los “analfabetos” en sentido escolar sino, paradójicamente, precisamente la ausencia de Biblia pauperum, motivada erróneamente por el pretexto de la secularización generalizada, ha tenido como efecto la analfabetización iconográfica. Si antes las viejecitas iletradas sabían leer las imágenes, ahora los jóvenes secularizados no entienden nada de iconografia cristiana, habiendo perdido del todo la costumbre de ella, al haber asistido mayormente a iglesias privadas de imágenes sagradas y proyectadas según criterios puramente funcionalistas. Así, paradójicamente, los únicos que saben leer hoy las Biblia pauperum son los “profesores”, los que tienen un doctorado en historia del arte.

Por tanto, son las propias iglesias, si se conciben globalmente como lugar litúrgico y de formación, las que pueden enseñar las verdades de la fe y el lenguaje para poder aprenderlas. A propósito de esto podemos mirar la iglesia de Santa María Novella en Florencia, que fue en la historia una especie de laboratorio, en el que se proyectaron soluciones difundidas gradualmente después en todas partes, y por tanto un lugar de investigación, una gran obra ejemplar. En esta iglesia, de ámbito dominico, vemos como los ciclos de frescos no se conciben sencillamente como subsidio para los ignorantes, sino como verdaderas y propias predicaciones, parte activa de una estructura compleja, empeñada en una eficacia de tipo espiritual, psicológica, afectiva, en la compleja realización de un carisma dirigido a la predicación y a la evangelización. A propósito de esto es ejemplar, por ejemplo, el fresco de Andrea Bonaiuti, Espejo de la predicación de los dominicos, realizado entre 1366 y 1367 en la Sala Capitular del complejo conventual de Santa María Novella. En el centro exacto del fresco está representado santo Domingo, fundador de la Orden de Predicadores y expresión de la esencia del carisma de la predicación; la composición propone dos momentos que representan dos acontecimientos cronológicamente sucesivos: es decir, la escucha de la predicación y el sacramento de la reconciliación, o sea, el fruto de la predicación que madura en el corazón de quien ha sabido escuchar. En el rostro del fraile confesor, además, es posible reconocer a fray Jacobo Passavanti, contemporáneo de Buonaiuti, autor de un conocido texto titulado Espejo de penitencia.

Buonaiuti en su fresco representa la predicación y su efecto, la penitencia, realizando de esta forma una verdadera predicación pictórica, una “imagen acústica”, una imagen que predica. Con el mismo método con el que Passavanti escribió su texto, Buonaiuti pinta su fresco. De esta forma se crea una correspondencia mutua entre las palabras pronunciadas en la predicación por los dominicos y las imágenes conservadas en la iglesia, en una extraordinaria exaltación de la capacidad de predicación propia del arte sacro.

Todo esto nos estimula fuertemente también a nosotros hoy, empujándonos a pensar o a repensar nuestras iglesias para que sean concebidas como imágenes acústicas, vivas, capaces de resonar en el corazón y en la mente de los fieles. Para que eso suceda, es necesario un arte capaz de hacerse cargo de la narración de los misterios, capaz de mostrar con la composición la articulación del mensaje de la fe, el íntimo dinamismo finalista que lo invade todo y a toda persona, hacia el culmen,que es el Alfa y la Omega, motor y meta de toda conversión, inicio y cumplimiento, cabeza y piedra angular del inmenso cuerpo místico de la Iglesia.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

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* Rodolfo Papa es historiador de arte, profesor de historia de las teorías estéticas en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma; presidente de la Accademia Urbana delle Arti. Pintor, miembro ordinario de la Pontificia Insigne Accademia di Belle Arti e Lettere dei Virtuosi al Pantheon. Autor de ciclos pictóricos de arte sacro en diversas basílicas y catedrales. Se interesa en cuestiones iconológicas relativas al arte del Renacimiento y el Barroco, sobre el que ha escrito monografías y ensayos; especialista en Leonardo y Caravaggio, colabora con numerosas revistas; tiene desde el año 2000 un espacio semanal de historia del arte cristiano en Radio Vaticano.