¿Cómo serán los laicos del tercer milenio?

Habla Guzmán Carriquiry del Consejo Pontificio para los Laicos

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CIUDAD DEL VATICANO, 10 mayo 2001 (ZENIT.org).- ¿Cómo serán los laicos del tercer milenio? A esta pregunta ha respondido este jueves en el Vaticano el profesor Guzmán Carriquiri, secretario del Consejo Pontificio para los Laicos.



Guzmán Carriquiry es uno de los laicos con cargos de mayor responsabilidad en el Vaticano. Siendo abogado, hace 29 años vino desde Uruguay a Roma con su mujer y su hijo para trabajar en el Vaticano. Con el tiempo, no sólo ha tenido otras hijas encantadoras, sino que además se ha convertido en un fiel colaborador del Papa, quien le ha nombrado subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos, uno de los ministerios del Gobierno universal del Papa.

La conferencia, que llevaba por tema «Laicos para el tercer milenio: testimonios, profetas, misioneros» tuvo lugar en la Sala del Buen Consejo, de la única parroquia que hay en el Vaticano, la iglesia de Santa Ana.

Zenit ha querido profundizar con Carriquiry el papel de los laicos en la Iglesia del tercer milenio, uno de los desafío que el mismo Juan Pablo II plantea en la carta «Novo millennio ineunte», con la que clausuró el gran Jubileo del año 2000.

--Zenit: Alguien ha dicho: «un primer milenio predominantemente monacal, un segundo milenio sobre todo clerical y un tercer milenio tendencialmente laical». ¿Está usted de acuerdo?

--Guzmán Carriquiry: ¡Sugestivo, pero totalmente excesivo! En mi conferencia no he querido dejar lugar a sueños o utopías, que son fantasías humanas, sino que se ha forjado desde una experiencia presente de quienes, como hijos y responsables que somos de una tradición, está preñada de pasado y abre al futuro

Hablar del laicado también arriesga una genérica abstracción. Somos, nada menos, que más del 95% del pueblo de Dios, innumerables y diversísimas personas bautizadas que viven, bajo la guía de sus pastores, los más diversos grados de pertenencia y adhesión, de participación y de corresponsabilidad en la vida de la Iglesia.

Desde hace sólo muy pocos años somos ya mil millones de bautizados católicos, el 17% de la población mundial. Cifra impresionante, que comienza a relativizarse si se piensa que precisamente al mismo tiempo han llegado a ser mil millones los musulmanes, que las religiones orientales que parecían hasta ayer un objeto exótico se difunden y reexpresan en la cultura actual y que el número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia se ha duplicado desde los tiempos del Concilio hasta nuestro presente.

De aquel 17%, además, sólo un generoso promedio del 10% cumple con el precepto dominical, índice insuficiente pero ilustrativo.

--Zenit: Curiosa paradoja. El catolicismo es la religión con más creyentes en el planeta pero al mismo tiempo se ha convertido en minoría.

--Guzmán Carriquiry: Para muchos el bautismo ha quedado sepultado por una capa de olvido e indiferencia. Cierto es que sólo Dios conoce y juzga nuestra fe, y que su Espíritu opera más allá de los confines visibles de la Iglesia En todo caso, la realidad nos indica que los laicos católicos formamos parte --como ya lo recordaba la Escritura-- de una «pequeña grey». Lejos estamos de la vanagloria de incluirse entre los «pocos pero buenos», los «puros y duros», los coherentes y comprometidos, que termina siendo deriva farisaica y sectaria.

Somos, sí, «ekklesia», de la comunidad de los elegidos y llamados, convocados y reunidos por el Espíritu de Dios, pobres pecadores sólo reconciliados por su gracia misericordiosa, enviados al mundo para celebrar, testimoniar y anunciar el acontecimiento inaudito de la encarnación y de la redención de un Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Nuestro futuro no puede ser el de una minoría «asimilada» y por eso insignificante, sino portadora de la sal y la luz del mundo en vasijas de barro.

--Zenit: Los cristianos viven ahora en una cultura que ya no es «atea» o «laicista», como en décadas anteriores, pues ya no se contrapone a la religión frontalmente, sino que tiene más bien una concepción de Dios marginal, como si fuera irrelevante.

