Cardenal Dziwisz: Juan Pablo II nos dejó como desafío «el don de su santidad»

Al presidir una Misa en las Grutas vaticanas en la tumba del Papa polaco

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 4 abril 2007 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha dejado a la Iglesia y a todos los hombres «el don de su santidad» como desafío para recorrer «el camino del amor», considera el cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, y durante casi cuarenta años secretario particular de Karol Wojtyla.



Lo dijo el pasado 2 de abril, al presidir la concelebración eucarística que tuvo lugar en las Grutas vaticanas, junto a la tumba de Juan Pablo II, en el segundo aniversario de la muerte del Pontífice polaco, y en el día de la clausura de la investigación diocesana sobre la vida, virtudes y fama del siervo de Dios.

«En estos tiempos nuestros, en nuestro atormentado mundo, henos aquí ante un insólito testigo de Jesucristo crucificado y resucitado: Juan Pablo II», empezó diciendo el cardenal en la homilía.

«También él pertenece al colegio de los discípulos y de los amigos del Señor. Lo siguió. Se identificó con Jesús, con su vida y su misión», dijo.

«Compartió el motivo por el que el hijo de Dios vino al mundo. Este motivo, esta causa, se llama ‘hombre’. Entregó a Jesús toda su vida, desde la juventud. Se fió de Él. En Él puso toda su esperanza», añadió.

«Jesús estuvo siempre en el centro de su existencia. Jesús fue todo para él. Tal actitud en un hombre la llamamos santidad», señaló el purpurado.

«Juan Pablo II pertenece, sin vacilación, a la comunidad de los amigos de Jesús, es decir a la comunidad de los santos», subrayó.

«A la Iglesia le ha dejado un rico patrimonio de fe y cultura compuesto por las maravillosas encíclicas, sus muchas exhortaciones, las vigorosas catequesis, las innumerables homilías y discursos», subrayó recordando la amplia producción del Papa desaparecido.

«En una palabra: ha dejado el recuerdo del hombre que ha sido un incansable propagador del Evangelio. Pero sobre todo nos ha dejado el don de la santidad», observó.

Al mismo tiempo, añadió el arzobispo de Cracovia, además de enriquecer a toda la Iglesia, el don de su santidad «se hace desafío para todos nosotros llamando a cada uno de nosotros a caminar por la misma vía. La vía del amor y del servicio a Dios y a los hombres».

En el transcurso de estos dos años desde su muerte, hemos podido advertir el mensaje «siempre actual» de Juan Pablo II, que «prestó una singular y aguda atención a los más importantes problemas y a los desafíos de nuestra época», y proporcionó «las respuestas a las preguntas que nos inquietan», añadió.

Juan Pablo II fue por otra parte «el Papa de la vida»: «Nadie como él luchó de un modo tan perseverante y decidido en favor de la vida del hombre, de cada hombre, desde la concepción hasta la muerte natural».

«Nadie como él dió pasos al frente en defensa de la dignidad del hombre, de la dignidad de la mujer, de la dignidad y del valor de la madre», «la mujer que vela y custodia con especial amor y cura la vida», subrayó el cardenal Dziwisz.

Aquella vida concebida, concluyó, que «no amenaza a la mujer, no disturba su libertad, no quita la belleza y la alegría, al contrario enriquece su existencia y da a su vocación el sentido más profundo».

Junto al cardenal Dziwisz concelebraron: el cardenal Franciszek Macharski, arzobispo emérito de Cracovia; el cardenal Henryk Roman Gulbinowicz, arzobispo emérito de Wroclaw; el arzobispo Henryk Hoser, secretario adjunto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos; el obispo Tadeusz Pieronek; el obispo auxiliar de Cracovia, monseñor Jan Zając; monseñor Mieczyslaw Mokrzycki; y unos sesenta sacerdotes.

Al final de la Santa Misa, los concelebrantes se arrodillaron todos juntos en torno a la blanca tumba de Juan Pablo II, adornada con un jarrón de flores y dos lámparas encendidas.