Cardenal Puljic de Sarajevo: Ante la división actual, diálogo

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CIUDAD DEL VATICANO, 10 octubre 2001 (ZENIT.org).- Publicamos el resumen oficial distribuido por el Sínodo de los obispos de la intervención de la intervención ante la asamblea del cardenal Vinko Puljic, arzobispo de Sarajevo y presidente de la Conferencia Episcopal de Bosnia-Herzegovina.



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El hombre de hoy siente una necesidad urgente de esperanza. Lo ponen en evidencia los trágicos acontecimientos del siglo que hemos pasado, como también las diversas amenazas, sobre todo las de la intolerancia y de indiferencia, que se alzan en los horizontes de este nuevo siglo apenas iniciado. Los problemas que agobian a la humanidad de hoy son múltiples y de difícil solución. La respuesta concreta de la Iglesia a tales problemas es el valiente y perseverante anuncio del Evangelio de Cristo y de su mensaje de perdón, de reconciliación y de paz; de su mensaje de esperanza para cada persona y para todos los pueblos.

El testigo privilegiado de dicho mensaje es el obispo, hombre que en cualidad de heredero auténtico de los Apóstoles se ha puesto al servicio del Evangelio; hombre que se ha hecho maestro y pastor de los hermanos, disponible al diálogo constante y a coloquios de confianza, contento de la propia vocación.

En lo que concierne a la Iglesia en Bosnia-Herzegovina, sus pastores se comprometen siempre con sus sacerdotes, consagrados y fieles laicos para hacer que su testimonio se convierta en levadura de la sociedad y esté en grado de transmitir la luz del Evangelio en las realidades económicas, sociales y políticas de su país. Mientras la mayor parte de los consagrados que obran en el territorio de las circunscripciones eclesiásticas locales permanecen fieles al carisma de su Instituto y se comprometen sin reservas en la promoción de la obra apostólica, del bien de la Iglesia y de la sociedad civil, algunos miembros de la Orden de los Hermanos Menores Franciscanos, o aquellos que fueron expulsados, intentan, desgraciadamente, imponer el proprio punto de vista a cada diócesis, sustituyendo los carismas auténticos con los pseudocarismas, una amenaza seria para la Iglesia y para su unidad organizativa y doctrinal. Baste recordar los tristes eventos que el verano pasado han visto como protagonistas a algunos miembros de la susodicha Orden y a un obispo autoproclamado: un diácono veterocatólico expulsado de su comunidad o un sistemática desobediencia de los mismos religiosos, desde hace años en la diócesis de Mostar-Duvno.

Con dolor se puede constatar que el mundo de hoy está dividido. Dicha división concierne varios sectores y tiene diversos orígenes. Hay, desafortunadamente, también las divisiones dentro de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo y sacramento universal de salvación. Crece la conciencia que la división ofusca la mirada hacia el futuro.

Superar las divisiones existentes en la Iglesia y en el mundo actual ofrecerá una carga especial de esperanza a la humanidad de nuestro tiempo. La Iglesia no puede permanecer dividida pues está llamada a ser una, santa, católica y apostólica; está llamada a ser comunión y a permanecer unida tanto a nivel local como a nivel universal, siempre con el Sucesor de Pedro a la cabeza. Gracias al Evangelio, la Iglesia se presenta al mundo como una fuerza vital capaz de hacerlo más unido. Así, el diálogo ecuménico recobra un nuevo vigor. Lo mismo vale para el diálogo interreligioso.
Europa no puede permanecer dividida entre Europa oriental y Europa occidental. El mundo no puede permanecer dividido entre Norte y Sur, entre países ricos y desarrollados y países pobres y menos desarrollados. Las naciones no pueden continuar a estar divididas en naciones civiles y en naciones no consideradas civiles.

La respuesta a la división del mundo actual es el diálogo sincero entre las naciones y los pueblos. Cualquiera que sea el tema o el motivo del diálogo, las dos partes están siempre implicadas. No hay diálogo si la otra parte no participa activamente.

Una notable contribución al compromiso para superar las divisiones existentes podrían darlo, de forma especial, los medios de comunicación social, los cuales están en grado de ser también medios privilegiados para el anuncio del Evangelio. Todos los que operan con estos medios y todos cuantos los dirigen tienen una gran responsabilidad.
[Texto original: italiano]