Caravaggio sale a la luz. Renace el Renacimiento

“El prendimiento de Cristo”, rescatado

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ROMA, martes 13 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- El martes 29 de septiembre fue el cumpleaños de Caravaggio. Como su nombre, Michelangelo Merisi, sugiere, el artista milanés nació en 1571 en la fiesta de los arcángeles.

Aunque nadie acusaría a Caravaggio de tener disposiciones angélicas, las obras de arte que dejó a la humanidad ciertamente transmiten algunos de los más poderosos mensajes de nuestra fe.

Celebré el cumpleaños de Caravaggio en Dublín, frente a una de sus obras que nunca había visto antes personalmente, “El prendimiento de Cristo”. De todas las obras de Caravaggio, este cuadro no sólo habla sobre un incidente dramático de años pasados, sino que también ha sido objeto de una moderna historia de detectives.

La obra fue pintada por Caravaggio hacia 1601-1603, los años en que vivió en la casa de su poderoso patrón Ciriaco Mattei. Acababa de terminar sus mayores encargos religiosos en Santa Maria del Popolo y en San Luigi dei Francesi, inaugurando su técnica revolucionaria de usar luces y sombras para intensificar el drama de sus historias sagradas.

La colección Mattei fue vendida gradualmente conforme disminuían los recursos de la familia, e incluso el archivo de cuentas e inventarios había sido llevado lejos de Roma. Incluso el nombre de Caravaggio había sido olvidado en los anales de la historia, relegado, en palabras del historiador del arte italiano Roberto Longhi, al puesto del “menos conocido de los pintores del arte italiano”.

Gracias a la incansable búsqueda de Longhi, y después de sir Denis Mahon, las obras de Caravaggio fueron recogidas de almacenes polvorientos y, despojadas de siglos de mugre, cuidadosamente catalogadas y autenticadas.

A pesar de vidas de trabajo, algunas permanecieron tentadoramente ocultas, ensalzadas en las páginas amarillentas de las viejas biografías y guías, pero ya no en sus lugares originales.

“El prendimiento de Cristo” era una de las apreciadas; mencionada en varias fuentes de la época, incluso descrita cuidadosamente, los historiadores del arte se sorprendían de que una obra tan celebrada se hubiese extraviado. Los profundos temores sobre el destino de la pintura la daban, por un lado, como destruida en el bombardeo de Dresde, y otros, tan oscurecida con la edad como para ser irreconocible, simplemente como atribuida a otro y desaparecida.

De camino a Dublín leí el fascinante libro de Jonathan Harr “The Lost Painting” (“El cuadro desaparecido”), que relata la extraordinaria historia de la convergencia de varios caminos que revierten esta obra al mundo en 1993. Dos archiveros emprendedores, un restaurador con vista de lince, un noble inglés enamorado del arte italiano y un sacerdote jesuita con una profunda devoción por la tradición y la belleza, participaron en el descubrimiento de esta obra, que ahora cuelga en la National Gallery de Dublín, prestada indefinidamente por los jesuitas.

La Providencia me ofreció el privilegio de encontrar al sacerdote, el padre Noel Barber, que llevó “El prendimiento de Cristo” a limpiar, restituyendo así una obra de Caravaggio al mundo. No pude evitar pensar que, irónicamente, los jesuitas fueron una de las pocas nuevas órdenes religiosas del siglo XVII que nunca encargó una obra a Caravaggio, y sin embargo es la única orden que posea su obra hoy.

La pintura, orgullosamente expuesta en la National Gallery, es la única obra de Caravaggio que tenga una fuente visible de luz. La poderosa iluminación en el arte de Caravaggio normalmente procede de una fuente misteriosa, insinuando el papel del Espíritu Santo de iluminar la conversión, el martirio y la evangelización.

Caravaggio hace aún un alarde de su extraordinaria habilidad para la pintura de bodegones, como se ve en la armadura de metal de los soldados, en la lana azul intenso del manto de Cristo y en el papel opaco de la linterna. Pero el virtuosismo deslumbrante de su pincel palidece ante su poder narrativo.

A la derecha, tres soldados se lanzan brutalmente hacia Cristo, con una figura al final que enarbola una lámpara que ilumina la escena. El centro absoluto de la pintura, con todo, queda vacío, las cabezas y los brazos dejan un gran vacío en el mismo punto focal de la obra.

Esta breve cesura aumenta la tensión de la parte izquierda de la obra. Judas, con su cara distorsionada, se inclina hacia Cristo para darle el beso de la traición. El contraste entre Cristo y Judas no podía ser más grande. Mejilla a mejilla con Jesús, Judas se lanza hacia delante, perpetrando decidido esta traición final. Cristo en el otro lado, con los ojos bajos y las manos aún unidas en la oración, expresa tanto la profunda tristeza por la actuación de Judas, así como la aceptación de su pasión. A la izquierda, San Juan huye, y su túnica roja, cogida por el soldado, forma una cortina roja alrededor de Jesús y Judas.

Más que un regalo para el mundo del arte, esta obra perdida de Caravaggio es un don para los fieles. En esta escena llena de violencia, la figura que sostiene la linterna mirando el caos, representa al propio Caravaggio, testigo y recuerdo de este oscuro acontecimiento. También nosotros, de pie ante este cuadro, nos convertimos en testigos de cómo Cristo fue traicionado, perseguido y abandonado, y ya que Caravaggio vuelve a contar la historia para que nosotros la veamos, debemos a nuestra vez hacer este evento visible en nuestras vidas.

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Volviendo al pasado


A decir verdad, yo no estaba en Dublín solo para celebrar el nacimiento de Caravaggio. Había sido invitada a la Isla Esmeralda para hablar ante la Asociación Legatus, una organización que tiene muchas similitudes con una iniciativa del Renacimiento.

