Bosnia-Herzegovina: Sacerdotes católicos desaparecidos, el gobierno calla

Las dificultades de ser católico en el territorio controlado por los serbios

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BANJA LUKA, 8 sep (ZENIT.org-FIDES).- Han pasado cinco años desde que desapareció el padre Tomislav Matanovic. El sacerdote católico fue secuestrado el 18 de septiembre de 1995, junto a sus padres; tenía 33 años. Desde entonces, no se tienen noticias suyas y las autoridades de la República Srpska (la zona bosnia controlada por los serbios) nunca han hecho investigaciones para aclarar el misterio de su desaparición.



Además del padre Matanovic, en tiempos de la guerra en Bosnia, desapareció también el padre Ratko Grgic, párroco de Nova Topola. No se tienen noticias suyas desde el pasado 16 de junio de 1992. En el momento de la desaparición tenía 48 años.

Según informaciones recogidas por la agencia de la Santa Sede, «Fides», representantes de la Iglesia católica, entre quienes se encuentra el obispo de Banja Luka, monseñor Franjo Komarica; el nuncio apostólico, el arzobispo Giuseppe Leanza; y el arzobispo Jean Louis Tauran, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados; han interpelado en varias ocasiones al gobierno para pedir explicaciones.

«Las autoridades políticas --explican las fuentes autorizadas consultadas por «Fides»-- nunca han respondido». Entre los pocos católicos que quedan en la región se ha difundido la convicción de que los padres Matanovic y Grgic fueron asesinados, víctimas --«mártires» dicen ellos-- de la guerra étnica que ensangrentó la antigua Yugoslavia. Ahora bien, piden que se aclaren las circunstancias y que se les permita recuperar sus cuerpos.

En la zona, son muy difíciles las condiciones de los refugiados de religión católica que han decidido regresar a sus casas. Entre 1991 y 1992, fueron expulsados de Banja Luka unos 70 mil católicos (croatas, checos, eslovacos, italianos, polacos y ucranianos). Hasta la fecha, sólo han regresado 509 familias (1024 personas de fe católica). En su mayoría se trata de personas ancianas.

«Los que regresan --afirman fuentes de «Fides»-- no pueden encontrar trabajo, y no se les permite retomar el empleo que tenían antes, del que fueron expulsados durante la guerra». Los ancianos pasan meses enteros sin recibir la jubilación a la que tienen derecho. Además, «quienes regresan tienen, en teoría, derecho a la asistencia sanitaria, pero en la práctica tienen que pagar todo».

Fuentes locales han asegurado que «la mayor parte de las organizaciones internacionales activas en la región no ofrecen asistencia a los católicos que regresan: a muchos se les dice que vayan a pedir ayuda a la Cáritas».