Carta del Papa ante el envejecimiento de la población mundial

Los ancianos no son un peso, sino un recurso; afirma

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CIUDAD DEL VATICANO, 10 abril 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha escrito una carta para invitar a la comunidad internacional a tomar medidas capaces de afrontar el envejecimiento de la población mundial, «uno de los fenómenos más relevantes del siglo XXI».



La misiva del Santo Padre, dirigida a los participantes en la II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento, que se celebra del 8 al 12 de abril en Madrid, comienza expresando su cercanía a los ancianos, «no sólo por solicitud pastoral, sino también por compartir personalmente su condición».

La carta, escrita en castellano y publicada este miércoles por la Sala de Prensa de la Santa Sede, plantea una pregunta fundamental: «¿Cómo garantizar la duración de una sociedad que está envejeciendo, consolidando la seguridad social de las personas ancianas y su calidad de vida?»

«Para responder a esta cuestión es necesario no dejarse guiar principalmente por criterios económicos, sino inspirarse más bien en sólidos principios morales», afirma el Papa que cumplirá 82 años el 18 de mayo.

Ante todo, explica que todo proyecto debe considerar «al anciano en su dignidad de persona, dignidad que no merma con el pasar de los años y el deterioro de la salud física y psíquica».

«La experiencia dice que, cuando falta esta visión positiva, es fácil que se margine al anciano y se le relegue a una soledad comparable a una verdadera muerte social», denuncia.

El obispo de Roma exige que «para ser creíble y efectiva, la afirmación de la dignidad de la persona anciana está llamada a manifestarse en políticas orientadas a una distribución equitativa de los recursos, de modo que todos los ciudadanos, y también los ancianos, puedan beneficiarse de ellos».

Él mismo reconoce que se trata de una «tarea ardua» que «sólo es realizable aplicando el principio de solidaridad, del intercambio entre las generaciones, de ayuda recíproca».

«Los ancianos no deben ser considerados como un peso para la sociedad, sino como un recurso que puede contribuir a su bienestar», explica.

«Se trata no sólo de hacer algo por los ancianos, sino de aceptar también a estas personas como colaboradores responsables, con modalidades que lo hagan realmente posible, como agentes de proyectos compartidos, bien en fase de programación, de diálogo o de actuación».

El Santo Padre propone que estas políticas se complementen con programas formativos destinados a educar a las personas para la ancianidad durante toda su existencia, centrándose «no sólo en el hacer, sino, y sobre todo en el ser».

Este valor, explica, permite «apreciar la vida en todas sus fases y en la aceptación tanto de las posibilidades como de los limites que tiene la vida».

Con esta mentalidad, se puede comprender, concluye, que en los «momentos particulares de sufrimiento y dependencia, las personas ancianas no sólo necesitan ser atendidas con los medios que ofrecen la ciencia y la técnica, sino también acompañadas con competencia y amor para que no se sientan un peso inútil y, lo que es peor, lleguen a desear y solicitar la muerte».

En este objetivo, reconoce, «pueden tener un papel determinante el desarrollo de la medicina paliativa, la colaboración de los voluntarios, la implicación de las familias --que por ello han de ser ayudadas a afrontar su responsabilidad-- y la humanización de las instituciones sociales y sanitarias que acogen a los ancianos».