Como quien ha resucitado con Cristo, buscar las cosas de arriba (Domingo de Pascua, ciclo B)

Comentario a la segunda lectura dominical

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ROMA, viernes 6 abril 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna "En la escuela de san Pablo...", ofrece el comentario y la aplicación correspondiente para el Domingo de Pascua.

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Pedro Mendoza, LC

"Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él". Col 3,1-4

Comentario

El domingo en que celebramos la Resurrección del Señor la 2ª lectura de la liturgia de la Palabra nos ofrece un pasaje de la carta a los Colosenses. En él san Pablo nos revela las consecuencias de la Resurrección de Cristo para nuestra vida y afirma que también nosotros hemos resucitado con Cristo.

El pasaje está colocado en una de las secciones exhortativas que se alternan con las secciones dogmáticas de la carta a los Colosenses. Previamente el Apóstol ha ratificado nuestra pertenencia a Cristo por el bautismo (2,11-13a), un tema que retomará más adelante (3,5-11). De este modo el tema del bautismo funge de marco al pasaje propuesto para este domingo de Resurrección, en cuanto que por el bautismo participamos en el misterio pascual de Cristo: pasión, muerte y Resurrección.

En primer lugar san Pablo revela que el bautismo no consiste en una piadosa ceremonia, sino que es un gran misterio y, como anteriormente ha indicado, lo más importante que puede acontecer en la vida del creyente (2,11-13). El motivo reside en que en el bautismo participamos plenamente del misterio pascual, de modo que un hombre viejo muere y es resucitado un hombre nuevo "juntamente con Cristo". De esta realidad acontecida en el bautismo, deriva la consecuencia inmediata del cambio de mirada interna que debe caracterizar la vida del cristiano. Ya no puede tenerla fija en las cosas de abajo, sino que tiene que dirigirla resueltamente hacia "arriba" (v.1). Allá está el nuevo centro donde deben converger los deseos de la comunidad cristiana y de cada uno de los cristianos: Cristo, que desde su ascensión a los cielos está enaltecido a la derecha de Dios. El que busca a Cristo allí le encuentra.

Juntamente con este nuevo horizonte que dirige nuestro caminar por esta tierra y hacia donde debemos elevar nuestra mirada, san Pablo recomienda encarecidamente a "aspirar" a las cosas de arriba (v.2). De este modo su exhortación se especifica aún más invitándonos a elevar nuestros juicios, pensamientos y anhelos al "cielo" (es decir, a nuestro Señor Jesucristo glorificado, en quien ya se ha renovado toda la creación), no a las cosas terrenas. Esto significa, sin duda, una radical transmutación de todos los valores y exige del cristiano un desprendimiento creciente de las cosas terrenas. Pero esto no quiere decir que el cristiano pueda descuidar sus obligaciones y tareas terrenas (cf. también 1Tes 4,11s), mas no debe extraviarse en ellas, como si tuvieran un valor definitivo y supremo. El cristiano cumple sus obligaciones terrenas dirigiendo sin ruido su mirada a Cristo, su Señor y su esperanza.

Como refiere el v.3: "habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios", san Pablo apoya su exigencia precedente de dirigir resueltamente la mirada hacia arriba, en la indicación de que ya hemos "muerto" en el bautismo (cf. 2,12). Pero también se nos ha dado en Él la nueva vida, la participación en la vida de Cristo resucitado (2,13), que ahora está sentado en el trono de la gloria celestial. Esta vida se sustrae por ahora a la mirada terrena, como el Señor glorificado, está "oculta, juntamente con Cristo, en Dios". Con estas palabras, el Apóstol no quiere decir que el cristiano tenga una doble existencia, una impropia en la tierra y otra propia en el cielo. Lo que se sustrae a la mirada terrena es la misteriosa conexión vital del bautizado con Cristo, manantial de su vida oculta: porque ésta es el mismo Cristo (3,4). El cristiano vive del misterio que se llama Cristo. Por eso, su mirada también tiene que estar dirigida a Él.

