Chiara Lubich al Congreso «Comunicación y relación en la medicina»

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ROMA, viernes, 16 febrero 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha enviado Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, al Congreso «Comunicación y relación en la medicina» que se celebra del 16 al 17 de febrero en el Auditorium Policlínico A. Gemelli de la Universidad Católica de Roma.




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Me es grato dirigir un saludo y un auspicio a cuantos están reunidos en este Congreso para profundizar en el tema de la «Comunicación y relación en la medicina».

Permítanme ofrecerles un pensamiento espiritual referente a este tema.

Lo que puedo decirles no nace, ciertamente, de conocimiento médicos, sino de la experiencia de más de 60 años, durante la cual, bajo la acción de un don especial de Dios reconocido como «carisma de la unidad», he visto componerse una comunidad de personas de las más diversas proveniencias, que, de alguna manera, han constituido un pequeño «pueblo» que vive entre todos los pueblos de la tierra.

Su característica es haber hecho del amor recíproco la ley fundamental de la propia vida, testimoniando así que es posible establecer interrelaciones que encuentran su máxima expresión en la reciprocidad.

Cada ser humano siente la necesidad de ser amado y de derramar sobre los demás el amor recibido. De hecho, hemos sido creados como un don los unos hacia los otros, y realizamos nuestro ser comprometiéndonos a amar a cada hombre sin esperar su respuesta.

Y cuando este amor es vivido por dos o más personas, se convierte en amor recíproco, es decir, un amor capaz de hacer superar cualquier dificultad, cualquier obstáculo; un amor que hace ver al otro como si fuera yo mismo, para comprenderlo profundamente y ayudarlo en lo concreto; un amor capaz de hacernos descubrir hermanos los unos de los otros, y que por lo tanto tiende al bien de la familia humana.

En una palabra: un amor que genera fraternidad y pone en marcha una proceso de renovación en todos los ámbitos de la sociedad.

Nuestra experiencia nos dice que estas relaciones fraternas vividas en lo cotidiano de la vida personal, familiar y profesional, pueden liberar recursos inesperados. Nacen vínculos nuevos, llenos de significado, que suscitan las iniciativas más diversas en beneficio del individuo y de la comunidad.

Y esto vale también para el delicado mundo de la medicina.

El trabajo en este ámbito da la posibilidad de amar al prójimo con una medida de caridad creciente que se dirige a todos; una caridad que no es solo sentimentalismo sino acción concreta, siempre atenta a las necesidades del momento; una caridad capaz de instaurar un diálogo profundo con todos, y que si es vivida por un grupo genera comunión, unidad.


Pero ¿cómo generar la comunión en un mundo dominado muchas veces por la dificultad de las relaciones, por la lógica del conflicto?

¿Cómo realizar la unidad, haciéndola efectiva en lo cotidiano?

Podremos hacerlo viviendo ese mandamiento de Jesús que él mismo definió «suyo» y «nuevo»: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn.13,14;15,12)

Es precisamente este amor recíproco, vivido con la medida del amor de Jesús por nosotros, que llegó hasta el abandono y la muerte en la cruz, que nos garantiza la unidad.

Su abandono fue el vértice de su pasión, la culminación de sus dolores, el drama de un Dios que se siente abandonado por Dios. Allí experimenta la separación más abismal que se pueda pensar: experimenta, de alguna manera, la división del Padre con el cual es y sigue siendo una cosa sola.

Pero es justamente gritando en la cruz «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27,46; Mc. 15,34 ) y entregándose en las manos del Padre con un acto supremo de amor, que él se hace «medicina» de todos los dolores del alma y alivio de cada dolor del cuerpo. Allí él dona a los hombres la unidad con Dios y entre ellos, convirtiéndose en el modelo de quien supera toda desunidad.

Y por eso, siguiéndolo, logramos superar las dificultades y construir relaciones de reciprocidad, de unidad.

Deseo a cada uno de los presentes que sean hombres y mujeres capaces de hacer nacer y crecer una medicina según el corazón de Dios, y que este Congreso los estimule y los comprometa nuevamente a trabajar y construir relaciones verdaderas de fraternidad, de manera que el empeño cultural se vea sostenido por una auténtica experiencia de vida comunitaria.

[Traducción distribuida por la Oficina de Prensa del Congreso «Comunicación y relación en la medicina»]