Canadá: Ecuménica petición de perdón a los nativos

Mensaje de las Iglesias cristianas en el marco del Jubileo 2000

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OTTAWA, 3 oct (ZENIT.org).- Representantes de las Iglesias cristianas de Canadá firmaron, el pasado 25 de septiembre, un mensaje conjunto, en el marco del Jubileo 2000, en el que piden perdón a los nativos y hacen un llamamiento a trabajar por los derechos de la población autóctona.



Han firmado el documento, entre otros, las siguientes instituciones del país norteamericano: la Conferencia Episcopal Católica, la Conferencia de Religiosos Católicos, el Consejo de las Iglesias Reformadas, la Iglesia Envagélico-Luterana y la Iglesia Unida de Canadá.

«En este momento de la historia de Canadá --indican los firmantes--, es evidente que estamos invitados a actuar por la paz en las relaciones entre los pueblos autóctonos de este país, y la mayoría llegada más tarde a este territorio. A lo largo de los siglos, las opciones políticas y las promesas no mantenidas han desfigurado esta relación y siguen perjudicando seriamente el bienestar de las comunidades autóctonas. Si estamos dispuestos a escuchar a Dios y su palabra de paz, a buscar juntos esta palabra, deberemos entonces mirar de frente las injusticias pasadas y presentes que han ahondado la brecha que nos separa siempre y todavía hoy».

Recuerdan los firmantes que el jubileo bíblico representa el empezar de nuevo siempre que haya arrepentimiento «de nuestro pecado colectivo».

Evocando el anuncio de Jesús en la sinagoga, cuando afirmó que había llegado «el año de gracia del Señor», rememoran que el Jubileo bíblico prescribía «la devolución de las tierras ancestrales a los descendientes de quienes las habían perdido». En este sentido indican que «la prescripción bíblica del Jubileo lanza una luz estimulante sobre la cuestión, siempre a resolver, de los derechos territoriales autóctonos de Canadá. Es claro, en efecto, que el reconocimiento y el respeto de estos derechos son fundamentales para el bienestar de las comunidades autóctonas y para el enderezamiento de la relación entre autóctonos y no autóctonos».

«Creemos en nombre de la justicia --sigue el documento-- y en fidelidad a un rebrote de esperanza compartida, que las canadienses y los canadienses tienen una obligación moral de empeñarse seriamente en la cuestión de los derechos de los autóctonos a un territorio y a recursos naturales. En el curso de los últimos años, los gobiernos, en Canadá, han puesto en marcha mecanismos de reconocimiento y de restauración de los derechos autóctonos, pero estos mecanismos portadores de conflictos, en la mayoría de los casos, han engendrado frustración, fracaso y ruptura».

En la carta, los firmantes piden a los miembros de sus Iglesias que recen y profundicen este «serio problema de justicia». Para ayudar a esta labor de reflexión han redactado una declaración más amplia titulada «Los derechos territoriales autóctonos y la celebración del Jubileo en Canadá». Les piden que presten atención a este documento.

La «Iniciativa ecuménica canadiense por el Jubileo» (coalición de 30 organizaciones entra las que se encuentran los firmantes) invita a firmar una petición demandando al primer ministro instaurar un nuevo mecanismo de reconocimiento y de satisfacción de las reclamaciones y derechos inherentes de los autóctonos.

Los firmantes declaran: «Apoyamos enteramente esta petición. Pedimos a las parroquias y congregaciones, a las escuelas y otros grupos eclesiales que profundicen en esta causa y se comprometan en ella»; «animamos a los miembros de nuestras Iglesias, cuando estudien esta cuestión, a que entren en diálogo con otras personas, especialmente los autóctonos».

«Nuestro compromiso exige una grandeza de alma, más abierta que la que hemos conocido hasta ahora en la sociedad canadiense --añade la carta--. En esta tarea difícil, nuestras hermanas y hermanos autóctonos han demostrado, a lo largo de los años, una paciencia tenaz, marcada por muchos sufrimientos e incluso un hambre y sed de justicia siempre crecientes. Seguramente la liberación y la curación de las comunidades autóctonas recae en primer lugar sobre los hombros de los mismos autóctonos. Pero, para llegar a una interrelación justa y equilibrada, para llegar a curar verdaderamente esta herida de la vida canadiense, se impone un trabajo que necesita la cooperación activa de todas las canadienses y de todos los canadienses».

«En cuanto cristianas y cristianos --concluye el mensaje-- estamos invitados a orar y a buscar en nuestra vida un profundo respeto mutuo entre las personas y entre los pueblos. Si escuchamos su palabra, Dios nos dará la fuerza, el valor e incluso la alegría porque la promesa de la paz fundada sobre la justicia, es lo que El mismo desea de todo corazón».