--Guzmán Carriquiry: Sufrimos los influjos capilares de una cultura «mundana» cada vez más lejana de la tradición católica, que tiende a comprimir y a reformular la confesión y experiencia cristianas según su propia lógica e intereses. Tenemos que estar atentos y vigilantes ante tres modalidades de reducción del cristianismo que están en el futuro de nuestro presente. Una es la reducción como preferencia religiosa irracional, confinada entre las muy variadas e intercambiables ofertas «espirituales» que abundan en los escaparates de la sociedad del consumo y del espectáculo, expresada sea en un sentimentalismo «light» sea en las rígidas formas reactivas del pietismo, del fundamentalismo. Otra es su reducción selectivamente moralista, como si el cristianismo fuese sólo símbolo de compasión por los semejantes, un edificante voluntariado social, un mero input ético de complementación funcional para tejidos sociales disgregados por el fetichismo del dinero, por la exclusión y la violencia, por el empobrecimiento de lo humano. Está, en fin, la reducción clerical, preocupada sobre todo por el poder, en que agendas y estilos eclesiásticos quedan modelados por la presión mediática. Nos toca vivir en tiempos de deriva nihilista --sin fundamentos, ni significados, ni ideales, ni esperanzas fundadas-- y de su «complemento de alma» en todo tipo de eclecticismos de abstracta religiosidad.

--Zenit: En este escenario, indudablemente la fe del mundo dependerá en gran parte del testimonio de los laicos. ¿Cómo deben testimoniar el cristianismo estos evangelizadores del tercer milenio?

--Guzmán Carriquiry: No será fácil pero sí crucial vivir apasionadamente en el mundo, sin ser del mundo, dentro de un mundo regido por un universalismo del poder, por un imperio que no parece tener una capital ni responsables visibles, pero que determina profundamente la vida de las personas y de los pueblos --y pretende hacerlo desde la constitución genética hasta los contenidos de la conciencia y los paradigmas de la existencia--, creando zonas de bienestar y de hambre, de paz y de guerra, de vida y de muerte. ¡Cuánta verdad experimentamos en aquello de ser un pueblo peregrino entre las tribulaciones y persecuciones del mundo y los consuelos de Dios! Demos por cierto que no nos serán ahorradas situaciones de exclusión, exilio y martirio.

Es cierto que la sociedad del consumo y del espectáculo funciona como una gigantesca máquina de distracción --de «divertissement» diría Pascal--, atrofiando sus deseos, censurando sus presuntas, banalizando la conciencia y la existencia de lo humano, convirtiéndolo sólo en nexo funcional dentro de un dinamismo de creciente autorregulación tecnológica. ¿Pero la realidad de las cosas, la aventura de la vida, quedan sin significado? ¿Nuestra felicidad es un sueño, una fantasía pasajera, últimamente irrealizable? ¿La vida es «una pasión inútil»? ¿Quedamos acaso condenados a nuestros limites, al poder de la muerte, a la nada? Eso seria la más absurda e inicua injusticia. Los dos millones de jóvenes de Tor Vergata piden, anhelan, esperan mucho más. Son anhelos ineprimibibles que emergen hoy en las más diversas expresiones de la cultura y de la religiosidad de los pueblos. No tenemos otro tesoro que éste: vivir la vida como vocación, testigos del Dios que se ha hecho hombre como compañía misericordiosa y salvadora de todos los hombres.

--Zenit: Usted ya está trazando el programa para los laicos del tercer milenio

--Guzmán Carriquiry: Es decisivo para los fieles laicos en los tiempos de albores del tercer milenio su incorporación en las comunidades cristianas a los que han sido confiados por la Providencia de Dios, en las que crezca la experiencia y la conciencia de ese «tremendo misterio» de unidad que tiene en la Eucaristía su fuente y vértice, en las que se alimente la memoria viva de la Presencia del Señor en todas las dimensiones de la existencia.

Es necesario más que nunca que la fidelidad a Cristo y a su tradición sean sostenidas y confortadas por un ámbito eclesial realmente consciente de esa necesaria fidelidad.

Además, en sociedades marcadas por graves desigualdades y formas de «exclusión», cada vez más fragmentadas en una multiplicidad de intereses, culturas y conflictualidades particulares, en las que las relaciones humanas están caracterizadas sea por la extraneidad y la indiferencia sea por la enemistad y la explotación, resulta fundamental el testimonio de comunidades visibles de personas muy diversas que viven relaciones, verdaderas, definidas más por el «ser» que por el «haber» y el «poder», reconciliadas, de sorprendente fraternidad.

Ese es milagro y don para la conversión y transformación del mundo. Familias cristianas, auténticas comunidades eclesiales de base, renovadas comunidades parroquiales, diversificadas formas comunitarias en asociaciones y movimientos eclesiales, comunidades de consagrados... están llamadas a sostener la vida cristiana, a «rehacer el tejido cristiano» como reflejo y signo del misterio de comunión, a constituir moradas de auténtica humanidad, para que así pueda ir rehaciéndose el entramado cristiano de la sociedad humana.