Claves para dar un rostro humano a la globalización

Las propuestas de Juan Pablo II para vivir en la aldea global

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ROMA, 16 junio 2001 (ZENIT.org).- Las protestas de organizaciones que luchan contra la globalización, consideradas por los sociólogos como el primer gran movimiento de contestación del siglo XXI, plantean una pregunta clara: ¿es suficiente la protesta, con violencia o sin ella, para hacer que la nueva coyuntura sea más justa?



Al hacer una radiografía del movimiento antiglobalización (Cf. Semana Internacional, 9 de junio de 2001), concluíamos con una constatación del ex presidente de la Comisión Europea, el católico y socialista Jacques Delors, quien comentaba la acción de estos movimientos de protesta con estas palabras: «Rebelarse contra el actual desequilibrio internacional es sacrosanto. Pero rompiendo escaparates no se construye una alternativa. Es tiempo de propuestas».

Juan Pablo II, en los últimos años, ha dedicado tiempo y energías para aplicar las propuestas de la doctrina social cristiana a este nuevo fenómeno. Veamos cuáles son.

«Hecho humano» y «signo de nuestros tiempos»

Ante todo, es muy importante aclarar, como lo hace el Papa en sus discursos, que la globalización es un hecho humano. Por ello, «a priori --explica-- la globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente quiera que sea» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 27 de abril de 2001).

De hecho, la globalización no sólo tiene una dimensión económica, lo es también cultural y política. Un hecho que tiene sus causas en esos factores que han alterado lo que el filósofo Thomas Kuhn llamaba «paradigmas» y que son provocados fundamentalmente por cambios tecnológicos: en este caso, los nuevos medios de comunicación.

En este sentido, es importante distinguir entre globalización y neoliberalismo. Este sistema económico, basado en la libertad de iniciativa que, empujada por el deseo de lucro y regulada por la libre competencia, determina la producción y los precios, en ocasiones se convierte en auténtica en ideología y se mueve como pez en el agua en el contexto de la globalización. Ahora bien, no es la globalización.

La visión cristiana de la realidad, le da a Juan Pablo II un elemento más de análisis: si nos encontramos ante un fenómeno humano, esto quiere decir que se trata de un «signo de nuestros tiempos» (Cf. Mensaje a la XLIII Semana Social de los Católicos Italianos, 10 de noviembre de 1999), en el que hay que descubrir «los aspectos positivos» y evitar «los peligros» (Discurso a los participantes en el Congreso Universitario «UNIV 2001», 9 de abril de 2001).

Claves para dar un rostro humano a la globalización
Si la globalización es un «hecho humano», los principios que han de orientar la ética en tiempos de la aldea global hay que buscarlos, por tanto, en la misma persona y en los principios que regulan sus interrrelaciones sociales.

Juan Pablo II ofrece tres principios fundamentales sobre los que gira la doctrina social de la Iglesia.

Globalización de los derechos humanos
Para el obispo de Roma el primer principio que ha de regir la globalización «es el valor inalienable de la persona humana, fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social. El ser humano debe ser siempre un fin y nunca un medio, un sujeto y no un objeto, y tampoco un producto comercial» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 27 de abril de 2001).

La pregunta por el respeto de la dignidad humana, se podría expresar en términos muy concretos: ¿qué papel tienen los más débiles de la sociedad, sus discapacitados, sus ancianos, sus no nacidos?

Esta es la «cultura de la vida» que ha propuesto Juan Pablo II en sus casi 23 años de pontificado: «una exigencia particularmente apremiante en el momento actual, en que "la cultura de la muerte" se contrapone tan fuertemente a la "cultura de la vida" y con frecuencia parece que la supera» («Evangelium Vitae», n.87).

A la globalización de la economía, por tanto, le debe seguir una globalización de los auténticos derechos humanos.

Solidaridad, opción preferencial por los pobres
Del principio fundamental del respeto a la dignidad de la persona se deriva la necesidad de globalizar la solidaridad. El principio de solidaridad, tal y como lo enuncia la doctrina social cristiana constituye una apuesta por la opción preferencial por los pobres. Afirma que «los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular de la intervención de la autoridad pública» («Centesimus Annus», 10).

Juan Pablo II, al encontrarse con el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, el 7 de abril de 2000, constataba que «el aumento de la interdependencia en el mundo a dado a estos retos (guerras, persecuciones, desastres, epidemias) una dimensión global que requiere nuevas formas de pensamiento y nuevos tipos de cooperación internacional para hacerles frente de manera efectiva».

Se trata, de «entretejer de solidaridad las redes de las relaciones recíprocas entre lo económico, político y social, que los procesos de globalización en la actualidad tienden a aumentar» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2000).

A la globalización de la economía, Juan Pablo II responde con la globalización de la solidaridad. Esta ha sido también la conclusión a la que llegaron todos los sínodos de los obispos continentales que sirvieron para preparar el gran Jubileo del año 2000.

Subsidiariedad
La subsidiariedad es, quizás, el principio ético más revolucionario de la doctrina social cristiana para los tiempos de globalización.

El papa advierte: en esta aldea global «las unidades sociales más pequeñas --naciones, comunidades, grupos religiosos o étnicos, familias o personas-- no deben ser absorbidos anónimamente por una comunidad mayor, de modo que pierdan su identidad y se usurpen sus prerrogativas. Por el contrario hay que defender y apoyar la autonomía propia de cada clase y organización social, cada una en su esfera» (Discurso a la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales, 24 de febrero de 2000).
En este sentido, Juan Pablo II insiste en «el valor de las culturas humanas: La globalización no debe ser una nueva versión del colonialismo» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 27 de abril de 2001).

La integración que impulsa la globalización, según el pontífice, para que sea realmente útil al progreso de la dignidad y de los derechos del hombre, e inclusive para su propia consolidación y permanencia, no puede prescindir de la constante búsqueda de las «garantías sociales, legales y culturales... necesarias para que las personas y los grupos intermedios mantengan su centralidad» y para no «destruir las estructuras construidas con esmero, exigiendo la adopción de nuevos estilos de trabajo, de vida y de organización de las comunidades» (ibídem).

La importancia de este principio es tal y su desconocimiento tan grave que Juan Pablo II ha pedido «que la opinión pública adquiera conciencia de la importancia del principio de subsidiariedad para la supervivencia e una sociedad verdaderamente democrática» (Discurso a la Academia Pontificia para las Ciencias Sociales, 24 de febrero de 2000).

El compromiso del cristiano, la santidad
Con estos tres principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, que fundamentan otros tan importantes como la búsqueda del bien común, Juan Pablo II ha ofrecido elementos irrenunciables para dar un rostro humano a la globalización.

Ahora bien, esta empresa puede parecer desproporcionada. Las dimensiones planetarias de un mundo global parecen aplastarnos. Sin embargo, el Papa, presenta al cristiano una respuesta muy concreta: «Para promover una cultura global de esos absolutos morales que son los derechos de la persona, es necesario que cada cristiano comience por sí mismo, esforzándose por reflejar en cada uno de sus propios pensamientos y de sus propios actos la imagen de Cristo». Pues, como el mismo pontífice recuerda «El mundo se cambia con la santidad» (Discurso a los participantes en el Congreso Universitario «UNIV 2001», 9 de abril de 2001).