San Pablo concluye este pasaje de la carta señalando el último fin de la vida del creyente y de la historia: "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (v.4). Cristo se manifestará al fin del mundo. Entonces saldrá de su retiro celestial y se mostrará como el verdadero Señor del mundo, con miras al cual todas las cosas fueron creadas (1,16), y en quien están "recapituladas" todas las cosas de los cielos y de la tierra (Ef 1,10). Aquél será el momento en que también cesará de ser invisible y oculta la "vida", de la que Dios nos ha hecho donación en el bautismo. Esta vida aparecerá gloriosa, y entonces también abarcará el cuerpo, para reproducir en nosotros "la imagen de su Hijo" (Rom 8,29).

Aplicación

Como quien ha resucitado con Cristo, buscar las cosas de arriba.

La fiesta de Pascua es la más importante de todo el año litúrgico. Todas las lecturas de este domingo nos ayudan a captar toda la trascendencia de esta fiesta de luz: Cristo resucitado infunde en nuestros corazones el gozo de su triunfo glorioso, y nos llena de esperanza y de amor. El relato del Evangelio refiere los eventos de la mañana del domingo de Pascua en donde aparecen los primeros testimonios de la Resurrección. El pasaje de los Hechos de los apóstoles recoge el testimonio que san Pedro da a un pagano sobre este gran acontecimiento. Y san Pablo, con la profundidad de su mirada, además de señalar las consecuencias de la Resurrección de Cristo para nuestra vida, afirma nuestra condición de resucitados con Cristo.

En la primera lectura san Pedro proclama el mensaje de la Resurrección de Jesús en la casa del centurión Cornelio (Hch 10,34.37-43). En breves pinceladas presenta la vida pública de Jesús y el desenlace de la misma: su muerte injusta, el poder de Dios que lo ha resucitado y su aparición a muchos. Indica la potencia de Cristo resucitado que otorga a sus discípulos el poder de perdonar los pecados. Cristo ha vencido el pecado y la muerte y por eso es capaz de otorgar este poder a quien quiere. Pero también ha recibido el poder de juzgar, en base a la acogida o al rechazo de Él por parte de los hombres. Este juicio tendrá lugar, después de nuestra vida terrena, cuando nos presentaremos a Él.

El evangelista san Juan nos presenta, en el pasaje del Evangelio de este domingo de Pascua, los primeros testimonios de la Resurrección (Jn 20,1-9). María Magdalena, encontrando la tumba vacía, es la mujer privilegiada destinataria de los signos de la Resurrección de Cristo. La experiencia de Cristo resucitado la convierte en unos de los primeros testigos de este gran acontecimiento. Llena de admiración y de gozo por lo sucedido se dirige a los apóstoles para comunicarles la buena noticia. Entonces toca a san Pedro y a san Juan constatar la tumba vacía donde antes habían colocado el cuerpo del Maestro. Ahí están las primeras pruebas que ratifican las predicciones que Cristo les había hecho: "que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos" (v.9).

Ya en la misa de medianoche san Pablo, con el pasaje de la carta a los Romanos (6,3-11), nos ha explicado que con el bautismo hemos sido sepultados juntamente con Cristo en su muerte, para unirnos a Él también en su Resurrección. Por tanto, nosotros, en un cierto sentido, hemos resucitado ya con Cristo; la vida de Cristo nos ha transformado interiormente. De ahí las consecuencias que se derivan para nuestra vida y que el pasaje de la lectura de la misa dominical resalta (Col 3,1-4). El Apóstol señala, como uno de los deberes correspondientes a la nueva vita que participamos como resucitados, el buscar las cosas de arriba y el aspirar a las cosas de arriba y no a las de la tierra. Por tanto no debemos ya buscar sólo los bienes de esta tierra, sino tomar conciencia de que nuestra vida recibe todo su valor de la unión con Cristo en el amor. A esta comunión de vida nos llama Cristo desde el momento en que por el bautismo nos hemos unido a Él para compartir con Él su vida entera. A ejemplo de Cristo que ha dado su vida por nosotros, buscar las cosas de arriba significa entonces vivir con generosidad, con espíritu de servicio, con gran atención a las necesidades de nuestro prójimo. Vivamos, pues, como quienes han resucitado con Cristo y buscan en todo las cosas de arriba.