Durante los dos últimos años, he tenido la oportunidad de conocer a muchos miembros de esta alianza de empresarios católicos, cuya misión es “estudiar, vivir y propagar la fe en nuestro negocio, profesional y vida personal”, y muchas de sus historias de la fe y el éxito recuerdan la historia de los Médicis y de otras grandes familias florentinas.

La Florencia renacentista conoció un éxito comercial sin precedentes. En lo que pareció ser una ciudad de oportunidades ilimitadas, las empresas prosperaron y proliferaron los artículos de lujo a medida que más y más ciudadanos se convertían en banqueros de éxito, comerciantes e incluso artistas.

Muchas de las que llegarían a ser las familias más grandes de Florencia, habían emigrado a la ciudad durante la Edad Media, viviendo en barrios deprimidos y haciendo trabajos humildes, mientras soñaban con una vida mejor. Hacia el siglo XV, muchas habían logrado riqueza, posición y éxito más allá de sus sueños más insensatos.

En un mundo en que la fe formaba parte del mismo aire que se respiraba, y en el que las iglesias en cada esquina recordaban a la gente el sostenimiento espiritual y práctico que la Iglesia había ofrecido a la gente en sus años de lucha, la élite comercial de Florencia buscó formas de devolver lo que habían recibido.

De la misma forma que lideraban la comunidad de los negocios, querían ser buenos modelos para la comunidad de los fieles.

Así nació la hermandad Compañía de los Magos (Compagnia dei Magi), una organización de los más exitosos ciudadanos de Florencia, que se reunían regularmente para rezar juntos, compartir ideas y organizar proyectos caritativos.

Habían tomado el nombre de los Magos, los tres reyes de la antigüedad, que usaron sus riquezas, tanto monetarias como intelectuales, para honrar al Niño Cristo. La Compañía de los Magos patrocinaba orfanatos, proporcionaba dote a las niñas pobres, y una vez al año agasajaban a los florentinos con un desfile espectacular de sus ciudadanos más ilustres desfilando por las calles vestidos como los Reyes Magos.

De muchas formas, Legatus se parece a una Compañía de los Magos moderna.

Derivado del verbo latino que significa “enviar”, Legatus también se refiere a embajador, y los miembros de este grupo se esfuerzan por representar a Cristo no sólo en sus ámbitos privados, sino también en el lugar de trabajo, entre amigos y en casa.

Fundada en 1987 por el presidente de Domino's Pizza, Thomas Monaghan, Legatus reúne directores generales, presidentes de compañías y propietarios de negocios para su enriquecimiento espiritual e intelectual. Una vez al mes se reúnen para asistir a Misa, cenar y hablar, y organizan cada año peregrinaciones y conferencias.

La Eucaristía es el corazón de la organización. La idea le vino al señor Monaghan tras recibir la Comunión de Juan Pablo II poco antes de morir éste, y los encuentros empiezan siempre con la Misa. Después, los miembros recitan la oración de santo Tomás de Aquino implorando a la Eucaristía “ser un yelmo de fe y un escudo de buena voluntad”.

“Que me purifique de los malos caminos, y ponga fin a mis malas pasiones”.

“Que me de caridad y paciencia, humildad y obediencia, y crecimiento en la fuerza para hacer el bien”.

David Fisher, un joven director general del capítulo de Fort Worth, afirma que Legatus ha supuesto “una gran bendición para mí”. Estaba particularmente impresionado por “la importancia que la organización otorga a los sacramentos en nuestras reuniones mensuales, y con las cumbres y las peregrinaciones, que me ayudan a vivir mi vida de fe de una forma más plena”.

Legatus también insiste en la educación y el mayor conocimiento de la propia fe. John Hale, propietario de la Corporate Travel Service y miembro del capítulo de Detroit de Legatus, explica: “Somos mejores embajadores cuando somos conscientes de nuestra fe. ¿Qué mejor manera de conocer nuestra fe que aprender a los pies de los mejores estudiosos, teólogos, escritores y profesores católicos que regularmente hablan en nuestros encuentros y conferencias?”.

A través de los años, los miembros de Legatus han escuchado ponencias de cardenales romanos, celebridades del entretenimiento y poderosos políticos; sus intereses son tan diversos como sus negocios, lo que les da una perspectiva muy “católica” del mundo que les rodea.

Otra cuestión importante en Legatus es el compañerismo y la familia. Las esposas tienen la condición de miembros de pleno derecho, y Legatus organiza eventos para que participen las familias enteras.

Como recuerda John Hale, “cuando mi esposa estaba embarazada de nuestro quinto hijo, la mayor parte del mostraba su disgusto por el nuevo niño. Cuando empezamos a asistir a las reuniones mensuales Legatus y visitar a los miembros amigos que habían sido bendecidos con 12 niños o más, nos vimos ciertamente afirmados por su testimonio de fe a través de la apertura a los hijos y la familia. Esto ha constituido la diferencia en nuestro negocio y en nuestra familia”.

Legatus tiene alrededor de 60 capítulos en los Estados Unidos, y se ha expandido a Canadá, Polonia e Irlanda. Visitando al capítulo irlandés esta semana, me volvió a impresionar tanto la centralidad de la liturgia en los actos de Legatus como el compromiso de la fe personal en todos los aspectos de la vida, común a todos los miembros que he conocido.

En Legatus, el mejor espíritu del Renacimiento ha encontrado su propio “renacimiento”.



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Elizabeth Lev enseña arte y arquitectura cristianas en el campus italiano de la Duquesne University y en el programa de estudios de la Universidad Católica de Santo Tomás. Puede contactarse con ella en lizlev@zenit.org

[Por Elizabeth Lev, traducción del inglés por Inma Álvarez]