Conclusiones del Congreso Internacional de Teología Moral (Murcia)

«Sólo Cristo resucitado puede dar paz a la conciencia del hombre»

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MURCIA, 30 de noviembre de 2003 (ZENIT.org-Veritas).- Publicamos las conclusiones del Congreso Internacional de Teología Moral convocado por la la Universidad Católica de San Antonio de Murcia (UCAM) entre el 27 y el 29 de junio, bajo la presidencia del cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, arzobispo de Santo Domingo, presidente de la Federación de Universidades Católicas.



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El Congreso, realizado en homenaje a Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, con motivo de la celebración del décimo aniversario de la publicación de la Carta Encíclica Veritatis splendor, ha puesto de relieve aquello que la misma Encíclica afirma en primer lugar: «El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios». A través de una reflexión profundamente eclesial, centrada en los grandes núcleos temáticos del documento, hemos podido concluir, como también concluye la Encíclica, que sólo la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a la conciencia del hombre y salvación a su vida.

El hombre, como sujeto de la experiencia moral, aparece como ser que desea la felicidad y está abierto al bien, pero a la vez como sujeto que no tiene originariamente el «conocimiento» de la «ciencia del bien y del mal», aunque participa de él mediante la luz de la razón natural y de la revelación divina. En este sentido, las expresiones «autonomía» o «heteronomía moral» alcanzan su clarificación en el concepto de «teonomía participada» (VS 41): así, la ley es considerada como expresión de la sabiduría divina. Acogiéndola, la libertad vive la verdad de la creación. De este modo, llegamos a reconocer en la libertad de la persona humana la imagen y cercanía de Dios, que está presente en todos.

Analizando la sociedad actual, comprobamos un hundimiento de la moral objetiva y algunos intentos no siempre acertados de superar esta crisis: En ocasiones se ha negado el fundamento de la verdad práctica o simplemente se ha negado ésta. Frente a posturas que abocan o proponen directamente un relativismo ético -y más allá de lo moderno o postmoderno-, recuperar un sano realismo filosófico parece algo fundamental en estos momentos. Esta reflexión debe partir de la respuesta que ya Dios ha dado al hombre mediante la ley inscrita en su corazón: «la ley natural». Afirmar ésta y entender correctamente el concepto de «conciencia moral» se torna especialmente necesario para evitar contraposiciones y dicotomías como las que erróneamente se plantean entre libertad y verdad, libertad y moral o entre fe y moral (VS 88).

Además de las condiciones generales de la moralidad, por ejemplo, la libertad, el congreso ha reflexionado sobre las fuentes de la moralidad, y, consecuentemente, sobre la calificación moral del obrar libre del hombre, a este respecto debemos subrayar la imposibilidad de una fundamentación puramente teleológica de la ética (como pretenden el «consecuencialismo» o el «proporcionalismo» ) y la afirmación de que hay acciones malas en sí mismas. Efectivamente, la encíclica Veritatis splendor afirma que pertenece a la doctrina de la Iglesia la tesis de que existen algunos tipos o especies de acciones morales que no pueden ser elegidas deliberadamente sin cometer con ello una culpa moral. En este sentido, el congreso también ha puesto de manifiesto la insuficiencia y la negatividad de algunos elementos de la teoría de la «opción fundamental» que son contrarios a la estructura moral del hombre, pero también ha aportado unas claves hermenéuticas que permiten el desarrollo positivo de ésta.

La moral cristina no se entiende sin Jesucristo, seguir a Cristo es el fundamento de la moral cristiana. «Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz» (VE 21). «La caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio. Siguiendo el ejemplo de Jesús que muere en cruz, escribe Pablo a los cristianos de Éfeso: «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos y vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma»» (VE 89). El martirio se halla en el núcleo de toda fe cristológica. A través de él se da testimonio de la verdad, ya sea en circunstancias ordinarias o extraordinarias. El martirio constituye la base para una moral del «maximun» de la entrega siempre inédita, uno de cuyos ejemplos paradigmáticos se encuen

Este congreso, en definitiva, nos invita a «caminad como hijos de la luz». Luz que han de ver los demás en nosotros por los frutos de la vida cristiana: bondad, justicia y verdad, sin desdoblamiento ni ruptura entre el ser y el actuar, entre la fe y la vida. En este congreso «todos hemos aprendido mucho. Lo que resta ahora es compartir con otros lo aprendido y, a pesar de las dificultades que encontramos en todas partes, insistir en que urge la renovación de las personas, de las sociedades y del mundo político, en base a normas universales e inmutables de la moral». Así, seremos auténticos hijos e hijas de la luz.

Dado en Murcia, a 29 de noviembre de 2003.