Cardenal Schönborn: La Síndone nos habla del silencio del Sábado Santo

Meditación del arzobispo de Viena en la catedral de Turín

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TURÍN, martes 13 de abril de 2010 (ZENIT.org).- “Hoy en la tierra hay gran silencio, gran silencio y soledad”: con una cita de la homilía para “el gran y santo Sábado, atribuida a Epifanio de Salamina, que se lee en el oficio de las lecturas del Sábado Santo” comenzó la meditación del cardenal Christoph Schönborn este lunes en el Duomo de Turín.

La meditación del arzobispo de Viena tuvo lugar con motivo de la ostensión de la Sábana Santa 2010 y se titulaba “Passio Christi – Passio hominis. El misterio del Sábado Santo”.

“Esta homilía -afirmó el cardenal- habla de un contenido de fe que confesamos en la frase del Credo: ...descendió a los infiernos (discendit ad inferos)”.

Para la redención del hombre era necesario “también que Jesucristo “ensayase” la muerte, que experimentase de verdad el estado de muerte, como vemos de manera tan impactante en la Síndone”.

“No resulta fácil hoy -comentó el arzobispo de Viena- comprender este artículo de fe. La verdad de fe nos es formulada en conceptos procedentes de un imaginario que nos es extraño”.

“La idea de un 'reino de la muerte', de un 'mundo inferior' al mundo en que vivimos, de un 'infierno' que contiene las almas de los muertos, parece totalmente lejana a nuestra moderna conciencia racional”, continuó.

“¿No sería por tanto mejor renunciar a ella?”, preguntó a los numerosos presentes el mismo cardenal.

Pero “la Iglesia desde los tiempos más antiguos ha tenido firme esta confesión -destacó-: ¿no debe ser esto, para nosotros, un estímulo para esforzarnos por entender, precisamente cuando la cuestión aparece como difícil y oscura?”.

“Precisamente considerando los acontecimientos del siglo XX, ocuparse del Sábado Santo, del día en que Dios calla, parece hoy más actual que nunca”, afirmó.

“Reino de la muerte”, “mundo inferior” e “infierno”, explicó el purpurado, “no indican el lugar de la condena eterna, sino la morada de los muertos, llamada en hebreo Sheol, en griego Hades (Hch. 2,31). Es el lugar donde las almas de los difuntos se encuentran presas tras la muerte”.

“Los testimonios bíblicos -prosiguió el cardenal Schönborn, citando a Juan Pablo II- confirman el descenso de Cristo a los muertos como una verdadera experiencia de muerte, como la expresión de más profunda solidaridad con los hombres”.

“Durante esos tres días, desde su muerte hasta la resurrección, Jesús experimentó 'el estado de muerte', es decir, la separación del alma del cuerpo, en el estado y condición de todos los hombres”.

Por otra parte, “el mismo Jesús lo había predicho, comparando su propio camino con la historia del profeta Jonás: 'Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches' (Mt 12,40)”.

“Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, la filósofa y carmelita asesinada en Auschwitz – recordó el arzobispo de Viena-, describió esta escena a modo de visión, en una pequeña obra de teatro titulada Diálogo nocturno”.

“Lo escribió en junio de 1941 para la onomástica de su priora, la Madre Antonia en el Espíritu Santo, en el convento holandés de Echt”, explicó.

La meditación del cardenal en el duomo de Turín, que estuvo intercalada por intervalos musicales, dejó después espacio a la cita de diversos versos compuestos por Stein.

“El silencio del Sábado Santo, del que la Síndone nos habla de una manera tan imponente -citó el cardenal-, es la actitud de espera de toda la tierra. Recuerda el silencio que precede a la creación del mundo (Gn 1,2), cuando todo espera que Dios actúe con poder”.

“Y es también así como Cristo vino al mundo y su obra terrena, la vida entre los hombres y la muerte por el pecado, se cumplió”, continuó.

“Él se insertó en la genealogía del género humano pecador, para redimir a todos, hasta a Adán, el progenitor de todos los hombres”.

“Ahora, el Sábado Santo, en la muerte, se hace solidario también con los muertos, él va como triunfante al mundo de los infiernos, para llamar a fuera a todos los que la muerte tiene todavía presos”.

Después, el arzobispo de Viena recordó la visión del teólogo Hans Urs von Balthasar que “pone en evidencia un aspecto que en los Padres fue poco desarrollado”.

“El Sábado Santo, la muerte de Cristo no lleva en sí misma, en un primer momento, ningún triunfalismo”, continuó.

“Una mirada a la Síndone nos lo confirma, lo experimentamos en la liturgia del Sábado Santo que es extremadamente simple, sin ninguna celebración eucarística”.

Esta visión recuerda que “la muerte de Cristo deja en un primer momento a sus discípulos y a toda la Iglesia en la consternación, la aflicción y el miedo”.

“El creyente es invitado al silencio, al recogimiento y a la adoración -prosiguió-. La salvación que se realiza en el descenso a los infiernos en el Sábado Santo todavía está oculta, la muerte tiene todavía su poder, que después le será arrebatado”.

Por un lado está “el descenso de Jesucristo, su solidaridad con nosotros hasta la prueba de la más profunda amargura de la muerte”, constató.

Pero por otro, añadió, “la gloria; Jesucristo está muerto verdaderamente, pero en esta muerte él es ya el Bienaventurado que llama a la bienaventurada comunión a todos los justos que han muerto con él”.

“Dios desciende para arrancar a los hombres de la muerte y conducirlos a lo alto”, afirmó.

“Descenso a los infiernos -prosiguió el arzobispo, citando las Meditaciones sobre la Semana Santa escritas por el entonces cardenal Ratzinger- significa que Cristo ha cruzado la puerta de la soledad, que ha descendido hasta el fondo insuperable, inalcanzable de nuestro ser abandonado”.

Significa, añadió el cardenal Schönborn, que “también en la última noche en la que no penetra ninguna palabra, en la que todos nosotros somos como niños que lloran, abandonados, hay una voz que nos llama, hay una mano que nos toma y que nos guía”.

Y concluyó: “La soledad insuperable de la persona está superada desde que Él ha entrado en ella”.