Cómo mejorar la predicación sagrada

Columna del Padre Antonio Rivero LC

São Paulo, (Zenit.org) Antonio Rivero | 2521 hits

Después de haber analizado los diversos oyentes que tendremos, dediquemos unas líneas a la figura del predicador.

La figura del predicador

Ningún predicador puede predicarse a sí mismo, sino que tiene que dar testimonio de la Palabra de Dios, que se hizo hombre y habitó entre nosotros. La doble tarea del sacerdote según Orígenes será: “Aprender de Dios leyendo las Escrituras divinas y meditándolas muy a menudo y enseñar al pueblo. Pero que enseñe lo que ha aprendido de Dios, no de su propio corazón o en un sentido humano, sino lo que enseña el Espíritu” (In Num hom., 16, 9).

El predicador es servidor de la Palabra para que se realice el gran encuentro no sólo entre él mismo y los oyentes, sino, sobre todo, entre Dios y los oyentes a través de él. La predicación ha de ser un medio para que una comunidad, y cada uno de sus miembros en particular, vaya siendo “oyente de la palabra”. Tiene que hablar de esto afectado personalmente y no distanciando, indicando un camino y no sólo informando. No basta proporcionar frases correctas teológicamente. Entre una teología bien aprendida y una profunda convicción personal existe una gran diferencia.

Características del predicador

El predicador del mensaje cristiano es un enviado. Le fue encargado este ministerio, como aconteció con los profetas; no es una distinción sino una responsabilidad, de la que no podemos escapar, como quisieron algunos profetas1. Por eso debe ser un fiel administrador (cf 1 Cor 4, 2), porque no anuncia su propio mensaje, sino el de otro. En este caso, el de Dios y de la Iglesia. La misión permanece en nosotros pese a nuestra debilidad.

El predicador del mensaje cristiano es un testigo. Se exige del predicador no sólo la fidelidad externa al contenido del mensaje, sino también la entrega personal a la Palabra. No puede haber una contradicción entre su palabra y su vida. El predicador tiene que ser siempre testigo de su fe personal, si no quiere que su palabra sea al final una palabra vacía, no digna de crédito. El primer testimonio que se requiere del predicador es el de su lealtad absoluta de su humildad ante Dios, de su renuncia a sí mismo para ser portavoz de una verdad que no le pertenece. La predicación es la interpretación y la transmisión de lo oído. Por ello, el testigo dará a sus oyentes parte de lo que para él significa el Mensaje y de su experiencia personal con éste. El predicador transmite el mensaje cristiano no sólo con sus palabras, sino todavía más con sus obras2.

El predicador del mensaje cristiano es un traductor. El mensaje de Dios pronunciado en otro tiempo, en otras circunstancias sociales y culturales, en una situación histórica determinada, y a unos oyentes históricamente distintos…ese mensaje tiene el predicador que traducirlo para el mundo de hoy. Debe traducirlo con toda exactitud, pues en toda traducción existe el peligro de la traición (“traduttore…traditore”) . No se puede retocar el contenido de la fe, sino la forma de transmitirlo. Juan Pablo II nos invitaba a nuevos métodos, nueva expresión, nueva fuerza, nuevo entusiasmo…pero no, a nuevos contenidos.

El predicador del mensaje cristiano es un comentador. El predicador tiene que comentar, explicar, aplicar a las necesidades correspondientes, a la situación histórica del mundo, a los fieles concretos que tiene delante. El predicador es un humilde servidor de la palabra revelada. Nada puede hacer mejor que presentar a los fieles la palabra revelada de la Escritura de un modo que la puedan entender. No usarla como asidero o trampolín para los propios pensamientos e ideologías, o bien como adorno de la elocuencia del predicador.

1 Por ejemplo, Jonás (Jon 1, 2), o Jeremías (Jer 20, 8), o Elías (1 Re 19, 4).

2 San Gregorio Magno dirá: “A cualquier predicador se le oiga en las obras más que en las palabras; y viviendo él deje impresas las huellas para que le sigan; es decir que, más bien obrando que hablando, muestre por dónde se debe caminar” (Regula Pastoralis III, 40).