Carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia (I)

Por monseñor Vicente Jiménez, obispo de Santander (España)

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SANTANDER, lunes 11 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a nuestros lectores, en tres entregas, la carta pastoral sobre el sacramento de la penitencia que ha escrito el obispo de Santander (España), monseñor Vicente Jiménez Zamora, y en la que analiza el por qué de la crisis en la práctica de este sacramento.

La segunda parte se publicará en el servicio de mañana martes.

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EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Carta Pastoral ante  la Cuaresma

Dichoso el que está absuelto de su culpa” (Sal 31, 19

  

Introducción 

Queridos sacerdotes, diáconos, miembros de vida consagrada, seminaristas y fieles laicos:

Llamada a la conversión y a la penitencia

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone para la celebración de la Pascua, que es un tiempo de gozo, porque se nos ofrece la salvación plena en el misterio de la muerte redentora de Jesucristo y de su resurrección gloriosa.

La Cuaresma es tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno, la limosna (cfr. Mt 6, 1-6.16-18)[1].

“El periodo cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”[2].

En el itinerario de la Cuaresma ocupa un lugar importante la proclamación del Evangelio de la reconciliación, la llamada a la conversión y la celebración fructuosa del sacramento de la Penitencia. El camino cuaresmal se abre con el gesto significativo de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas y con las palabras con las que Jesús inauguró su predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Una prioridad pastoral

Consciente de que la penitencia y la reconciliación están en el corazón del Evangelio, de la misión de la Iglesia y de que una buena práctica del sacramento de la Penitencia es signo de renovación y vitalidad de nuestras vidas y de nuestras comunidades cristianas, escribo esta Carta Pastoral, orientada fundamentalmente a afirmar la fe y la práctica del sacramento de la Penitencia.

No pretendo exponer la doctrina íntegra sobre el sacramento de la Penitencia, sino proponer a todos los diocesanos, especialmente a los sacerdotes, algunas reflexiones doctrinales y orientaciones pastorales, que nos ayuden a redescubrir el valor y la belleza de este sacramento de la misericordia de Dios. Ojalá que juntos comprendamos, con la mente y el corazón, el misterio de este sacramento, en el que experimentamos la alegría del encuentro con Dios, que nos otorga su perdón mediante el sacerdote en la Iglesia, crea en nosotros un corazón y un espíritu nuevos, para que podamos vivir una existencia reconciliada con Dios, con nosotros mismos y con los demás, llegando a ser capaces de pedir perdón, perdonar y amar.

El Venerable Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, señalaba como una de las prioridades pastorales al comienzo del nuevo milenio, el sacramento de la Reconciliación.: “Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del sacramento de la Reconciliación […]¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor  - y los sacramentos son de los más preciosos -  vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia”[3].

1. Situación del sacramento de la Penitencia

Todos somos conscientes de la larga y grave crisis que sufre el sacramento de la Penitencia.

Como síntoma de esta crisis, constatamos, en general, una disminución cuantitativa de la celebración de este sacramento: cada día es más escasa tanto entre los fieles laicos practicantes y comprometidos en nuestras parroquias como, incluso, entre los sacerdotes, religiosos y religiosas. Muchos jóvenes no lo celebran casi nunca. Son muchos los católicos que comulgan, pero no se confiesan. Y los que se confiesan parece que no tienen de qué acusarse.

Es verdad que hay aspectos positivos que, sin duda, se están dando entre nosotros: la dedicación de bastantes sacerdotes al ministerio de la reconciliación, los frutos de renovación de la aplicación fiel del Ritual renovado después del Concilio Vaticano II; el redescubrimiento pastoral y existencial por parte de fieles y sacerdotes; los frutos de renovación cristiana que se están dando en quienes celebran frecuentemente este sacramento, etc. Pero hemos de ser realistas y no ocultar una crisis  por grave que ésta sea.

