Cardenal Cottier: «La Iglesia debe hablar del demonio»

Purpurado de 83 años y «teólogo del Papa» hasta diciembre

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 enero 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la introducción del cardenal Georges Marie Martin Cottier OP --escrita siendo aún Teólogo de la Casa Pontifica-- al libro «Presidente degli esorcisti - Esperienze e delucidazioni di Don Grabriele Amorth» («Presidente de los exorcistas – Experiencias y aclaraciones de Gabriel Amorth»), recién publicado por «Edizioni Carismatici Francescani» (www.dioesiste.org).



El padre Gabriel Amorth es exorcista de la diócesis de Roma, fundador y presidente honorario de la Asociación Internacional de Exorcistas.

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La Iglesia debe hablar del demonio. Pecando, el ángel caído no ha perdido todo el poder que tenía, según el plan de Dios, en el gobierno del mundo. Ahora utiliza este poder para el mal. El Evangelio de Juan le llama: «el príncipe de este mundo» (Jn 12,31) y en la primera carta también de Juan se lee: «El mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5,19). Pablo habla de nuestra batalla contra las potencias espirituales (Cf. Ef. 6,10-17). Podemos también remitirnos al Apocalipsis.

Tenemos que combatir contra fuerzas del mal no sólo humanas, sino sobrehumanas en su origen e inspiración: basta con pensar en Auschwitz, en las masacres de pueblos enteros, en todos los horrendos crímenes que se cometen, en los escándalos de los que son víctimas los pequeños y los inocentes, en el éxito de las ideologías de muerte, etc.

Es oportuno recordar algunos principios. El mal del pecado es realizado por una voluntad libre. Sólo Dios puede penetrar en el corazón profundo de la persona; el demonio no tiene el poder de entrar en este sagrario. Actúa sólo en el exterior, sobre la imaginación y sobre los afectos de raíz sensible. Además su acción está limitada por el permiso de Dios omnipotente.

El diablo actúa generalmente a través de la tentación y el engaño, es mentiroso (Cf. Jn 8,44). Puede engañar, inducir al error, ilusionar y, probablemente más que suscitar, puede secundar los vicios y los gérmenes de vicios que están en nosotros.

En los Evangelios sinópticos, la primera aparición del demonio es la tentación en el desierto, cuando somete a varias incursiones a Jesús (Cf. Mt 4,11 y Lc 4,1-13). Este hecho es de gran importancia.

Jesús curaba enfermedades y patologías. Se refieren en conjunto al demonio, porque todos los desórdenes que afligen a la humanidad son reducibles al pecado, del que el demonio es instigador. Entre los milagros de Jesús hay liberaciones de posesiones diabólicas, en el sentido preciso.

Vemos en particular en San Lucas que Jesús manda a los demonios que le reconocen como el Mesías.

El demonio es mucho más peligroso como tentador que a través de signos extraordinarios o manifestaciones exteriores asombrosas, porque el mal más grave es el pecado. No por casualidad en la oración del Señor pedimos: No nos dejes caer en la tentación. Contra el pecado el cristiano puede luchar victoriosamente con la oración, la prudencia, en la humildad conociendo la fragilidad de la libertad humana, con el recurso a los sacramentos, ante todo la Reconciliación y la Eucaristía. Debe también pedir al Espíritu Santo el don de discernimiento, sabiendo que los dones del Espíritu Santo se reciben con la gracia del Bautismo.

Santo Tomás y San Juan de la Cruz afirman que tenemos tres tentadores: el demonio, el mundo (lo reconocemos ciertamente en nuestra sociedad) y nosotros mismos, o sea, el amor propio. San Juan de la Cruz sostiene que el tentador más peligroso somos nosotros mismos porque nos engañamos solos.

Frente al engaño, es deseable en los fieles católicos un conocimiento cada vez más profundo de la doctrina cristiana. Se debe promover el apostolado por el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, de extraordinaria utilidad para combatir la ignorancia. El demonio tal vez es instigador de esta ignorancia: distrae al hombre de Dios, y es una gran pérdida que se puede contener promoviendo un adecuado apostolado en los medios de comunicación social, en particular televisivos, considerando la cantidad de tiempo que muchas personas gastan siguiendo los programas de televisión, a menudo de contenidos culturalmente inconsistentes o inmorales.

También contra los hombres de Iglesia se desencadena la acción del diablo: en 1972 el Sumo Pontífice Pablo VI habló del «humo de Satanás introducido en el templo de Dios», aludiendo a los pecados de los cristianos, a la desvalorización de la moralidad de las costumbres y a las decadencias (consideremos la historia de las Órdenes y de las Congregaciones religiosas, en las cuales se ha notado siempre la exigencia de reformas para reaccionar a la decadencia), a la cesión en las tentaciones en la búsqueda de la carrera, del dinero y de la riqueza en las cuales pueden incurrir los propios miembros del clero, cometiendo pecados que provocan escándalo.

El exorcista puede ser un Buen Samaritano –pero no es el Buen Samaritano— pues el pecado es una realidad más grave. Un pecador que permanece asentado en su pecado es más desdichado que un poseído. La conversión del corazón es la más bella victoria sobre la influencia de Satanás, contra la cual el Sacramento de la Reconciliación tiene una importancia absolutamente central, porque en el misterio de la Redención Dios nos ha liberado del pecado, y nos regala, cuando hemos caído, el reencuentro de Su amistad.

Los Sacramentos tienen en verdad una prioridad sobre los sacramentales, categoría en la que se incluyen los exorcismos, que son pedidos por la Iglesia pero en orden no prioritario. Si no se considera este planteamiento, subsiste el riesgo de turbar a los fieles. No se puede considerar el exorcismo como la única defensa contra la acción del demonio, sino como un medio espiritual necesario donde se ha constatado la existencia de casos específicos de posesión diabólica.

Parece que los poseídos sean más numerosos en los países paganos, donde el Evangelio no ha sido difundido y donde están más extendidas las prácticas mágicas. En otros lugares un elemento cultural perdura allí donde los cristianos conservan una tendencia indulgente respecto a antiguas formas de superstición. Además hay que considerar que presuntos casos de posesión pueden ser explicados por la medicina actual y la psiquiatría, y que la solución a determinados fenómenos puede consistir en un buen tratamiento psiquiátrico. Cuando se manifiesta en la práctica un caso difícil es necesario ponerse en contacto con un psicólogo y un exorcista; es aconsejable valerse de psiquiatras de formación católica.

En el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum se ha instituido recientemente un curso sobre estas temáticas. Sobre ellas parece oportuna una formación adecuada en los seminarios, en una dimensión de equilibrio y sabiduría, evitando excesos y constricciones.

Cardenal Georges Cottier, O.P. Pro-teólogo de la Casa Pontificia

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]