Celebrados los cincuenta años de la Basílica dedicada a santa Teresita del Niño Jesús

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LISIEUX, lunes, 12 julio 2004 (ZENIT.org).- Con una solemne ceremonia se celebraron este domingo los cincuenta años de la consagración de la Basílica de Lisieux, dedicada a santa Teresita del Niño Jesús (1873- 1897) patrona mundial de las misiones y doctora de la Iglesia.



En el acontecimiento en la localidad normanda participó el enviado especial de Juan Pablo II el cardenal Franciszek Macharski, arzobispo de Cracovia.

De la construcción de una basílica se comenzó a hablar desde la canonización de la santa, que tuvo lugar en Roma en tiempos de Pío XI el 17 de mayo de 1925.

En octubre de 1928 se comenzaron las obras de construcción con el apoyo de ese mismo Papa, que firmó el proyecto del arquitecto Louis Cordonnier. El 11 de julio de 1954 se consagró el templo.

Monseñor Bernard Lagoutte, rector del templo, confiesa en declaraciones a «Radio Vaticano» que para él la basílica es «un testimonio de fe. No sólo de la fe de hace cincuenta años sino de la fe de hoy, pues viene mucha gente a la basílica. Se calculta que recibe unos ochocientos mil visitantes al año».

«Para nosotros es un lugar de grandes encuentros y en ocasiones nos vemos obligados a utilizar pantallas gigantes u otras salas o a salir al aire libre, pues la basílica, a pesar de sus cuatro mil puestos, no es suficientemente grande», aclara.

«Al mismo tiempo tiene un valor de memoria arquitectónica de la época, pues la basílica es el edificio religioso más grande construido en Europa en el siglo XX», revela.

Se da una especie de paradoja entre esta inmensa basílica y la humildad de Teresita, como ha constado «Radio Vaticano».

«Es verdad --reconoce monseñor Lagoutte--, esta es la primera pregunta que surge espontáneamente. Pero la basílica no es un monumento al prestigio: es un "magnificat" de los pequeños y de los humildes. Fueron ellos, los pequeños, quienes construyeron la basílica, perronas que han obtenido ayuda en un momento difícil de Teresa, por ejemplo el apoyo en la agonía en la muerte de un ser querido. Hablo con conocimiento de causa, basándome en cartas que sigo recibiendo diariamente».