Cardenal Schönborn: El cristianismo, una llamada a la felicidad

Intervención ante el «Meeting de Rímini»

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RÍMINI, 28 agosto 2003 (ZENIT.org).- Para el cardenal Christoph Schönborn cristianismo y felicidad deberían ser sinónimos, por lo que invita a redescubrir la grandeza de las pequeñas felicidades.



«Hemos sido creados para ser felices»: la evidencia de esta frase, oída en plena adolescencia de boca del párroco de su comunidad, unida al testimonio de vida de éste, convenció al futuro arzobispo de Viena de la certeza de su vocación.

Con esta nota autobiográfica, el purpurado comenzó su reflexión ante más de 2.000 personas sobre el tema «Vocación cristiana: llamada a la felicidad» en el Meeting por la amistad entre los pueblos que organiza el movimiento Comunión y Liberación estos días en Rímini (Italia).

«El deseo de felicidad nos lo da el Creador y está escrito en el corazón de cada hombre --explicó el purpurado--. Este representa una meta a la que el Creador nos ha destinado».

El arzobispo de Viena advirtió que para muchos «la búsqueda de la felicidad es engañosa y se manifiesta en formas como la droga, la fama, el éxito o el sexo». «Todas son acciones que pueden procurar placer y satisfacción momentánea, pero no garantizan la felicidad», reconoció.

Explicando la grandeza de las pequeñas felicidades, el cardenal Schönborn afirmó que «la pequeña felicidad --los pequeños gestos que llevan un poco de luz a la vida cotidiana-- es la vía de acercamiento a la gran felicidad». «Una depende de la otra, pertenecen la una a la otra», constató.

Sin embargo, las pequeñas felicidades han sido injustamente condenadas por ideólogos y filósofos. «Este desprecio por las pequeñas felicidades es en realidad profundamente inhumano y encuentra trágicas aplicaciones en la historia allí donde el poder político se arroga la tarea de crear las grandes felicidades sobre la Tierra», subrayó.

De hecho, alertó de que «quien es incapaz de gozar de las pequeñas alegrías, recordadas incluso en el libro bíblico del Qohélet (Eclesiastés), no advertirá tampoco las grandes felicidades».

«La verdadera búsqueda de la felicidad en sentido cristiano se traduce en el magisterio de la Iglesia católica en temas como la paz, la defensa de la vida, el respeto de los derechos humanos», temas resumidos en la tutela del bien común, como se expresa en la «Gaudium et Spes», sin la cual, «no hay espacio para la vida feliz», subrayó el prelado.

«Las pequeñas felicidades, de las que a menudo nos percatamos sólo cuando faltan --prosiguió--, están alimentadas por una fuente, por una promesa de bien, justicia y verdad a la que Sócrates se aproximó y que el acontecimiento cristiano revela completamente al hombre».

La pequeña y la gran felicidad --prosiguió el arzobispo de Viena-- tienen sus raíces en el don de sí. De hecho, «la clave de la felicidad está en donarse para el bien».

Al respecto, el purpurado citó el ejemplo de San Pío de Pietrelcina, de Santa Teresa del Niño Jesús y del propio Juan Pablo II. El padre Pío «ciertamente hizo felices a muchas personas: las liberó del pecado, cargó sobre sí sus culpas y las impulsó a la conversión». «El padre Pío era un hombre lleno de dolores, pero no era infeliz», constató.

Por su parte, Teresa de Lisieux, de salud quebradiza y «reina de las lágrimas», es el ejemplo del «don de sí por una meta»: «mostró el camino a seguir: olvidarse de uno mismo para agradar a Dios», añadió el cardenal Schönborn.

«Y Juan Pablo II --recordó-- ha recalcado que “el hombre no puede encontrarse plenamente si no es a través del don de sí”. En ningún ámbito de la vida el Santo Padre puede ser descrito como un hombre infeliz, aún cuando conocemos lo que sufre».

Además de desvelar que «el don sincero de sí» encuentra su supremo cumplimiento en el don de Cristo en la Cruz, el prelado confirmó que la gran felicidad abre la puerta a las pequeñas felicidades, y que éstas, a su vez, si son bien interpretadas, permiten intuir la grande.

Igualmente recordó que puesto que las pequeñas felicidades son imposibles en una sociedad dominada por el ansia de posesión o por la corrupción, es necesario trabajar por el respeto de la persona, la familia, el no nacido, la justicia social y la paz. Mientras que para la gran felicidad hay que pasar por la puerta del perdón y la misericordia.

El cardenal Schönborn finalmente afirmó que el perdón se plantea como condición necesaria para una convivencia feliz, pero que es concebible sólo en la perspectiva de un amor desmesurado como es el de la misericordia divina.