Cardenal Stafford: «Los Beatles no lloraron por mí»

El secreto del éxito de las Jornadas Mundiales de la Juventud

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ROMA, 16 mar 2001 (ZENIT.org).- «Los Beatles no lloraron por mí». Con estas palabras, el cardenal Francis James Stafford hizo un balance de las Jornadas Mundiales de la Juventud que en agosto pasado congregaron a más de dos millones de jóvenes en la Ciudad Eterna.



El presidente del Consejo Pontificio para los Laicos con esta expresión intervino en un congreso celebrado hoy en Roma en el que recordó una experiencia que vivió con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud presididas por el Papa en Denver, en 1993, cuando Stafford era arzobispo de aquella ciudad.

El presidente del Consejo Pontificio para los Laicos ponía de este modo punto final al congreso «La Iglesia joven con los jóvenes. Balance y perspectivas de las Jornadas Mundiales de la Juventud», organizado por el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma en colaboración con la Oficina Nacional para la Pastoral Juvenil de la Conferencia Episcopal Italiana.

La primera imagen de Juan Pablo II que apareció en la pantalla gigante durante la vigilia de oración en el Cherry State Park, en Denver, recordó el cardenal estadounidense, estuvo dominada por la conmoción del pontífice al ver a cientos de miles de jóvenes reunidos. Janine Langan, una profesora de la Universidad de Toronto, que acompañaba a los jóvenes canadienses, describió así la escena: El papa estaba de pie, las lágrimas resbalaban sobre su rostro, ofreciendo silenciosamente su persona y las nuestras a Aquél que puede responder a nuestras expectativas. Mientras los jóvenes cantaban: «JP II we love you».

El Congreso de un día de duración, en el que participó el presidente del Consejo Pontificio para los Laicos se convirtió en un auténtico acontecimiento para la Iglesia en Italia. De hecho, todas las intervenciones fueron transmitidas en directo por Internet en la página web http://www.ateneo.org

«Y, sin embargo --continuó diciendo el cardenal Stafford al recordar aquellas Jornadas Mundiales de la Juventud--, muchos norteamericanos habían venido a Denver con el corazón disponible, aunque algo desconfiado. Había mucho escepticismo. Sinceramente el anuncio de la Jornada Mundial que debía celebrarse en Denver no desencadenó entusiasmo en nuestra diócesis. Los obispos se mostraban reticentes a la hora de promoverla. La escuelas católicas no abrían de par en par las puertas a los voluntarios que ofrecían información: veían con sospechas esta reunión con el Papa, pues la consideraban como un ataque más al Concilio Vaticano II, una prueba más del regreso a los métodos paternales, un desafío más a su ministerio laical. Quien tratara de promover Denver era visto como el embajador poco recomendable de una secta».

Algo parecido, constató hoy el purpurado, ha sucedido en el resto de las Jornadas Mundiales de la Juventud. «¿Qué es lo que alteró este escepticismo», preguntó con algo de provocación. «La Jornada Mundial de la Juventud abre a los jóvenes los sentimientos más profundos del "humanum" que, en una época de tecnología avanzada, con frecuencia quedan obnubilados», fue su respuesta.

«Los participantes realizan una especie de viaje de regreso a los manantiales de la vida cristiana, viviendo así --en el ámbito de una comunidad de discípulos-- un itinerario de amor y de amistad, de oración y contemplación. Muchos experimentan por primera vez la sabiduría del humanismo cristiano».

El secreto de estas Jornadas, que en dos ocasiones han batido el récord de la historia en número de participación de personas (en Manila, enero de 1995, fueron unos seis millones; y en Roma, agosto 2000, se superaron los dos millones), según el cardenal, está en que el Papa reúne juntos a estos chicos y chicas que «caminan y rezan juntos».

«Sudan juntos y juntos reciben agua y lo necesario para refrescarse a lo largo del camino. Sienten hambre... Al final se reúnen en torno a una guitarra y cantan canciones tradicionales o himnos religiosos». Y en medio de esta atmósfera única, el Papa les exhorta a «tener la valentía de creer en la buena nueva sobre la vida que Jesús enseña en el Evangelio».