Campesino entre campesinos, el analfabeto Juan enseña las Escrituras

Testimonio de uno de los 7.500 catequistas venidos a Roma para el Jubileo

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CIUDAD DEL VATICANO, 11 dic 2000 (ZENIT.org).- Tiene las manos rugosas, Juan. El rostro quemado por el sol, surcado de arrugas profundas, revela su origen: es un indígena mam, uno de los muchos que se levantan al alba para trabajar en el campo. Por la tarde, en casa, le esperan la mujer y los tres hijos. Juan, al cabo de una jornada fatigosa, no siempre puede quedarse con su familia porque tiene una tarea importante que hacer. De acuerdo con su mujer, ha aceptado hacerse catequista.



Una decisión que no ha sido fácil. Semianalfabeto, de mayor ha tenido que retomar los libros. Ahora es capaz de leer y hablar en público sin vergüenza. Tiene consigo una Biblia desgastada por el uso. Es su compañera inseparable cuando, cada viernes, sube a la montaña para reunirse con «sus» tres comunidades.

Juan camina cuatro o cinco horas por senderos escarpados. No tiene necesidad de la linterna porque conoce bien el camino y le basta el resplandor de las estrellas. Pasa la noche en la capillita de la aldea. Come lo que la gente le ofrece. El sábado explica la Palabra de Dios a los adultos y a los niños, enseña cantos y oraciones, visita a los enfermos, dirige la liturgia, comenta las lecturas, distribuye la Eucaristía.

Luego emprende de nuevo el camino para llegar, el domingo, a las otras dos aldeas que le han confiado. En ausencia del sacerdote, que sólo puede visitar las comunidades una vez al mes, el catequista tiene muchas responsabilidades y gran autoridad. A él corresponde preparar a niños y adultos para los sacramentos, organizar novenas, procesiones, fiestas patronales, hacer de intermediario con el párroco.

Cada semana, los catequistas se reúnen con el sacerdote para verificar el camino recorrido y reflexionar, juntos, en los textos que el domingo explicarán a los fieles.

La congoja de todos es la agresividad de las sectas de origen evangélico, numerosas en este ángulo remoto de Guatemala, en el confín con México. Los catequistas deben defenderse de los continuos ataques y, a veces, no están preparados para dar las respuestas adecuadas.

En general, los seguidores de estos movimientos sectarios mal llamados protestantes, se ensañan con al figura del Papa, por quien los catequistas sienten una gran veneración. «Ha venido dos veces en visita a nuestro país», dice Juan con profunda gratitud. Y añade; «Si tuviese más tiempo de leer y estudiar...». Pero este es el sueño de todo catequista.

Ninguno, en cambio, se lamenta de los sacrificios que se les piden. Y sin embargo todos son pobres. Viven en cabañas de madera con el techo de paja. Pero se consideran afortunados. En las laderas de la montaña se pueden ver los restos de una aldea incendiada por el Ejército en los años de la represión, cuando muchos catequistas fueron perseguidos.

«Bastaba tener consigo imágenes sagradas o la Biblia para que a uno se lo llevaran», relata Juan, que es catequista «sólo» desde hace 11 años. Gracias a hombres humildes y tenaces como él, las comunidades perdidas, carentes de pastor, siguen vivas.