Cómo devolver la actividad misionera a su fuente originaria, según el cardenal Sepe

Comenta el mensaje de Benedicto XVI para el Domingo Mundial de las Misiones 2006

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ROMA, martes, 13 junio 2006 (ZENIT.org).- Tres maneras recuerda el cardenal Crescenzio Sepe (hasta hace pocos días prefecto del dicasterio misionero) para que la actividad misionera pueda volver continuamente a su motivación fundante: «la oración, la contemplación y la imitación de Cristo, las únicas que permiten al apóstol beber en el manantial originario que es Jesucristo».



En la edición del 4 de junio del diario de la Santa Sede «L’Ossevatore Romano», el purpurado comenta así el mensaje que, con el título «La caridad, alma de la misión», ha preparado Benedicto XVI para el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) 2006, que se celebrará el próximo 26 de octubre (Zenit, 2 junio 2006).

«Frente al intento de laicización de la misión», el mensaje papal «llama al pueblo de Dios a volver a la fuente de la misión: Dios-caridad», subraya el cardenal Sepe --recién nombrado arzobispo de Nápoles--.

El prelado italiano aborda la cuestión apuntada por numerosos teólogos sobre «la relación entre la salvación integral del hombre, ofrecida en Cristo, y la acción de liberación y promoción del hombre promovida por la Iglesia, con el fin de no reducir la salvación a una concepción "secularizada" o sólo "espiritualizada"».

Al respecto recalca que el Magisterio se expresa con claridad sosteniendo que «la proclamación del Evangelio es un mensaje de liberación en la línea mesiánica de Cristo» que «no circunscribe la propia misión sólo al campo religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre».

Pero sigue siendo fundamental el primado de su vocación espiritual que no le permite «sustituir el anuncio del Reino por la proclamación de la liberación humana», prosigue. Y ello porque, como afirma Benedicto XVI en su Encíclica «Deus Caritas Est», «sin el anuncio de la salvación en Jesucristo, su contribución es incompleta».

El purpurado indica que, mirando en general a las actividades de evangelización, uno se da cuenta de que «la tensión entre anuncio de Cristo y promoción humana, entre Reino de Dios y Reino del hombre (...), no se recompone siempre en una equilibrada síntesis cristiana».

«Las Iglesias locales y las fuerzas misioneras --advierte-- están preferentemente ocupadas y preocupadas en actividades de promoción humana, en todos sus aspectos».

De todas formas, el cardenal Sepe alude a la obra de las anteriores en defensa de los derechos fundamentales del hombre y de «concienciación» de las sociedades marcadas por situaciones de gran injusticia, afirmando que se trata de algo «justo y debido».

Pero «lo que está en cuestión --afirma-- no es el empeño apasionado en la promoción humana, sino su motivación profunda que debe ser realizada en el respeto del perfil específico del servicio solicitado por Cristo a sus discípulos».

Y es que «la caridad es siempre más que simple actividad –escribe citando las palabras del Papa--, es la caridad la que hace evangelizadora nuestra acción».

«La Iglesia, en su misión de evangelizar a los pobres, no puede sino seguir la vía de Cristo. Cualquier otra vía sería sólo un sucedáneo de la verdadera --puntualiza-- e, incluso si produjera frutos inmediatos, serían aparentes, no duraderos, y no idóneos para instaurar el Reino de amor y de paz en la humanidad».

Y lanza una invitación: «Las comunidades cristianas deben parecerse cada vez más a las comunidades-Iglesias del Nuevo Testamento, como las de Corinto, Éfeso, Tesalónica, formadas, como dice Pablo, por los elegidos de Dios».

Éstas aparecían como «minorías escuálidas, sin medios, mal vistas, despreciadas y perseguidas», pero de todos modos «detentadoras de un mensaje salvífico nuevo, que impregna y transforma mentalidades, valores y culturas», describe el cardenal Sepe.

Y así sucede «todavía hoy en las pequeñas Iglesias de periferia, que viven a menudo en las mismas situaciones de las comunidades-Iglesias apostólicas y, como éstas, a menudo son despreciadas y no raras veces perseguidas, hasta pagar con la sangre la coherencia y la fidelidad a Cristo», constata.

«Bebiendo de la fuente de la caridad, la misión se convierte en el alma de toda la acción de la Iglesia, que será misionera hasta el final de los tiempos», recalca, recordando que «lo que permanece insustituible en el servicio evangelizador de la caridad es la familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad».