Cómo mejorar nuestra predicación sagrada

Columna del P. Antonio Rivero, L.C.

Roma, (Zenit.org) Antonio Rivero | 2361 hits

Hablemos ahora del predicador sagrado: catequista, diácono, sacerdote, obispo.

¿Qué debe hacer un predicador antes de predicar?

En primer lugar, debe primero escuchar la Palabra de Dios, pues es ahí de donde “toda la instrucción cristiana, y en puesto privilegiado la homilía, recibe de la Palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 24). Puede seguir estos pasos:

Tomar el texto bíblico y leer: Debe ser una lectura en la fe y desde la fe: el predicador se aproxima al texto en la fe de la Iglesia, en un tiempo litúrgico, en un momento determinado de la vida eclesial y en medio del quehacer pastoral con su comunidad.

Le ayudará también un mínimo trabajo de exégesis de esos textos: ese enfrentarse científicamente con el texto, para llegar al sentido literal. El sentido literal (humano) logra llegar a lo que el autor sagrado quiso expresar, en su contexto histórico, sus destinatarios y el género literario empleado. Para la exégesis el predicador también puede ayudarse de comentarios a ese texto bíblico: Dicho comentario no debe ser muy prolijo, ni se debe perder en detalles, sino que nos acerque al contexto histórico y al sentido del texto. Pero no puedo quedarme aquí.

El predicador debe encontrar el sentido profundo de los textos, su alcance espiritual. Y esto lo logra mediante la propia meditación personal de esos textos. “Es en el interior de la letra, en la profundidad del sentido literal, donde debe buscarse el sentido espiritual del texto sagrado” (Ignacio de la Potterie, “La interpretación de la Sagrada Escritura”). Por tanto, hay que llegar al sentido espiritual (divino) del texto sagrado, a lo que Dios quería dar a conocer con esas palabras del autor sagrado. Este es el sentido que más nos interesa en la predicación, y se logra llegar a él cuando se leen y se meditan esos textos bíblicos bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Como predicador me interesa el sentido literal (exégesis) en orden al sentido profundo espiritual para que sea alimento para los oyentes. Así se pasa del “entonces” al “hoy”. Esto es la predicación.

Por tanto, nadie tiene que ser un oyente de la Palabra de Dios tan puntual y dispuesto como el mismo predicador. La Palabra de Dios va a penetrar primero en el predicador. Este conocimiento rumiante y sapiencial de la Escritura es el que más necesitamos como predicadores, y el que más nos dará luces y fuerzas para el camino tanto para nosotros (para no estar diciendo nuestras ideas personales o caer en la vanidad) como para los que nos escuchen. Sin meditación, la predicación se convierte en un producto de la mesa de despacho, que luego hay que verter al pueblo desde el púlpito. En la meditación se experimenta la fuerza viva del texto. Sólo cuando el predicador se ha dejado interpelar por el texto, puede invitar también a su comunidad. Se trata de hacer pasar el sentido de la página sagrada a la vida propia y a la vida de los fieles. La meditación es el puente donde se encuentran la Palabra de Dios y el hombre de hoy. Todo predicador debería decir lo mismo que san Juan: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos…os lo anunciamos a vosotros” (1 Jn 1, 1-3). Don Ángel Herrera decía que “las homilías deben caldearse en el Sagrario y en la oración…La Palabra de Dios, sea cual fuere el tono, el lugar y el auditorio, no puede servirse fría” (La Palabra de Cristo, I, 67).

En pocas palabras, como decía D. Bonhoeffer, el predicador debe encontrarse con la Palabra de Dios: en la mesa de estudio, preparando seriamente su ministerio con la ayuda de los oportunos subsidios y comentarios; en el reclinatorio, orando la Palabra que va a predicar, de modo que no sólo sepa hablar “de” Dios, sino ante todo hable “a” y “con” Dios en su oración personal; y finalmente en el púlpito, dejando que en el momento mismo de su ministerio resuene en él mismo, antes que en sus hermanos, lo que Dios nos comunica.