Cardenal Lehmann: «Ha llegado la hora de pensar en Dios»

Las confesiones del presidente del episcopado alemán

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ROMA, 11 junio 2001 (ZENIT.org).- El cardenal Karl Lehmann, obispo de Maguncia, desnuda en un libro-entrevista, que acaba de ser publicado en Italia con el título «Ha llegado la hora de pensar en Dios» («È tempo di pensare a Dio», editorial Queriniana), su pensamiento teológico.



En sus respuestas al periodista Jürgen Hoeren, el recién creado purpurado afronta cuestiones espinosas: desde la relación entre la Iglesia y la cultura contemporánea hasta la cuestión candente en Alemania del ministerio de los sacerdotes y el papel de los laicos, hasta los nudos del ecumenismo.

El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana desde hace quince años deja entrever en sus respuestas su trasfondo filosófico y teológico, ligado decisivamente a los años en los que fue asistente del teólogo Karl Rahner.

Pero la parte más interesante es quizá las más inesperada: el apartado en el que el cardenal se detiene en la cuestión de Dios, a la que alude con la frase de Andrei Sinjavski citada en el libro: «Sobre los hombres ya se ha hablado bastante. Es tiempo de pensar en Dios».

El cardenal recuerda un episodio que le contó un rabino. A su escuela de religión llegó de Rusia un joven judío que, mientras él daba clases, le preguntó a quemarropa: «¿Pero, de qué Dios hablas? Ese Dios está muerto». Es lo que le quedaba de la enseñanza atea recibida. «¿O tienes otro?», añadió.

«Creo que esta segunda pregunta --comenta el cardenal Lehmann-- es de gran alcance y muy profunda. El ateísmo y el distanciamiento de la fe en Dios hacen mucho más necesaria una continua purificación de nuestra imagen de Dios, purificación que es además exigida por la Biblia. Tenemos que preguntarnos continuamente: ¿Qué Dios predicamos? Lamentablemente cuando yo era niño, de los seis a los nueve años, vi continuamente escrito en las hebillas de los cinturones de los soldados estas palabras: "Dios está con nosotros". Creo, sin embargo, que los hombres hoy sabemos muy bien que tenemos que distinguir continuamente a Dios de los dioses y de los ídolos».

«Y sin embargo cuando a menudo hacemos de Dios el garante del cumplimento de nuestras esperanzas, luego quedamos terriblemente decepcionados si las cosas van de manera diversa a lo que queríamos --añade--. A ello se añade el hecho de que no recorremos suficientemente el camino de la experiencia de Dios que hizo Jesús. Según la tradición de nuestra fe, pasamos continuamente a través de la noche, el desierto, la aridez. Una vez, en coherencia con esta experiencia espiritual, me vino la idea de escribir la tesis para la licencia de enseñanza sobre "el Dios escondido". Y trabajé, todo un año antes de que me llamaran, en 1968, a Maguncia...».

«¿Dios ha seguido escondido para usted?», pregunta Jürgen Hoeren. «No diría tanto --responde el cardenal--, preferiría hablar de este modo: tengo que actuar constantemente a tientas hacia él. Las dos cosas, buscar a Dios y encontrar a Dios, son para mí imprescindibles. Tanto la Biblia como los grandes buscadores de Dios, Agustín o Pascal, me confirman que las dos cosas están conectadas estrechamente mucho más de lo que se piensa normalmente. Luego, cuando lo encuentro, me siento satisfecho y lleno de felicidad de modo completamente diverso...».

Martin Buber, el gran filósofo y teólogo judío, dice también que ninguna palabra, ningún concepto ha sido tan pisoteado, vaciado y humillado como el concepto de Dios. Lehmann responde: «Conozco este pasaje de "El eclipse de Dios", según el cual la palabra de Dios es la más pisoteada de todas las palabras humanas y hay que levantarla de la tierra para hacerla brillar de nuevo. Pero sólo si se es también consciente del modo en que se ha abusado. Por esto el lenguaje de la mística, donde a la palabra se la hace callar y reina la verdadera calidad del silencio es para mí importante».

El cardenal concluye el libro con una apuesta: «Más que nunca, ha llegado la hora de pensar en Dios».

«Creo que en el futuro próximo debemos relegar muchas cosas a un segundo o tercer plano y hacer un esfuerzo único y radical por mostrar de manera convincente a los otros hombres quién es Dios en nuestra vida y que él vive también en nosotros. El nos arranca siempre de nosotros mismos. Estamos siempre en camino con El, en una fase de éxodo. Creo que sólo esto logrará convencer también a los demás».