La crisis es una “prueba” y una “llamada” a purificar maneras y comportamientos que desdibujan su realidad y perjudican su celebración; una llamada al crecimiento de la vida teologal en el seno de nuestras comunidades, sin el cual no hay posibilidad de una renovación y revitalización de la práctica sacramental.

El Papa Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, señalaba la pérdida del sentido del pecado como una de las causas principales de la crisis del sacramento de la Penitencia. Esta pérdida del sentido del pecado ha sido provocada, entre otras causas, por el trasfondo de la cultura moderna (fermentos de ateísmo, secularismo, ciertos equívocos de las ciencias humanas y ética del relativismo) y por algunas tendencias en la doctrina y en la vida de la Iglesia (confusionismo en la exposición de cuestiones graves de la moral cristiana y defectos y abusos en la práctica de la Penitencia sacramental)[4].

2. El don de la Reconciliación

Uno de los caminos para superar la actual crisis de la Penitencia es la exposición positiva del misterio de la reconciliación. 

Dios, Padre Santo, que hizo todas las cosas con sabiduría y amor, y admirablemente creó al hombre, cuando éste por desobediencia perdió su amistad, no lo abandonó al poder de la muerte, sino que compadecido, tendió la mano a todos para que le encuentre el que le busca[5].

La Sagrada Biblia nos muestra a un Dios compasivo y misericordioso. El salmo 102 es una bella meditación sapiencial de la bendición de Dios, que perdona a su pueblo y protege a sus fieles desde el cielo. Esta bendición de Dios es retomada con mayor profundidad en el himno del comienzo de la carta de San Pablo a los Efesios (cfr. Ef 1, 1-14).

El sacramento de la Penitencia es un encuentro personal con el Dios de la misericordia, que se nos da en Cristo Jesús y que se nos transmite mediante el ministerio de la Iglesia. En este sacramento, signo eficaz de la gracia, se nos ofrece el rostro de un Dios, que conoce nuestra condición humana sujeta a la fragilidad y al  pecado, y se hace cercano con su tierno amor.

Así aparece en numerosos encuentros salvadores de la vida de Jesús: desde el encuentro con la samaritana (cfr Jn 4, 1-42) a la curación del paralítico (cfr. Jn 5, 1- 18); desde el perdón de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 1-11) a las lágrimas ante al muerte del amigo Lázaro (cfr. Jn 11, 1- 44). Pero, sobre todo, se muestra la misericordia de Dios en las conocidas parábolas de la misericordia, que recoge el Evangelio de San Lucas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo (cfr. Lc 15, 1- 31).

Todos y cada uno de nosotros tenemos necesidad de Dios, que se acerca a nuestra propia debilidad, que se hace presente en nuestra enfermedad, que, como buen Samaritano, cura nuestras heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cfr. Lc 10, 25-36).

Aunque deseemos sinceramente hacer el bien, la fragilidad humana nos hace caer en la tentación y en el pecado. Esta situación dramática la describe con todo realismo San Pablo: “Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo” (Rom 7, 18-20). Es la lucha interior de la que nace la exclamación y la pregunta: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! (Rom 7, 24). 

A esta pregunta responde de manera clara el sacramento de la Penitencia, que viene en ayuda de nuestro pecado y debilidad, alcanzándonos con la fuerza salvadora de la gracia de Dios y transformando nuestro corazón y los comportamientos de nuestra vida.

Por designio de Dios, la Iglesia continúa la labor de curación de los hombres de todos los tiempos. “Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vino nuestras heridas  -en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos – y nos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lo necesario para costear los cuidados”[6].

Cristo encomendó a su Iglesia el cuidado de sus hijos. Por ello, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cristo, médico del alma y del cuerpo, instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de los enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana, puede debilitarse y perderse para siempre a causa del pecado. Por ello, Cristo ha querido que la Iglesia continuase su obra de curación y de salvación mediante estos dos sacramentos”[7].

[1] Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia, 124.

[2] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma del año 2011, 3.

[3]  Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 37.

[4] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 18.

[5] Cfr. Plegaria Eucarística IV.

[6] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, 242.

[7]  Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 295.